Capítulo 28
En los antiguos vestíbulos del CineStar, cerrado desde hacía años y donde el viento no calaba con tanta virulencia, algunos sintecho solían congregarse en días tan fríos como aquel para resguardarse y entrar un poco en calor.
Pero Emma también sabía que no todos lo hacían y que cada año había personas que morían de frío en las calles.
Por eso resultaba aún más reconfortante ver que había gente como Susanne Sandjohann, que, al salir del trabajo, repartía de forma voluntaria mantas y bebidas calientes entre los sintecho.
La compañera de Nina no estaba sola. Una furgoneta gris con las palabras Care probablemente también estuvo completamente aislado.
Quizá no hubiera nadie que lo oyera. Ni profesores, ni vecinos, ni madre.
—Susanne Sandjohann suspiró quedamente—.
Si algo he aprendido es que esos niños suelen volverse increíblemente callados.
Y, al mismo tiempo, muy vigilantes. Lo observan todo.
Sobrevivir significa aprender qué esperan los adultos.
Cómo adaptarse. Cómo hacerse pequeño. Se les mete en el cuerpo.
Y estoy segura de que, en algunos, al final acaba saliendo.
De una manera u otra. O como en vuestro caso...
¿Hay algo más que puedas contarme sobre él?
—Obliga a sus víctimas a hacer dibujos. Con ceras. En el primero, un niño corre hacia una mujer; sospechamos que es la madre.
—Tendría sentido.
—Pero ella se vuelve de espaldas. En el segundo aparece un niño colgado de una horca. La perspectiva es la de alguien que mira el jardín desde una ventana.
Susanne parpadeó como si de pronto le hubiera entrado arena en los ojos. —El primero parece un dibujo que expresa el deseo de que las cosas cambien. El segundo... el momento en que todo murió. Quizá fuera su casa. Quizá viera exactamente eso. ¿Un hermano? ¿O a sí mismo?
—Las dos víctimas eran mujeres. Una madre y una profesora.
—Entonces elige a mujeres que deberían asumir una responsabilidad. Por los niños. Por él en aquel entonces. O por otros hoy. Quizá incluso crea que no cumplen debidamente ese papel.
Emma estaba a punto de decir algo cuando Susanne volvió a detenerse. —¿Habéis revisado ya los expedientes antiguos de los servicios de protección de menores? Ese chico tuvo que llamar la atención de alguien en algún momento.
—Necesito ayuda para acotar la búsqueda. Ni siquiera es seguro que figure en algún expediente. Solo espero que tu experiencia pueda proporcionarme un perfil que me ayude a entenderlo mejor.
—Entonces empieza por los casos en los que se apartó a los niños de sus familias. Preferiblemente porque se considerara que sus propias madres eran inestables o incapaces de hacerse cargo de ellos. Si ese papel se repite —la madre ausente y desbordada—, quizá ahí esté el origen de todo.
—Ahora debe de tener entre veintitantos y poco más de cuarenta años. Atlético, encantador y atractivo.
—¿Podéis determinarlo con tanta precisión?
—Es más bien lo que se deduce de las pistas.
Entra en los pisos de sus víctimas sin dejar señales de haber forzado la entrada y consigue llegar hasta el dormitorio.
Podría ser un operario o hacerse pasar por uno.
Esa sería la otra conclusión. Si es alguien que llamó la atención de niño por la violencia en su familia, quizá por desatención, entonces es posible que tú u otro distrito tengáis un expediente suyo, o incluso que os hicierais cargo de él o lo ingresarais en algún centro.
—O que lo intentáramos. No todos los procedimientos terminan con el menor apartado de la familia. A menudo, pese a todo, el niño se queda con ella. Y años más tarde vuelven a acabar sobre nuestras mesas, como padres con los mismos problemas.
—¿Y si nunca llamó la atención de nadie cuando era niño?
Susanne negó con la cabeza. —No con ese grado de violencia.
No si hubo cigarrillos e inmovilizaciones.
Eso rara vez surge de la nada, y esa clase de maltrato pasa desapercibida aún menos veces.
Hay señales de alarma. Te daré los nombres de algunas personas con las que deberías hablar.
Unos cuantos profesionales que aún conocen algunos casos antiguos.
A veces los archivos ya no conservan nada, pero las personas sí lo recuerdan.
Porque, si tiene nuestra edad, desde luego yo no conoceré sus expedientes.
—¿Tienes a alguien concreto en mente? —preguntó Emma casi en un susurro.
—Quizá —dijo Susanne—. Tengo que pensarlo un poco más.
Y a lo mejor yo misma puedo encontrar algunos expedientes.
Buscas a un niño que nunca aprendió lo que significaba sentirse protegido.
Que vivía la cercanía como una amenaza. Quizá incluso pasara por una familia de acogida.
O por uno de esos centros donde los jóvenes consideran las emociones una debilidad.
—Y ahora se está vengando. Pero no de los agresores. Sino de los papeles que desempeñaban.
Susanne asintió. —Y de la parte de sí mismo que aún desea cercanía.
Emma miró hacia el fondo del pasillo, donde el vapor se elevaba de los vasos como niebla.
Susanne guardó silencio unos instantes. Cuando preguntó, su voz sonó más baja. —¿El agresor también abusó sexualmente de las víctimas?
Emma negó con la cabeza. —Hasta ahora, no.
Susanne asintió despacio, pero siguió con el ceño fruncido.
—He tenido casos que empezaron con palizas.
Con castigos y control. Y, llegado un momento, cuando eso dejó de bastar, fueron a más.
Primero la coacción, después la violencia y luego los abusos.
Si ahora el agresor está reviviendo todo eso en su interior, es posible que él también termine dando ese paso.
No porque lo planee de forma consciente, sino porque ese es el siguiente capítulo de su historia.
Emma notó que se le encogía el estómago. —¿Eso significa que deberíamos ampliar la búsqueda y tener en cuenta también a niños que sufrieron abusos sexuales y que ahora son adultos?
—Por desgracia, me parece lógico.
Susanne Sandjohann se detuvo junto a las polvorientas taquillas y se volvió hacia Emma. —Quiero decir que quizá ni siquiera él conozca aún su propio final. Pero, si lo reescribe, incluirá todo lo que le ocurrió o todo lo que ha reprimido.
Emma asintió. —Gracias. Eso ayuda. Aunque ojalá te equivocaras.