CAPÍTULO 6 PUERTA CON SEGURO #2
Kevin sintió algo moverse en el centro de su pecho que no supo clasificar de inmediato porque era demasiadas cosas simultáneas: el alivio y el miedo y la rabia acumulada y el deseo que había estado guardando en la carpeta de irrelevante y no negociable durante tres años y que esta noche, con esas cinco palabras, había encontrado una grieta por donde salir.
—Usted no entiende —respondió Kevin.
Su voz sonó más pequeña de lo que pretendía. No rota, no dramática, simplemente más pequeña, que era lo que ocurría cuando algo que uno había sostenido durante mucho tiempo empezaba a ceder su peso.
—Entonces explicámelo.
Max se movió.
No con el paso de siempre. Con algo más lento y más directo, sin la distancia administrada, sin la geometría cuidadosa con que había navegado el espacio de este cuarto durante tres años.
Cada paso acortaba la distancia entre ellos con una intención que Kevin podía leer con la misma claridad con que leía todo lo demás relacionado con este hombre, y lo que leía esta vez no era administración sino otra cosa completamente distinta.
Kevin no retrocedió.
Todavía no.
—¿Qué quiere que le explique, señor? —La palabra señor sonó diferente esta vez: no distante sino casi irónica, el último escudo de alguien que sabe que el escudo ya no sirve pero todavía lo sostiene por el peso del hábito—.
¿Que en tres años no hubo un solo día en que no pensara en usted de formas que no le corresponden a un asistente ejecutivo?
¿Que construí cada sistema, cada proceso, cada café a quince centímetros del borde del escritorio sabiendo que era lo más cerca que iba a llegar?
¿Que rechacé dos ofertas de trabajo porque irme significaba no verlo más y no encontré la forma de querer eso?
Se detuvo.
No porque hubiera terminado sino porque Max había seguido acercándose mientras él hablaba y la distancia entre los dos era ahora menos de un metro y Kevin necesitaba ese segundo para procesar que Maximiliano Reyes estaba a menos de un metro de él sin la mesa de trabajo entre los dos y sin los documentos de la auditoría falsa y sin ninguno de los instrumentos que habían administrado esta proximidad durante tres años.
—Así que no —continuó Kevin, con la voz quieta—. No me voy con la competencia. Me voy porque no puedo seguir estando a su lado sabiendo que nunca voy a ser nada para usted. Eso son las razones de índole personal, señor. Ahí las tiene.
Max no dijo nada.
Se acercó un paso más.
Kevin retrocedió.
Un paso, dos, hasta que sus talones encontraron la base del ventanal y el vidrio frío de la tormenta le tocó la espalda a través de la camisa y no había más espacio detrás de él, solo cuarenta y dos pisos de aire y la lluvia y Cali encendida en manchas de color detrás del agua.
Max estaba frente a él.
La distancia entre sus caras era menos de treinta centímetros, que era la distancia de la carpeta azul de antes, excepto que ahora no había carpeta y no había mesa y no había ninguno de los instrumentos que en otro momento habrían detenido esto.
—Permiteme mostrarte cuánto te veo —dijo Max.
Su voz era la más baja que Kevin le había escuchado. Sin el tono corporativo, sin la capa de autoridad ejecutiva, sin nada excepto la voz de un hombre diciéndole algo a otro hombre a menos de treinta centímetros de distancia con la tormenta golpeando el vidrio detrás.
Kevin no respondió con palabras.
Pero asintió.
Fue un movimiento mínimo, apenas perceptible, la inclinación de la cabeza de alguien que ha tomado una decisión que no puede deshacer y que ha decidido de todas formas, y Max lo vio porque Max llevaba tres años aprendiendo a leer los movimientos mínimos de este hombre y este era el más claro que le había dado nunca.
La mano de Max llegó a su pierna.
Kevin sintió el calor de esa mano a través de la tela del traje gris, en el músculo externo del muslo, con una firmeza que no preguntaba sino que afirmaba: estoy aquí, esto es real, no me voy a ningún lado.
Max no se apresuró. Subió la mano con una lentitud que Kevin encontró simultáneamente insoportable y exactamente correcta, siguiendo la línea del muslo hacia arriba, y cuando llegó a los glúteos los apretó con esa decisión de quien ha estado esperando hacer algo durante demasiado tiempo y ya no tiene ninguna razón para no hacerlo.
Kevin sintió su pelvis jalada hacia adelante. Contra la de Max.
El contacto fue una corriente que le recorrió la columna desde la base hasta la nuca, y Kevin escuchó su propio aliento cambiar de ritmo con la inevitabilidad de un sistema que lleva tres años acumulando presión y que acaba de encontrar la salida.
No había vuelta atrás. Ambos lo sabían y deseaban.
La mano de Max subió desde los glúteos hacia la parte baja de su espalda, jalándolo más cerca, eliminando el último centímetro de distancia que quedaba entre los dos, y Kevin levantó la vista hacia su cara y encontró una expresión que no le había visto nunca: sin control, sin administración, sin la carpeta cerrada.
Solo Max mirándolo con esa hambre de tres años que Kevin reconocía porque era la misma que él había estado guardando en el mismo período de tiempo.
Los labios de Max encontraron los suyos.
Kevin no supo cuál de los dos se había movido ese último centímetro porque en el momento en que ocurrió ya no importaba quién había llegado primero, solo importaba que estaba ocurriendo, que los labios de Maximiliano Reyes eran exactamente como el sueño de las cinco de la mañana los había construido y completamente distintos porque eran reales, porque tenían temperatura y presión y una urgencia que el sueño no había podido replicar.
Suaves.
Los labios de Kevin eran suaves, eso fue lo primero que Max registró con la parte de su mente que todavía procesaba información: suaves y levemente fríos del vidrio frío contra su espalda y calientes al mismo tiempo de una forma que no tenía explicación física pero que era completamente real.
Kevin besó con desesperación lo que no conocía de sí mismo.
Eso era lo que el sueño no había anticipado: no la suavidad ni el calor ni el peso de la mano de Max en su espalda baja, sino esto, esta urgencia que le salía del centro del pecho como algo que había estado bajo presión durante demasiado tiempo y que ahora que había encontrado salida no tenía ninguna intención de moderarse.