El asesino de la almohada (Bajetzky y Kuper 6) Capítulo 53
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Capítulo 53

Mientras Sabrina Möller y Paul Klose se dirigían al domicilio oficial de Christoph Wendt, Emma y Alex bajaron del coche patrulla frente a la casa de Johanna Pähler.

Era casi medianoche, así que, en principio, no tenía nada de extraño que no se viera luz tras las oscuras ventanas. Puede que se hubiera acostado.

—Sin despejar —dijo entonces Alex, refiriéndose a que la propiedad de Johanna Pähler era la única que seguía por completo cubierta de blanco. No había nevado desde la tarde anterior, pero, al avanzar por el sendero hacia la casa, tuvieron que abrirse paso por la nieve intacta.

—No hay huellas —recalcó Emma una vez más.

Se acercaron con cautela a la puerta principal.

Alex apretó el timbre, que estaba un poco duro.

Tuvo que hundirlo del todo para que se oyera el débil sonido procedente del interior, pero este no cesó ni siquiera cuando apartó el pulgar.

Se había atascado. Alex tuvo que manipularlo unos instantes para silenciarlo.

Pero en la casa nada se movió. Alex no entendía nada.

Habían hablado con ella por teléfono esa misma mañana.

Cierto que había sido al móvil, pero aun así.

Si no estaba allí y, por lo visto, no había estado desde el día anterior, ¿dónde se encontraba?

—Echemos un vistazo alrededor de la casa —propuso—.

Quizá veamos algo por las ventanas. Si no encontramos nada que nos dé motivos para entrar, pediremos que localicen su móvil.

—Vale —dijo Emma, sacando la Maglite del bolsillo del abrigo, encendiéndola y alumbrando con ella a través de la ventana situada a la izquierda de la puerta principal. Después desapareció tras la esquina.

Alex se ocupó del lado derecho, donde estaba la cocina.

Al principio, todo parecía ordenado en el interior.

Solo cuando rodeó la casa y pudo atisbar el fregadero empezó a sospechar.

Junto a dos platos usados había dos vasos.

Uno de ellos contenía un sorbo de zumo. Dirigió la linterna directamente hacia él y creyó distinguir una marca en el borde.

Por tanto, el líquido podía llevar allí algún tiempo.

Entonces reparó en la escarcha del alféizar.

Pasó un dedo sobre ella y… se había formado en el interior.

Aceleró el paso, lanzó una mirada fugaz por la siguiente ventana al salón y entonces advirtió que la puerta del patio estaba abierta.

La nieve ya se había extendido por el suelo laminado.

Alex sacó el arma y la sostuvo con una mano, apuntando al suelo.

Con la otra, en la que llevaba la Maglite, iluminó toda la estancia.

A primera vista, no había indicios de peligro.

En ese momento, Emma apareció por la esquina. Al verlo allí con el arma desenfundada, sacó también la suya.

Él le indicó por señas que entraría primero.

Ella asintió y, poco después, él accedió a la gélida casa.

Observó que la cerradura no había sido forzada.

Sus pasos crujieron entonces sobre la nieve helada del suelo, que el viento había arrastrado hasta las puertas de la cocina y del pasillo.

A su izquierda había una pequeña mesa de comedor; a su derecha, un sofá de tres plazas orientado hacia el televisor, colocado sobre un mueble bajo blanco y flanqueado por fotografías enmarcadas en las que aparecía Johanna Pähler con un montón de jóvenes.

Probablemente fueran fotos de vacaciones, pues a menudo se veía el mar al fondo.

Siguió adelante, puso la mano sobre el picaporte, esperó hasta que Emma ocupó su posición y abrió la puerta de un tirón.

Despejaron el pasillo con rapidez. En el suelo, frente a él, había un marco de fotos roto.

Sin duda pertenecía a la hilera de fotografías de la pared; en uno de los huecos solo quedaba el clavo.

Alex se agachó e inspeccionó el marco de cerca.

Unas diminutas gotas de sangre relucían sobre los cristales rotos bajo el haz de su linterna.

A primera vista, no había más señales de un posible forcejeo.

Emma se volvió hacia las escaleras que conducían a la planta superior. Alex la siguió. El frío también había llegado hasta allí. Su aliento era visible bajo la luz de la luna que entraba en el pasillo a través de la claraboya.

En el pasillo de la planta superior se abrían tres estancias: un cuarto de baño, un despacho y un dormitorio.

Este último parecía haber sido saqueado, como si alguien hubiera reunido a toda prisa unas cuantas prendas.

Los cajones no estaban bien cerrados y la ropa interior sobresalía por los bordes.

La puerta del armario estaba abierta. Había perchas en el suelo, justo delante.

Solo quedaba el desván. Regresaron al pasillo. Alex apenas alcanzaba el pequeño cordón que colgaba de la trampilla y tiró de él mientras Emma lo cubría.

Con un fuerte chirrido, la escalera y algo más, algo grande, se abatieron sobre él. Alex saltó a un lado y solo pudo observar cómo el cuerpo inerte de Karl Schmeling se estrellaba contra el suelo, con el rostro sin vida y los ojos desmesuradamente abiertos, clavados en la luna.