El ataúd Capítulo 2 El sendero
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Capítulo 2 El sendero

El sendero

El camino ascendía entre matas secas y piedras blancas.

Al dejar atrás las últimas casas, Juan oyó el silbato lejano de un barco.

El hombre hablaba poco; una vez preguntó si alguna vez había bajado a las grutas que abrían los muchachos en la roca.

Juan negó haber entrado. Había mentido. Conocía la hendidura desde la que a veces se veía el resplandor del mar entre dos paredes de piedra, pero jamás la había recorrido solo.

Al llegar a una abertura cubierta por lentiscos, el hombre se inclinó para pasar primero. Un olor a madera vieja y agua estancada salió de la oscuridad. Juan llamó desde fuera:

—¿El baúl está ahí?

—Al fondo. Dame la mano.

La piel de aquel hombre estaba demasiado fría para la tarde.

Juan se apartó por instinto. Entonces vio que el desconocido no proyectaba la sombra que debía proyectar: tenía el sol a la espalda, y sin embargo el suelo delante de él parecía vacío.

Quiso correr. Una mano le cubrió la boca y algo duro le golpeó la sien.

El último sonido que recordó fue el roce de unos clavos contra una tapa de madera.

La mujer de la carbonería recordaba los pies del desconocido.

No su cara, que apenas había visto bajo el ala del sombrero, sino sus zapatos bien cuidados, sin el barro que todos arrastraban cuando venían de las huertas.

Lo contó primero a su hermana, después al panadero y, cuando Darío fue a verla, se arrepintió de haber hablado tanto.

El guardia civil se presentó sin uniforme, con una libreta pequeña y una paciencia que a la mujer le pareció sospechosa.

Le preguntó de qué lado de la calle estaba el hombre, hacia dónde caminaba y si había hablado con alguien.

Ella contestó que no estaba segura de nada; entonces se obligó a distinguir lo que había visto de lo que había oído contar.

—El niño no iba arrastrado —dijo finalmente—. Iba andando a su lado. Eso sí puedo jurarlo.

Darío le pidió que volviera a mirar la calle desde la ventana de su tienda.

Allí se comprobó que desde el lugar donde despachaba carbón no se veía la esquina por la que, según los vecinos, ambos habían desaparecido.

La declaración dejaba de ser una historia completa, pero ganaba un detalle aprovechable: el desconocido había pasado frente a la tienda antes de abordar al niño.

Darío anotó el dato, agradeció la ayuda y no mencionó el resto de rumores.

En casa, Petra buscó durante una hora la camisa que Juan llevaba puesta.

Una vecina le había recomendado quemarla para apartar la desgracia; otra le aseguró que debía guardarla para cuando encontraran al culpable.

Petra la tenía en un barreño con agua fría, desdoblada sobre la superficie, y vio que la tela había encogido allí donde la sangre se había secado.

La enjuagó una sola vez y la tendió en el patio.

No quería que su hijo despertara y la encontrase escondiendo pruebas como si se avergonzara de él.

Aquella noche permaneció junto a la cama, oyendo su respiración desigual y el roce de los carros que regresaban del mercado.