El Asistente Olvidado CAPÍTULO 7 POR FAVOR
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CAPÍTULO 7 POR FAVOR

¿Por qué era tan difícil dejarse llevar por el señor Reyes?

Mi cuerpo se estaba entregando muy fácil.

El ambiente era el adecuado, su cuerpo era el adecuado; todo se resumía a él.

No podía negar que desde que sus manos tocaron mis piernas y me apretó las nalgas ya me tenía.

La verdad era que hacía tres años ya me tenía, solo que ninguno de los dos lo había dicho en voz alta hasta esta noche, y ahora que estaba dicho el cuarto era otro cuarto y él era otro hombre y yo era, por primera vez en mucho tiempo, alguien que no estaba fingiendo que esto no existía.

Un beso en el cuello.

Disparaba mi excitación de una forma que no había anticipado, o que había anticipado demasiado, que era lo mismo con resultados distintos.

En el sueño de las cinco de la mañana había construido esta escena con la precisión de quien lleva tiempo pensando en algo, pero el sueño no había capturado esto: el peso real de sus manos, la temperatura específica de su boca contra mi piel, la forma en que su respiración cambiaba de ritmo cuando yo reaccionaba.

El sueño era una aproximación.

Esto era otra cosa.

¿Por qué era tan sumiso con él? La pregunta llegó y se fue sin respuesta porque la respuesta era obvia y no requería formulación: porque era él, porque siempre había sido él, porque tres años de construir distancias y sistemas y café a quince centímetros del borde del escritorio no habían cambiado eso sino que lo habían acumulado hasta este momento exacto donde ya no había forma de contenerlo.

La verdad deseaba ver lo que escondía su pantalón, así que detuve mis pensamientos, aquellos que igual no controlaba del todo, pues cuando jaló mi pelvis hacia la suya ya solo podía pensar en su entrepierna, en la fuerza con la que me haría sentir suyo.

Sentí cómo su verga se hacía cada vez más grande contra la mía.

Ambas se hicieron grandes. El calor entre los dos era otro tipo de calor, distinto al del aire acondicionado roto, más localizado, más urgente.

Hubo un momento donde podría jurar que iba a eyacular solo con un roce más.

Me contuve.

Tres años de autocontrol sirven para algo.

Max me llevó al sofá, me guió mientras su lengua rozaba la mía en cada beso; no un beso convencional, sino uno sediento que no respeta la respiración del otro, que toma primero y pregunta después, que tiene la urgencia específica de alguien que ha estado esperando algo durante demasiado tiempo y que ahora que lo tiene no sabe bien dónde empezar porque quiere todo al mismo tiempo.

Me mordió el labio inferior de una forma que se notaba medida para no lastimarme, solo lo suficiente para decirme sin palabras: te quiero comer como un animal.

Mi cuerpo respondió antes de que mi mente terminara de procesar el mensaje.

No importaba que doliera. Solo podía pensar en su cuerpo sobre el mío, en el peso de ese hombre que había llenado una habitación durante tres años sin siquiera intentarlo.

El sofá lo había seleccionado yo, por orden de él.

Tercer mes de trabajo. Max había mencionado, con la economía de palabras de siempre, que la sala de la suite necesitaba un sofá para las reuniones informales.

Le había enviado tres opciones con sus especificaciones técnicas y sus rangos de precio.

Él había elegido el de cuero negro sin decir nada más, y Kevin había coordinado la entrega y la instalación y había verificado que quedara en el ángulo correcto respecto al ventanal.

Nunca pensé que lo fuera a utilizar para este acto.

Me senté y lo dejé de besar de golpe.

Necesitaba un segundo. Solo un segundo para ver lo que tenía frente a mí desde esta perspectiva que nunca había tenido: Max de pie, yo sentado, la diferencia de altura convertida en algo completamente distinto a lo que era en la oficina.

Su altura me encantaba desde siempre pero esto era diferente.

Me gustaba esta perspectiva específica de él de pie y cómo me miraba con la cabeza inclinada hacia abajo, con esa expresión que no era la del director ejecutivo ni la del negociador sino algo más crudo y más honesto que todo eso.

Tragué saliva.

Frente a mí tenía su miembro. Ya el tamaño de su erección era más que notable a través de la tela del pantalón, una evidencia física de que los últimos tres años habían costado algo también desde su lado, que la carpeta que él había mantenido cerrada tenía contenido real y no solo la proyección de mis propios deseos.

Eso me desarmó más que cualquier otra cosa de la noche.

Antes de hacer cualquier cosa miré hacia arriba.

Vi que su pecho fuerte se inflaba y desinflaba con una respiración que ya no tenía el ritmo de siempre: más rápida, más superficial, el ritmo de alguien que está sosteniendo algo con esfuerzo.

Mi jefe. Mi próximo exjefe. El hombre que había dicho bien setecientas cuarenta y dos veces y que esta noche había dicho permitime mostrarte cuánto te veo con una voz que no reconocí como suya hasta que me di cuenta de que era la única voz real que le había escuchado en tres años.

