Capítulo 4 Las dos investigaciones
Las dos investigaciones
En el expediente ya convivían dos investigaciones. Una buscaba a un agresor; la otra, sin actas posibles, empezaba con la pregunta de cómo volvería Juan a caminar por aquellas calles. Aquella segunda parte no cabría en sus actas, aunque sería la que durase más años.
El camino que no figuraba
Darío regresó al barranco a una hora distinta de la primera visita.
Había decidido comprobar una contradicción menor: el arriero decía haber visto al niño subir cuando todavía faltaba luz para distinguir las personas desde el camino.
Llevó consigo a un guardia más joven, una cuerda y el croquis que había dibujado sobre la mesa del cuartel.
No pidió a Juan que los acompañara. El muchacho había declarado bastante y todavía se sobresaltaba al escuchar una puerta cerrarse con fuerza.
En la bifurcación encontraron dos sendas.
La primera dejaba a cualquiera expuesto a los vecinos de las últimas casas; la segunda discurría detrás de una pared de piedra seca y llegaba a la cueva sin pasar por el tramo que el arriero vigilaba habitualmente.
Darío se agachó junto a un escalón natural del terreno.
Allí había restos de tela adheridos a una zarza, demasiado deteriorados para atribuirlos a nadie, pero suficientes para comprender que el acceso secundario no era una fantasía del niño.
—Pudo entrar sin que lo viese el arriero —dijo el guardia.
—También pudo salir por aquí. Escriba las dos posibilidades.
El joven sacó la libreta, aunque parecía decepcionado por no haber encontrado una prueba decisiva.
Darío le pidió que midiera la distancia entre ambos caminos y registrara la existencia de un pozo cercano.
Si volvían dentro de una semana, cualquier vecino podría atribuirse el hallazgo de aquella ruta y nadie sabría ya qué habían visto los investigadores por primera vez.
De regreso, Darío visitó al arriero sin anunciarle el descubrimiento.
El hombre mantuvo la declaración inicial, pero al mencionar el camino oculto respondió que por allí pasaban hombres que no querían pagar peaje por sus mercancías.
Se llevó una mano al bolsillo antes de añadir que algunos lo hacían de noche.
Darío anotó ese gesto. No era una confesión y estaba lejos de identificar al agresor, pero por primera vez el barranco parecía formar parte de un recorrido habitual y no de una excursión absurda de un desconocido.