El asesino de la almohada (Bajetzky y Kuper 6) Capítulo 31
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Capítulo 31

Alex esperaba encontrarse con una mujer brutalmente mutilada. Incluso esperaba que presentase un aspecto peor que las otras dos. Pero lo que no había creído posible era la forma en que el autor había expuesto el cadáver.

No yacía en la cama como las otras dos. Estaba sentada en una silla. Una silla infantil, del mismo tipo que las de sus sobrinos. Un modelo rosa estándar del catálogo de IKEA, en el que Alex se había sentado muchas veces.

Natalia Wieczorek estaba sentada a horcajadas, vestida únicamente con unas bragas y con las manos atadas a su espalda, a los postes de la cama.

A diferencia de las otras dos, no llevaba sujetador.

¿Era aquella la siguiente fase de la humillación?

¿La que Emma le había mencionado después de hablar con Susanne Sandjohann?

La mujer rubia de cuarenta y un años y cabello corto tenía la cabeza caída sobre el pecho.

Unos verdugones negruzcos y violáceos le adornaban el torso, los muslos y los brazos.

Muchos se habían abierto, como si la hubieran azotado.

Finas salpicaduras de sangre cubrían toda la habitación y podían verse incluso en el techo.

Como si alguien hubiera dado vueltas en círculo con un pincel del que goteaba pintura roja.

En los charcos de sangre que había delante de la víctima se veían huellas de pies no más grandes que la mano de Alex.

Se le encogió el estómago. Junto a la silla, las pisadas se fundían en un único rastro emborronado que desaparecía tras ella, en el pasillo que conducía a la puerta del piso; en el suelo de la escalera no habían visto ninguna.

Lo único visible era la pequeña huella ensangrentada de una mano en la cara interior del panel de cristal de la puerta de entrada.

—Su hija la encontró así esta mañana —le llegó la voz de Kim Haselhorst. Era nueva en la policía judicial. Aún bastante joven, aunque a Alex le daba la impresión de estar curtida.

—El equipo forense todavía no ha entrado —prosiguió—. Han llegado poco después que ustedes. Deben de estar a punto de subir. Ya he interrogado a los vecinos y…

—¿Dónde está la niña? —preguntó Emma, y Alex creyó percibir a través de la mascarilla el nudo que tenía en la garganta.

—¿La niña?

—La hija de la fallecida —aclaró Alex lo evidente.

—Va camino de la unidad de psiquiatría infantojuvenil —dijo ella con despreocupación.

—¡Buenos días! —les llegó entonces la voz de Meyer desde el pasillo. Alex quería volver la mirada hacia sus compañeros, pero algo en su interior le impidió apartarla. Como si, de hacerlo, fuese a dejar sola a la muerta.

—Menudo desastre —dijo Meyer mientras se situaba junto a Alex y Emma.

Dejó su voluminoso maletín al lado de la puerta, en el pasillo.

Su compañera Silvia Wulle colocó el suyo a su lado, se acercó al umbral y sacó las primeras fotografías.

La sangre había salpicado hasta allí. La puerta estaba abierta hacia dentro.

Seguro que también había salpicaduras al otro lado.

Los rastros de la cama indicaban con claridad que la víctima había estado tendida allí y había sufrido abusos antes de morir.

—¿Crees que la asfixió con la almohada? —Emma señaló la almohada manchada de sangre que colgaba del borde de los pies de la cama, detrás del cadáver.

—Podría ser —murmuró Alex.

—¿Tiene alguna idea de cómo ocurrió? —le preguntó Emma a Meyer. Como él también acababa de llegar, se tomó unos instantes para terminar de examinar la habitación.

Mientras Silvia Wulle introducía con cautela un pie en el cuarto y seguía sacando fotografías, Meyer permaneció donde estaba y esbozó una posible secuencia de los hechos. —Yo diría que la torturó en la cama. Esta vez no con los puños, sino con un objeto largo.

—¿Algo parecido a una porra? —aventuró Alex como primera hipótesis. Sobre la piel desnuda, algo así podía desgarrar los tejidos.

—Más rudimentario —dijo Meyer, observando las heridas.

—Una cuchara de madera —dijo Silvia Wulle.

Recogió algo que yacía en el suelo, delante de la cómoda y fuera del campo de visión de los investigadores, y les mostró una cuchara de madera rota y embadurnada de sangre—.

Parece que siguió utilizándola después de que se rompiera.

La metió en una bolsa y se la lanzó a Meyer, que la atrapó con destreza.

—No es la única —dijo Silvia Wulle—. Hay otras tres junto a la cama.

