Capítulo 32
Alex estaba visitando a su hermana y, como siempre, ella se comportaba como si todo estuviera perfectamente bien.
A veces, él llegaba incluso a tener la impresión de que así era en realidad.
Cuando había acostado a su sobrina y a su sobrino media hora antes, después de que hubieran visto Vaiana por centésima vez, parecían contentos.
Y, hasta el momento, ninguno de los dos se había despertado gritando.
Según su hermana, llevaban más de un mes sin hacerlo.
Sin embargo, no hacía tanto tiempo que Alex había tenido que liberar a los tres de las garras de un loco que también había asesinado al exmarido de ella.
Alex nunca había soportado a su cuñado, pero desde luego no le habría deseado semejante final.
Además, los niños habían encontrado muerto a su padre.
Silke volvía a hablar sin parar de los progresos que estaban haciendo los dos niños, de lo bien que le iba a Ella en primero de primaria y de la cantidad de amigos que tenía Michel en la guardería.
—El otro día lo invitaron a dos fiestas de cumpleaños que se celebraban el mismo día —dijo mientras se sentaba frente a Alex a la pequeña mesa de la cocina con cacao recién hecho.
—Gracias —dijo él, sin atreverse aún a probarlo. Silke siempre preparaba el cacao al fuego y lo vertía directamente del cazo en las tazas sin dejar que se enfriara.
—Y entonces dijo que quería ir a las dos fiestas. Le expliqué que tenía que elegir una, pero no quiso ni oír hablar de ello. Así que tuve que apañármelas de algún modo.
—Está bien que se lleve tan bien con los demás —dijo Alex mientras Silke daba un sorbo al cacao, que humeaba con tanta intensidad que, durante un breve instante, apenas se le veían los ojos.
—Yo también lo creo —dijo ella, dejando la taza delante de sí. Parecía pensativa pese a que sonreía y clavó la mirada en la taza, cuyo dibujo de un unicornio se había descolorido.
Alex miró más allá de ella, hacia la nevera y el puñado de dibujos hechos a mano.
Le molestaba que le recordaran el caso en el que estaba trabajando.
Al fin y al cabo, eran obra de los hijos de su hermana.
Sin embargo, se preguntó por qué los conocía todos desde hacía tanto tiempo.
—¿No estaban ya colgados en tu antiguo piso?
—¿Qué?
Alex señaló la puerta de la nevera. Silke miró por encima del hombro. —Ah, esos. Sí. Tienen ya algún tiempo.
—¿Por qué no cuelgas ninguno nuevo? ¿Ya no dibujan?
—Ella no dibuja desde que… —Probablemente había querido decir «desde que murió su padre». Ninguno de los dos necesitaba decirlo en voz alta—. Pero Michel sigue dibujando. Más que nunca, de hecho. Lo que pasa es que no puedo colgar los dibujos.
—¿Por qué no? —Alex tuvo un presentimiento que no le gustó.
—A través de ellos está asimilando la muerte de su padre.
Aquello confirmó los temores de Alex. Quiso hacer algún comentario, pero esperó a oír qué más tenía que decir ella.
—De una forma extraña. No deja de dibujar… la escena en la que lo encontramos en su casa. Aquella noche, cuando…
—No tenemos por qué hablar de eso ahora.
—No pasa nada, necesito desahogarme. Quiero decir que ni siquiera se lo he contado a mi terapeuta ni a la de los niños porque yo… Es extraño que mi hijo dibuje cosas así.
Le costaba expresarlo con palabras, lo cual no era poco tratándose de una mujer que podía hablar por los codos. Y Alex no lo decía en sentido negativo. Sencillamente, sabía contar bien las cosas.
—¿Puedo ver los dibujos? —preguntó Alex, ahorrándole el trance de tener que describirlos.
—Sí, claro. —Se levantó y salió de la cocina. Alex la oyó rebuscar en la despensa. No hacía ruido; incluso se esmeraba en no despertar a los niños. A pesar de todos los avances, ambos seguían teniendo el sueño ligero.
Regresó con una caja de almacenaje de plástico transparente, de esas que se apilan con facilidad. Contenía un número considerable de hojas de papel.
—Aquí guardo los dibujos que no cuelgo. No quiero tirarlos. Quién sabe si algún día podrían ayudarlo. —Quitó la tapa y vaciló. Después, con un suspiro, empujó la caja hacia Alex.
El primer dibujo bastó para que entendiera por qué ella no había querido expresar con palabras lo que contenían.
Alex reconoció de inmediato la escena del crimen, donde el exmarido de Silke yacía en el suelo de la cocina, apuñalado y abandonado allí sin más para que se desangrara.
Alex notó que la mesa se tambaleaba. Lanzó una mirada fugaz a su hermana, que había empezado a mover la pierna izquierda arriba y abajo.
Tanto su expresión como su postura habían cambiado.
Estaba tensa. Como si Alex estuviera a punto de encontrar algo por lo que pudiera condenarla.
Miró el dibujo siguiente. Una perspectiva distinta de la misma escena.
