El ataúd Capítulo 3 El testigo del barranco
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Capítulo 3 El testigo del barranco

El testigo del barranco

La primera noticia llegó a Darío al segundo día, cuando aún le faltaban respuestas para las preguntas más sencillas.

Un carretero que llevaba piedra desde las afueras de la ciudad se presentó en el puesto y dijo que había visto a un hombre a la salida del camino del monte.

No quiso dar su nombre delante de los demás guardias.

Tenía la boca seca, las manos agrietadas y una razón para el silencio que tardó más de una hora en reconocer: aquel día había utilizado un carro que no era suyo y no quería perder el jornal por haber tomado un atajo prohibido.

Darío dejó a un lado el papel de oficio y le acercó una silla.

El hombre explicó que había oído un golpe sordo en el barranco, como el de una caja que cae desde poca altura, y después un grito infantil cortado de repente.

No se había acercado porque su mula se encabritó.

Cuando por fin logró tranquilizarla, vio salir de entre las matas a una figura de oscuro que caminaba sin apresurarse y llevaba en las manos algo envuelto en tela.

No distinguió su rostro. En ese punto de la declaración el carretero bajó la voz para añadir que el desconocido no parecía buscar refugio: se movía como quien conocía el camino de antemano.

—¿Por qué ha tardado dos días en venir? —preguntó Darío.

—Porque no sabía que el niño seguía vivo.

Darío volvió a leer las notas. Tenía motivos para desconfiar del relato: los rumores habían circulado por el mercado y cualquiera podía aprender de memoria el aspecto del hombre.

Pero el carretero señaló una bifurcación que no figuraba en la noticia ni en las declaraciones conocidas.

Dibujó con el dedo un muro de piedra derrumbado y habló de una antigua senda por la que se bajaba a los depósitos sin atravesar el caserío.

Darío resolvió recorrerla antes de conceder más importancia al testimonio.

Aquella tarde caminó con un agente hasta encontrar el muro.

El terreno conservaba marcas de carros recientes, pero ninguna permitía identificar a quien las había dejado.

Entre dos piedras apareció un trozo de cuerda endurecida por la sal.

El agente quiso guardarlo como prueba; Darío le pidió que describiera primero dónde estaba, cómo lo habían encontrado y quién lo había tocado.

No pretendía resolver un crimen con un hallazgo que podía llevar semanas allí.

Cuando regresó al hospital, Petra lo esperaba en el pasillo.

No le preguntó si había detenido a alguien.

Quiso saber por qué todos hablaban de sangre y nadie explicaba quién había llevado a Juan hasta la cama.

Darío le contó lo que podía contarle. Petra escuchó sin interrumpir, con los nudillos apretados sobre el borde de su falda.

—Mi hijo no vuelve a subir solo a ese monte —dijo.

—Ahora tiene que curarse.

—También tendrá que volver a vivir.