El ataúd
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Capítulo 1 El trabajo
El trabajo
La mañana en que desapareció Juan García, las palomas seguían reuniéndose en el alero del almacén de salazones y los hombres continuaban discutiendo el precio del carbón ajenos a lo que estaba a punto de suceder en Cartagena.
Su madre le había dado un mendrugo, una naranja pequeña y el encargo de regresar antes de que tocaran las campanas del mediodía.
Juan llevaba los zapatos desiguales que le habían quedado de su primo y caminaba buscando las sombras de las fachadas, porque el sol de septiembre empezaba a calentar las piedras.
Antes de salir de casa, Juan había visto a su madre contar las monedas encima de la mesa.
No lo hacía para calcular lo que tenían, sino para decidir qué deuda podían aplazar sin que el tendero les cerrase la puerta.
La niña pequeña tosía al otro lado del tabique.
En la cocina quedaba un pedazo de pan envuelto en un paño y una jarra de agua que había adquirido el gusto del barro.
Su madre le encargó que no se alejase del barrio, porque había oído que buscaban muchachos para descargar carbón y sabía que el capataz pagaba tarde y castigaba pronto.
Juan respondió que volvería antes de comer.
No mentía: a esa hora todavía pensaba hacerlo.
El desconocido lo esperaba junto a una esquina, donde se amontonaban sacos vacíos.
Vestía de negro, aunque no como los marineros ni como los curas.
Tenía los puños limpios y una herida estrecha en una mano.
Le preguntó si conocía un sendero que subía hacia el monte de San Juan.
Juan respondió que conocía dos. El hombre sonrió con una cortesía que hizo desconfiar al niño y sacó de su bolsillo dos reales. No se los ofreció aún.
Al llegar a la esquina del almacén, descubrió que el hombre de negro había elegido un sitio desde el que podía ver la calle sin quedar expuesto a quienes salían de la taberna.
Juan observó sus zapatos, demasiado limpios para un trabajador del puerto, y la manera de sujetar el sombrero, con dos dedos rígidos.
El desconocido no preguntó su nombre hasta que estuvieron lejos de las casas.
Cuando Juan se lo dijo, el hombre repitió el apellido como quien comprueba una dirección escrita en un papel.
Aquello le desagradó más que el silencio, pero los dos reales prometidos ya habían adquirido para él la forma de un par de zapatos infantiles.
—Me han dicho que por aquí los muchachos son trabajadores.
—Depende del trabajo.
—Solo necesito que me ayudes con un baúl. No pesa mucho.
Juan pensó en los zapatos de su hermana.
Pensó en el aceite que su madre había comprado a crédito y en lo imposible que resultaba ahorrar dos reales.
Preguntó dónde estaba el baúl. El hombre señaló las laderas.
Antes de aceptar, Juan insistió en que debía volver pronto.
El desconocido asintió y empezó a caminar sin mirar si lo seguían.
Juan lo siguió por la promesa del dinero, no porque confiase en él.
Petra no lo vio desaparecer. Vio, una hora más tarde, que la naranja continuaba sobre el alféizar donde Juan la había dejado al salir: se había llevado el pan, pero no la fruta.
Primero creyó que volvería a buscarla. Después fue al almacén de salazones, preguntó al hombre que descargaba carbón y recibió tres versiones distintas del camino que había tomado su hijo.
No aceptó ninguna como respuesta. Cuando empezó a anochecer reunió a dos vecinos y dividió las calles entre los tres.
Se quedó con el sendero que subía hacia la cantera, porque Juan conocía aquel recorrido y porque era el lugar que más temía encontrar vacío.
En el primer recodo halló una señal que cualquiera habría pasado por alto: una huella pequeña en el polvo, superpuesta a la marca lisa de un zapato de adulto.
No sabía de quién era. Se agachó, la protegió con dos piedras y envió a uno de los vecinos en busca de Darío.
Nadie pudo decirle que su hijo estaba vivo.
Petra siguió allí, sin tocar la tierra, hasta que llegó alguien capaz de examinarla.
Su primera decisión de aquella noche no fue perseguir una sombra, sino conservar lo único que había encontrado.