Capítulo 30
Se notaba que ninguno de los dos había pegado ojo aquella noche.
Y tenían buenos motivos, que expusieron a sus compañeros mientras los cuatro compartían una gran bandeja de desayuno que Alex se había empeñado en pedirles para agradecerles su ayuda.
Había de todo, desde huevos revueltos hasta panecillos y cruasanes, además de un surtido de quesos y embutidos.
—Lo seguimos todo el tiempo —dijo Paul Klose, refiriéndose a su único sospechoso, Carsten Papen—. Desde la comisaría hasta su casa. Se quedó allí bastante rato, hasta que, hacia las diez y media, se encendió la luz del garaje. Poco después se marchó en la furgoneta de la empresa.
—Un poco tarde para ir a trabajar, ¿no? —preguntó Emma mientras se sacudía de los dedos las migas del cruasán.
—Quién sabe —dijo Alex—. Puede que hubiera dicho a algunos clientes que lo llamaran si tenían una urgencia.
—También pensamos en eso —dijo Sabrina Möller después de tragarse el bocado de panecillo con queso.
Aunque, en su caso, casi podía decirse que no daba bocados, sino mordisquitos.
Se tomaba su tiempo para comer—. Pero montó demasiado numerito para que fuera eso —prosiguió—.
Tuvimos que escondernos porque no paraba de mirar en todas direcciones.
—O sea, ¿sospechoso de manual? —preguntó Alex mientras se servía su tercera ración de huevos revueltos.
—Podría decirse. Sabrina Möller sonrió con cansancio. —En fin, dio un rodeo para llegar al punto limpio de Sennestadt. Es municipal, no privado.
—Creo que sé cuál es —dijo Alex.
—¿Has tocado allí alguna vez? —preguntó Paul Klose, secándose la boca con una servilleta.
Alex sonrió. —No, pero no es mala idea. Hablaré con la dirección.
—Entonces quiero entradas VIP... En fin. Se detuvo en el límite del recinto —continuó Paul Klose— y nosotros paramos junto a la carretera. Nos escondimos detrás de unos arbustos. Seguro que no nos vio.
—Lanzó las bolsas por encima de la valla y, cada vez que lo hacía, miraba furtivamente a su alrededor.
Sabrina Möller entornó un instante sus ojos cansados y luego continuó.
—Después volvió a marcharse y nosotros nos separamos.
Paul revisó la basura mientras yo lo seguía, pero lo perdí.
Me temo que se dio cuenta de que lo seguían.
Dio un rodeo por las instalaciones de Sennelager y conducía bastante deprisa.
No habían despejado nada, así que seguramente yo iba con demasiada cautela.
Luego, en algún cruce, desapareció de repente.
Había demasiadas huellas de neumáticos en la nieve para saber cuáles eran las suyas.
Así que volví con Paul, lo recogí y esperamos delante de su casa hasta esta mañana mientras revisábamos las cosas que Paul había recogido.
—El hecho de que se deshiciera de la basura en una propiedad municipal nos viene bien. Sadelski no puede acusarnos de recoger pruebas en una propiedad privada sin una orden judicial —concluyó Emma.
—Precisamente por eso pude convencer al vigilante nocturno para que me dejara pasar y llevarme las bolsas —dijo Paul Klose.
—¿Encontrasteis algo útil? —preguntó Alex.
—Más o menos —dijo Sabrina Möller—. En realidad, solo había documentos viejos. Entre ellos, tres facturas que había expedido a Anna-Lea Hamann. Supongo que quería hacerlas desaparecer.
—¿No es tomarse demasiadas molestias? —preguntó Emma—. ¿Por qué no las quemó sin más?
—También nos lo preguntamos —dijo Paul Klose, apurando el café—. A lo mejor ha visto demasiado CSI y cree que podemos reconstruirlo todo a partir de las cenizas.
—Así que, por una vez, la imaginación de los guionistas juega a nuestro favor —dijo Alex.
—Entonces trabajó en casa de Anna-Lea Hamann —dijo Emma—. ¿Y fue tres veces? ¿Las facturas dicen qué hizo allí?
—Reparaciones de aparatos eléctricos —dijo Sabrina Möller—. Nada más. Parece una categoría de gastos estándar.
—Eso significa que conocía su piso de sobra —dijo Emma.
—Incluso podría haberse llevado una llave para entrar sin ser visto la noche del asesinato —desarrolló Alex.
—O haber hecho una copia —añadió Emma.
—También encontramos otras facturas de los últimos meses. Pero ninguna que lo relacione con Greta Schumacher. Las clientas también son mujeres, es cierto, pero cabe suponer que eran mujeres a las que había hecho favores, como él mismo afirmó.
—De todos modos, deberíamos anotar sus nombres y vigilar a esas mujeres —dijo Emma—. Por si son las próximas que aparecen.
—Ahora mismo hacemos una lista —dijo Sabrina Möller.
—También podemos encargarnos nosotros —se ofreció Alex.
—No hace falta —dijo Paul Klose—. De algún modo tendré que bajar este copioso desayuno y el café.