—De acuerdo —se limitó a decir Meyer, mientras guardaba la primera prueba en el maletín y retomaba la teoría interrumpida—.

Es probable que utilizara la almohada ensangrentada para asfixiarla.

Aunque aún no he podido verle bien la cara, está manchada de sangre.

La almohada también. Debió de retorcerse bajo la presión; al menos, esa es una forma de interpretar las manchas.

La asfixió en la silla, no en la cama; de lo contrario, la almohada no estaría a los pies de esta, justo detrás de ella.

—Después de asesinarla, se limitó a arrojar la almohada a un lado sin ningún cuidado —dijo Emma.

—Eso parece —dijo Meyer. Cerró de nuevo el maletín, aunque permaneció agachado allí, contemplando durante unos instantes la tapa cerrada de metal plateado.

Parecía afectarle más de lo que quería admitir—.

Ya presenta livideces en los pies. Son casi las nueve.

A primera vista, calculo que lleva muerta entre seis y ocho horas.

Abrió el otro maletín que Silvia había dejado junto al suyo y sacó dos prácticas lámparas ultravioletas.

Entonces se detuvo, negó brevemente con la cabeza, volvió a guardarlas y cogió la segunda cámara.

Era algo inusual, pues normalmente solo uno de los dos sacaba fotografías.

Pero, dado el estado de la escena del crimen, terminarían antes si trabajaban juntos.

Se levantó y pasó junto a ellos para entrar en la habitación.

—Si no les importa, primero intentaremos hacernos una idea más completa. Si encontramos algo que pueda interesarles, se lo comunicaremos.

—Gracias —dijo Emma, indicándole a Alex con un gesto que debían retirarse.

Solo entonces reparó Alex en que la compañera de la policía judicial había permanecido todo el tiempo con ellos, escuchando.

Al salir, tuvo la sensación de que quería contarles algo más, pero no acababa de atreverse.

Le indicó mediante un gesto que los siguiera hasta el pasillo.

A ambos lados colgaban decenas de fotografías de la fallecida con su hija.

También había algunas de cuando la niña era un bebé, junto a un hombre que ya no aparecía en las fotos más recientes.

—¿Quién es? —preguntó Alex.

—El marido —dijo Kim Haselhorst.

—¿Dónde está? —quiso saber Emma.

—Murió hace cinco años. Falleció en un accidente cuando volvía a casa del trabajo. Ni siquiera fue culpa suya. Un BMW lo adelantó a demasiada velocidad y, al regresar al carril, se metió delante de él, lo que provocó que chocara contra un camión que venía en sentido contrario.

Alex exhaló de manera audible y siguió avanzando por el pasillo.

—¿Qué más tiene para nosotros? —preguntó.

Exhausto, se quitó la mascarilla y la capucha.

Emma hizo casi lo mismo al mismo tiempo.

Por encima de la cabeza de Kim Haselhorst, Alex vio el destello de la cámara procedente del dormitorio.

Por alguna razón, le costaba apartar la mirada, y el estómago volvió a encogérsele.

—Los vecinos, es decir, los que viven en la primera planta y en la planta baja, no oyeron ni vieron nada.

La hija de la víctima corrió hasta la casa contigua.

Salió por la puerta y giró a la derecha.

Allí vive su abuela. La madre de la fallecida.

Al principio quiso ver qué le pasaba a la señora Wieczorek, si Alicia solo había tenido una pesadilla.

Los vecinos se despertaron por el grito.

Entonces la señora Werner, que vive justo debajo de nosotros, llamó a la policía después de que la madre de la fallecida fuera aporreando todas las puertas y gritando.

La señora Werner fue la primera que le abrió.

Esta vez, los destellos iluminaron el pasillo con mayor intensidad. Uno de los dos debía de encontrarse cerca de la puerta en aquel momento. Con el siguiente reflejo de luz, Alex reparó en algo de uno de los marcos que colgaban de la pared. —Espere un momento.

Pasó junto a Kim Haselhorst sin apartar la mirada del marco marrón dorado.

El cuadro sobresalía ligeramente de la pared, lo que por sí solo no era necesariamente extraño.

Pero Alex vio que había algo encajado entre la parte posterior del cuadro y la pared.

La fotografía mostraba a la madre y a la hija decorando huevos de Pascua en la mesa de la cocina, después de pintarse la cara con el tinte.

Era una de las fotografías más grandes. Un A4 apaisado.

Con cuidado, la descolgó y observó un dibujo hecho con ceras que habían clavado en el clavo.

Mostraba a una niña sentada, triste y sola, ante una mesa, jugando a las damas contra sí misma, con ojos a modo de fichas.