El asesino de la almohada (Bajetzky y Kuper 6) Capítulo 50
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Capítulo 50

Dibuja muy bien. De verdad. Puede que el dibujo me gustara si no me deprimiese tanto. Pero, como lo hace, no me gusta nada.

— Deja de lloriquear, niña —le digo, y ella se sobresalta. Masculla algo bajo la mordaza, pero no la entiendo. Ni quiero hacerlo. ¿Por qué iba a querer? No hay nada que pueda decirme. Nada que me impida castigarla.

Me acerco a su espalda. Debe de percibirlo de algún modo, porque cuanto más me acerco, más frenéticos se vuelven sus gemidos. Pero no le servirá de nada. Nadie la oirá, nadie acudirá en su ayuda. Vive sola en esta casa demasiado grande. La casa en la que me traicionó.

Le toco la piel a la altura del hígado, pellizco con todas mis fuerzas y dejo otro pequeño recordatorio en la zona hinchada. Se retuerce, grita de dolor, y creo oír algo parecido a un «Por favor, no».

Por favor, no… Eso mismo decía yo también. Infinidad de veces. Pero nadie me escuchó.

Igual que nadie la escuchó a ella.

Nadie volverá a escucharla jamás.

Nunca más.