Capítulo 55
Hasta el momento, las sospechas de Alex no se habían confirmado. Ninguna de las casas pertenecía a alguien a quien pudieran relacionar con Christoph Wendt, Martha Kessler o Karl Schmeling. Aun así, querían examinar la zona más de cerca.
Debido a la nevada, que se empeñaba en no cesar, tardaron un buen rato en llegar.
Mientras Emma conducía, Alex leyó el informe de la autopsia de Martha Kessler y fue poniendo a Emma al corriente de los detalles.
—Tenía muchos hematomas, pero, según el patólogo, se debían a que estaba postrada en cama. Sufrió un ictus y permaneció encamada durante casi dos años. Por aquel entonces la cuidaba su hijo de acogida, Christoph Wendt. Todo eso ya lo sabemos.
—Me imagino perfectamente que ella abusaba de él y que, para vengarse, él la atormentó durante años. Y que al final también la mató. Según el informe, murió a consecuencia del ictus. No sé si puedo creérmelo. Podría haberla asfixiado sin que nadie se diera cuenta.
—Si no había ninguna sospecha, ¿por qué iba nadie a investigarlo? Que alguien muera unos años después de sufrir un ictus tan grave no es nada raro.
—Lo más raro es que aguantara tanto tiempo. Según su historial médico, había sufrido una hemorragia cerebral masiva. No podía hablar ni apenas moverse; solo unos cuantos dedos. Nada más.
Emma entró en la calle que buscaban. Por el retrovisor, Alex vio que el vehículo negro de la unidad táctica los seguía y apagaba las luces.
Poco después, Emma hizo lo mismo. Alex bloqueó su teléfono y lo guardó en la guantera, donde ya estaba el de Emma.
No podían llamar la atención si recibían una llamada inesperada.
—Ahí están —dijo él cuando las casas surgieron de entre la ventisca.
—Para aquí. —Alex señaló uno de los espacios libres junto a la calzada.
La unidad táctica ya no se veía por el retrovisor.
Era como si se hubiera esfumado. Pero, conociendo a los muchachos, ya habrían aparcado más lejos y ahora se estarían acercando a pie.
Además, tenían órdenes de no intervenir hasta que les dieran luz verde.
No podían asaltar tres casas basándose en una mera corazonada.
—¿Cuál es?
—Todas tienen las luces encendidas —dijo Alex—. Mierda. Llamar al timbre sería demasiado descarado. Para eso, podríamos haber venido con las luces azules encendidas.
Estudiaron los edificios con atención, como si las fachadas pudieran decirles algo.
—¿Lo echamos a cara o cruz? —preguntó Alex, sin saber qué más hacer.
—Espera. —Emma se volvió y cogió su iPad del asiento trasero.
Pasó a toda velocidad las grabaciones del ático hasta que encontró lo que buscaba—.
Aquí. —Se lo tendió a Alex. Él lo cogió y observó la imagen en la que el niño triste miraba por una ventana a quien probablemente fuera Karl Schmeling junto con Johanna Pähler—.
Eso tuvo que ser en la planta baja. Y esa casa de allí —Emma señaló la última de las tres de la hilera— es la única que no tiene ventanas con cuarterones.
—Pero acabamos de estar en casa de Johanna Pähler —dijo Alex.
—Sí. Pero ¿comprobamos cuánto tiempo lleva viviendo allí?
—Mierda —dijo Alex mientras arrojaba el iPad de nuevo al asiento trasero—. ¿Procedemos como acordamos? —preguntó, queriendo asegurarse una última vez.
—Como acordamos —dijo Emma mientras salía del coche.