Solo tomé su mano y la pasé por mi cabeza.

Fue una caricia. Una invitación. Un solo movimiento que le indicó qué era lo que seguía sin que yo tuviera que decirlo con palabras, porque con Max siempre había funcionado mejor el lenguaje sin palabras, el de los gestos precisos y los silencios cargados, y esta noche no iba a ser la excepción.

Pasé mi mano sobre su pene duro por encima de la tela y sentí la respuesta inmediata de su cuerpo: tensión, luego relajación, y de nuevo tensión, como un sistema que lleva tiempo bajo presión y que al primer contacto externo no sabe si ceder o sostenerse.

Movió brevemente la pelvis hacia mí, un movimiento involuntario y pequeño que me dijo más sobre el estado de Maximiliano Reyes que cualquier cosa que hubiera observado en tres años de calibración fina.

Era humano.

Completamente, irremediablemente humano debajo de todo lo demás.

Mi boca ya estaba llena de saliva solo de pensar que tendría su miembro adentro.

Me fastidiaba el pantalón, esa barrera de tela entre su piel y la mía que había que resolver antes de que cualquier otra cosa pudiera ocurrir.

Mi propia verga ya sentía la urgencia de sentir la suya, ese calor específico del contacto sin intermediarios, y supe con la certeza de quien ha esperado demasiado tiempo que esta noche no iba a terminar con distancias de ningún tipo.

Ni de quince centímetros.

Ni de ninguna otra medida.

Le quité el pantalón.

No con prisa, porque la prisa habría sido una concesión al nerviosismo y yo no le concedo nada al nerviosismo, ni siquiera esta noche.

Quité el botón y baje su cierre con la misma precisión con que hacía todo lo demás, sintiendo el peso de la tela de calidad entre mis dedos, y lo dejé caer sin ceremonia.

Su ropa interior era negra.

Por alguna razón ese detalle me pareció completamente coherente con todo lo que sabía de él: sin concesiones, sin adornos, la versión más directa de lo que tenía que ser.

No quería hacerlo de inmediato; en vez de eso, pasé mi lengua sobre su erección por encima del bóxer, sintiendo el calor que emanaba a través de la tela, lamí la cabeza de su pene con una presión deliberada y terminé dándole un beso que era simultáneamente una pregunta y una respuesta.

Pude notar que su verga era mucho más grande de lo que pensaba, y gruesa.

La tela del bóxer no dejaba lugar a dudas sobre las dimensiones reales de lo que estaba por descubrir, y algo en ese descubrimiento me produjo una mezcla específica de anticipación y algo que no era exactamente miedo pero que se le parecía en la forma en que aceleraba el pulso.

Chuparla no iba a ser un trabajo fácil.

Tomé el bóxer y lo bajé por completo, despacio, con la misma lentitud con que él me había bajado el pantalón a mí minutos antes, porque había aprendido de él en los últimos minutos que la lentitud tenía un propósito y ese propósito era que el otro sintiera cada milímetro del proceso.

Quedé impresionado por su tamaño.

Tragué saliva, sabiendo que la tarea no era sencilla.

Pero una parte de mí, esa parte que llevaba tres años guardada en una carpeta con la etiqueta de irrelevante y no negociable, se excitaba más precisamente al saber que me dejaría sin respiración.

Que esto no iba a ser fácil era parte de lo que lo hacía exactamente correcto.

—Si no querés chuparla está bien —dijo, con una voz condescendiente que no era crueldad sino la seguridad específica de alguien que conoce sus propias dimensiones y ha tenido tiempo suficiente para hacer las paces con el efecto que producen—. Puede ser incómoda por el tamaño.

Lo dijo como quien ofrece una salida razonable a un problema logístico.

No respondí.

Abrí la boca y comencé a probar la punta con una lentitud que era en parte técnica y en parte el placer de no apresurarme ahora que finalmente podía no apresurarme.

Sentí que los músculos inferiores de mi mandíbula se tensaban con ese estiramiento particular que produce algo más grande de lo habitual, una tensión que no era dolor sino el límite físico haciéndose presente.

La succioné más, dejando que mi saliva hiciera su trabajo, avanzando centímetro a centímetro hasta que solo llegué a la mitad y mi cuerpo pedía respirar con una urgencia que no admitía negociación.

Me separé.

Tomé ese momento de respiración para bajarme el pantalón porque el pantalón llevaba varios minutos siendo un problema y mi propio estado hacía que la incomodidad fuera cada vez más evidente.

—Yo lo haré. Ponte de pie —me dijo, con ese tono suyo que no era una sugerencia.

Lo obedecí antes de que la frase terminara, porque con Max siempre había funcionado así y esta noche no era la excepción, excepto que esta noche obedecer tenía una calidad completamente distinta: no era la obediencia del asistente ejecutivo cumpliendo un protocolo sino la de alguien que elige ceder porque ceder le produce exactamente lo que necesita.