—Gracias —dijo Emma—. ¿Cuándo volvió a casa?
—Poco después de que llegáramos nosotros —dijo Paul Klose—. Hacia medianoche. Y no volvió a salir.
—¿Podría haberse escabullido sin que lo vierais por el jardín? —preguntó Emma.
—Quizá. Pero no apartamos la vista de la casa ni un segundo. No se movió ni una sombra.
Para Emma, todo aquello era demasiado poco. —Esas facturas no bastan para volver a incluirlo entre los principales sospechosos.
—Ayer le dijimos a Aufderheide que no creíamos que fuera el autor —objetó Alex—.
No teníamos nada contra él y no podíamos establecer ningún vínculo con la primera víctima.
Hasta ahora. No fue del todo sincero con nosotros e intentó destruir pruebas, aunque lo hizo de una forma bastante chapucera.
No me parece propio de un asesino que actúa como este.
Y eso sin contar con que su ex, Lara Thyssen, confirmó su historia sobre el niño y todo lo relacionado con él.
—¿No podría haberle dicho lo que tenía que contar? —preguntó Sabrina Möller.
—Para evitarlo, la llamamos justo después del interrogatorio. En aquel momento, Carsten Papen seguía hablando con el abogado en una sala aparte. Aunque también podría haberlo preparado de antemano.
—Sigue siendo demasiado poco para conseguir algo contra él —dejó claro Emma.
—Lo sé —dijo Alex.
Emma iba a añadir algo cuando sonó su móvil del trabajo. Un número desconocido intentaba hacerle una videollamada por FaceTime.
—Bajetzky, Policía Judicial de Bielefeld —dijo, muy sorprendida al ver a las dos mujeres que aparecieron en la pantalla.
—Winkler, Policía Judicial de Colonia —dijo la joven.
—Ah, hola.
Katharina Winkler, con su peinado de recién levantada, le recordó a Emma a Blondie en los años ochenta, aunque con el pelo más corto. Sobre una camiseta descolorida de David Bowie llevaba una chaqueta de cuero entallada.
A su lado estaba sentada una mujer delgada, de pelo negro, flequillo y una larga trenza. En su sudadera ajustada se leían, apenas legibles, las palabras Cannibal Corpse. Fuera lo que fuese aquello.
—¡Hola, queridos colegas de Bielefeld! —se presentó.
El tono cantarín y alegre de la voz de aquella joven sorprendió y divirtió a Emma a partes iguales—.
Yo, Lilly Richter, he tenido la emocionante tarea de examinar más detenidamente las imágenes para vosotros.
¿Seríais tan amables de ponernos en vuestro monitor?
—Ahora mismo no estoy en la oficina, pero puedo conectaros mediante el iPad. Solo tengo que encontrar una sala aparte —dijo Emma.
***
En la pequeña sala del personal del Overview, que Sabrina Möller había conseguido para los cuatro investigadores mostrando su placa de policía, se sentaron alrededor de una mesa pequeña en sillas plegables.
Emma colocó la tableta de modo que Sabrina Möller y Paul Klose también pudieran verla.
Katharina Winkler se presentó brevemente y presentó a su compañera Lilly Richter.
Emma no había oído hablar antes de Lilly Richter, pero, si Katharina Winkler había recurrido a ella, seguro que era muy competente.
Emma presentó a Sabrina Möller, Paul Klose y Alex, que hasta entonces solo conocían a Katharina Winkler.
—Ahora que hemos terminado con las cortesías, podemos empezar —dijo Lilly Richter.
—Encantada —dijo Emma.
Alex tenía la libreta preparada.
—Bien, sé que ya examinasteis los dibujos con luz ultravioleta y no encontrasteis nada. Ni fibras inusuales, ni residuos luminiscentes, ni una segunda capa.
—También analizamos la capa de cera. Nada llamativo —añadió Katharina Winkler—. Pero tenía una corazonada. Más bien la esperanza de que hubiera algo extraño en los colores. Ya sabéis, como aquellas cartas de antes que se escribían con tinta invisible.
—Claro —confirmó Emma.
—Hay colores que funcionan de manera parecida —dijo Katharina Winkler—, solo que no se vuelven visibles al exponerlos a la llama de una vela.
Como si obedeciera una orden silenciosa, la imagen de las dos mujeres se redujo hasta ocupar la esquina superior derecha y apareció un montaje con los dos dibujos de la escena del crimen, uno junto al otro.
Pero los colores eran por completo distintos.
Apenas se reconocían. Y, además, había más elementos de los que se distinguían a simple vista.
—Como podéis ver, han aparecido líneas debajo de la cera, en el propio papel —dijo Lilly Richter—. Delicadas, precisas y totalmente invisibles bajo una luz normal. Pero con una absorción infrarroja de unos ochocientos nanómetros —de ahí esos colores tan bonitos—, todo se hace visible.
Katharina Winkler volvió a tomar la palabra: —Detrás de las pinturas propiamente dichas, marcadas por un deseo de atención y reconocimiento, estos dibujos muestran ese deseo hecho realidad.