Los tres siguientes eran iguales. Después vio uno que mostraba el mismo escenario, pero en aquella ocasión su sobrino se había dibujado junto a su padre, con un cuchillo ensangrentado en la mano.
Alex comprendió de inmediato que Michel se sentía responsable de la muerte de su padre.
Por supuesto, era un completo disparate, pero, por desgracia, no era raro que quienes habían sufrido una pérdida se culparan a sí mismos.
Su hermana se levantó. —Voy a servirme un poco de vino. ¿Quieres? Ah, perdona. Tú no bebes alcohol.
Antes de que Alex pudiera hacer algún comentario al respecto, ella ya había salido de la habitación.
Él miró el dibujo siguiente. De nuevo la cocina del padre, pero esta vez estaba vivo, y su sobrino aparecía junto a su hermana delante de los fogones.
Estaban cocinando algo con su padre. El desasosiego de Alex creció hasta oprimirle el estómago.
Su sobrino estaba procesando lo sucedido de un modo parecido al del autor que buscaban.
Michel dibujaba lo que había ocurrido y lo que podría haber ocurrido si las cosas hubiesen sido distintas.
El anhelo infantil de un mundo completo.
Y, al mismo tiempo, se culpaba de todo. Los dibujos siguientes repetían los anteriores, solo que con distintas versiones de una realidad que nunca había existido.
Su hermana regresó con un cigarrillo electrónico en la boca. En realidad, llevaba varios años sin fumar. Pero él no quería juzgarla por ello en aquel momento ni sacar el tema. Tal como había sospechado, estaba peor de lo que quería admitir.
Abrió el armario situado sobre el fregadero, sacó una copa y se sentó frente a Alex con la botella de vino tinto ya abierta. Llenó la copa hasta la mitad y exhaló humo con olor a vainilla y fresa antes de dar un buen trago.
Sentada en aquella silla, no parecía en absoluto serena.
—De momento, yo no me preocuparía por eso —dijo Alex, apartando la caja de dibujos.
—Qué fácil te resulta decirlo. —Su voz sonó quebradiza.
—Michel lo está asimilando de este modo. Es mejor que guardárselo dentro. Y deberías contárselo a su terapeuta.
—Sí, debería… ¿Por qué no puede asimilarlo como su hermana mayor?
—¿Qué hace ella?
—Nada que llame la atención.
—Entonces la forma de afrontarlo de Michel es la más sana.
—¿A eso lo llamas sano? —Señaló la caja con el cigarrillo electrónico y soltó una maldición al darse cuenta de que el aparato no estaba bien cerrado y goteaba sobre el mantel.
Por reflejo, lo limpió con el dedo, lo cual, por supuesto, solo empeoró las cosas—.
¡Mierda! —gritó prácticamente, lo que sorprendió de verdad a Alex.
—¿Silke?
—¿Qué? —Se levantó de un salto, cogió una bayeta del fregadero y empezó a frotar la mancha—. Esta mierda no va a salir nunca.
—Sé lo difícil que está siendo esto para ti y para los niños.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo coño lo sabes? ¿Porque has pasado muchísimo tiempo con nosotros a lo largo de todos estos años?
Por desgracia, no le faltaba razón, y él ya se sentía bastante culpable por ello.
—Sé que Maik no te caía bien y estoy segura de que tenías tus motivos.
—A juzgar por su expediente, no habría sido el único con buenos motivos.
Ella se quedó paralizada a mitad del movimiento y lo fulminó con la mirada. —Déjate de esa estúpida jerga de policía. No era un mal hombre. —Soltó la bayeta, se recostó, dio una calada profunda y exhaló de forma audible.
—Lo siento —dijo entonces Alex.
Tras la siguiente calada, ella soltó una risa desdeñosa. El humo se arremolinó en dirección a Alex. —Todo esto es demasiado, Alex. Han asesinado a mi marido.
—Lo sé.
—Un lunático descuartizó al padre de mis hijos y los pequeños…
Lo encontraron antes que yo. —Intentó apagar el cigarrillo electrónico contra el plato hasta que se dio cuenta de que no era un cigarrillo.
Furiosa, arrojó el aparato junto al plato—.
Como tenían tantas ganas de verlo, entraron corriendo en la casa antes que yo…
No tenía forma de saberlo… Mierda. —Rompió a llorar.
Alex estaba a punto de levantarse para consolarla cuando ella le indicó con la mano que no lo hiciera. —No —dijo para dejarlo claro. Inspiró y dejó de llorar—. Por favor, vete.
Alex no estaba dispuesto a marcharse sin más. —No pienso hacerlo.
—Por favor, ahora mismo no quiero esto. —Parecía agotada.
—Sé que no he sido el mejor hermano ni el mejor tío, y desde luego tampoco el mejor cuñado para tu marido. Y lo siento. Lo siento todo.
Sus facciones se suavizaron y las lágrimas volvieron a resbalar por sus mejillas. Alex se levantó despacio, llevó su silla alrededor de la mesa para sentarse junto a su hermana y le pasó un brazo por los hombros.
Ella cerró los ojos con fuerza y le echó los brazos al cuello.