Capítulo 29
Ella se estremece. Las ataduras aguantan.
Tendida boca arriba sobre la cama, con las extremidades abiertas como una estrella deforme, me recuerda a un pez fuera del agua.
No es que haya ido de pesca alguna vez, pero lo he visto antes.
Nunca he sentido lo que se siente cuando un pez boquea buscando aire, pero sé lo que se siente cuando lo hace un ser humano.
Y, aun sin poder compararlos, creo que con un ser humano es mejor.
Más intenso, más personal. Incomparable.
La observo desde la sillita donde siempre deja preparada la ropa del día siguiente antes de acostarse.
Hoy he llegado antes de que pudiera hacerlo.
Sé que estos espasmos son la respuesta de su cerebro, que intenta reanimarla. Espero que aún sea capaz de hacerlo, porque todavía no he terminado con ella.
Más me vale no volver a golpearla en la cabeza, siempre y cuando no muera ahora mismo a consecuencia de la tortura.
Limitaré los próximos golpes al cuerpo. Si soy sincero, debería haber previsto que ocurriría algo así.
Esperaba que las cucharas de madera se rompieran.
Lo que no esperaba era tener ya en la mano la sexta, resquebrajada.
Menos mal que tiene más de repuesto para mí en la cocina.
Hay que reconocer que el objeto de hierro no es muy auténtico, pero desde luego no se romperá.
Igual que yo tampoco volveré a romperme, ni permitiré que vuelvan a quebrarme. Nadie.
Su cuerpo se arquea como si alguien tirase de ella hacia arriba con todas sus fuerzas. Mantiene esa postura durante unos instantes. ¿Es el último espasmo antes de la muerte?
El aire escapa de sus pulmones con un sonido audible; después, su cuerpo se desploma sobre sí mismo... y vuelve a respirar.
Pero no por mucho más tiempo.