Y son de la misma mano. No presentan tanta variedad de estilo como los dibujos hechos con ceras, algo que se debe a las distintas formas en que las víctimas sujetaron las ceras y a sus diferentes habilidades.
Hasta Emma podía ver que ahora era posible atribuir los dos dibujos realizados con aquella tinta especial a un mismo artista.
El primero, que a simple vista mostraba a una niña corriendo feliz hacia una mujer que la ignoraba, ahora tenía otro aspecto.
Con la tinta especial, la mujer no aparecía de espaldas, sino agachada y con los brazos bien abiertos, dispuesta a recibir a la niña.
En el segundo, la niña seguía sentada en el columpio.
Pero ahora estaba la viga que faltaba —como la había llamado Emma al principio, antes de darse cuenta de que la niña se columpiaba en una horca—, y la misma mujer del primer dibujo —llevaba ropa del mismo corte y tenía el mismo peinado— se encontraba detrás de la niña, empujando el columpio.
—¿Qué es exactamente esa tinta o pintura? —preguntó Emma.
—Una bastante chula. Una tinta de absorción infrarroja —respondió Lilly Richter—.
En un principio se desarrolló para la impresión de seguridad.
Para billetes, documentos de identidad, entradas y cosas así.
También se utiliza en la industria para proteger marcas; por ejemplo, para marcar envases de medicamentos o productos de marca.
Lo interesante es que, aunque estas tintas no se venden en papelerías, cualquiera con unos conocimientos mínimos puede pedirlas por internet sin ningún problema.
La empresa estadounidense TaxFax vende abiertamente rotuladores infrarrojos y frascos cuentagotas.
No hace falta ningún permiso y el envío a Alemania está incluido.
Y quien quiera cantidades mayores puede encargarlas a proveedores chinos en plataformas como Alibaba.
Pedido mínimo: cien mililitros, y a veces incluso se venden por litros. Yo misma pedí un poco enseguida.
—¿Por qué iba alguien a tomarse tantas molestias? —preguntó Alex—. Quiero decir, no dejo de preguntarme por qué oculta mensajes el autor. ¿Lo hace para sí mismo o para nosotros? Tiene que suponer que examinaremos a fondo hallazgos como esos.
—También nos lo preguntamos —dijo Katharina Winkler—.
Desde un punto de vista artístico, diría que no pretendía dejarnos un mensaje.
La hoja aparentemente en blanco que entregó a las víctimas puede representar para él un deseo que nunca se cumplió.
Un sueño con el que aún sueña, pero que sabe que jamás se hará realidad.
—Así que la realidad es lo que él había pintado —añadió Emma—. Ahora que conocéis el estilo artístico del autor, ¿habéis reconocido algún rasgo suyo también en las imágenes que os enviamos?
—Me temo que en eso tengo que decepcionaros —dijo Katharina Winkler.
—No hay el menor parecido —confirmó Lilly Richter.
—Lo sentimos —dijo Katharina Winkler—. No hemos podido averiguar nada más.
—Nada de falsa modestia —dijo Emma—. Esto sí que nos ayuda a avanzar. Muchísimas gracias.
—No hay de qué —dijo Lilly Richter, a lo que Katharina Winkler añadió, con una sonrisa: —Cuando queráis.
—Nos debéis una —dijo Alex.
—Quizá podamos quedar algún día para tomar una cerveza —dijo Katharina Winkler.
—Pero que no sea Kölsch, por favor —bromeó Alex, arrancando una sonrisa a Lilly Richter y Katharina Winkler, que volvían a ocupar toda la pantalla.
—Yo nunca llamaría cerveza a la Kölsch —dijo Katharina Winkler.
Los agentes se despidieron y Katharina Winkler añadió: —Si necesitáis algo más, poneos en contacto conmigo.
—Gracias —dijo Emma, poniendo fin a la llamada.
—¿Cómo has conseguido organizar eso? —preguntó Sabrina Möller, impresionada.
Emma le habló del caso del asesino en serie Robert Paulus, que Katharina Winkler había resuelto junto a su compañero Sebastian Fischer.
—Ah, ¿fue ella? —preguntó Sabrina Möller, impresionada.
—Sí, fue ella —dijo Emma.
—¿Y qué hacemos con esta nueva información? —preguntó Paul—. Nada de esto nos permite establecer un vínculo con Carsten Papen. Al contrario. Al examinar el piso después del allanamiento, ninguno de los compañeros habrá estado pendiente de buscar pintura.
—Lo único que podríamos hacer... El timbre del teléfono de Emma interrumpió a Sabrina.
—Bajetzky —dijo sin más, y escuchó. Lo que le contó el compañero de la Policía Judicial no resultaba tranquilizador.
Cuando dijo: —Tenemos otra mujer muerta, que sufrió abusos y falleció en algún momento de la noche, Emma comprendió que Papen quedaba definitivamente descartado, porque había estado en casa toda la noche.
Ya no tenían ni una sola pista. Solo una nueva víctima.