El asesino de la almohada (Bajetzky y Kuper 6) Capítulo 25
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Capítulo 25

Emma , Alex, Klose, Möller y Krüger estaban haciendo un resumen del caso y debatiendo cómo proceder cuando irrumpió el abogado de Carsten Papen.

—¡Esto lo ha preparado su gente! —acusó Sadelski a la fiscal Hanna Aufderheide, quien se limitó a mirarlo con expresión interrogante desde el atril, sin entender su agitación.

—Buenos días —dijo ella con tono impasible.

—No veo qué tienen de buenos.

—¿Tal vez quiera aclarárnoslo? —preguntó Hanna Aufderheide, indicándole con un gesto que entrara, pero él permaneció en el umbral.

—Anoche entraron a robar en casa de mi cliente. Por pura casualidad, no solo forzaron la furgoneta de su empresa, sino también el garaje y la vivienda contigua. Habían forzado la puerta que comunicaba con el garaje.

—¿Y qué tenemos nosotros que ver con eso? —preguntó Alex.

—El ladrón abre la cerradura de la puerta del garaje sin dañarla. Hace lo mismo con la furgoneta y, después, ese supuesto experto en forzar cerraduras utiliza una palanca en una sencilla puerta interior. Hasta a ustedes debe de parecerles extraño.

—Tal vez llevara consigo a un cómplice que no sabía hacerlo mejor —dijo Emma.

—¿Robaron algo de la casa? —preguntó Alex.

—Aún no lo sé. Sus compañeros siguen recogiendo pruebas en todas las habitaciones.

—Es el procedimiento habitual en un caso como este —intervino Hanna Aufderheide.

—Claro —se mofó el abogado—. Ayer impedí que se emitiera una orden de registro y ahora su gente está en casa de mi cliente recogiendo pruebas después de un robo que, por casualidad, se produjo en el momento oportuno.

—¿Qué ha dicho que robaron de la furgoneta? —preguntó Paul Klose.

—Cable de cobre —respondió entre dientes—. Querer registrar también la casa en busca de eso no encaja, ¿verdad?

—Depende —dijo Alex—. Es probable que el ladrón no supiera si había algún tipo de almacén pequeño. Además, estoy seguro de que ha seguido las noticias. En estos momentos, unos desconocidos también están desvalijando sistemáticamente edificios sin terminar.

Sadelski apretó los labios. —Esto tendrá consecuencias.

—¿Basándose en qué pruebas? —preguntó Hanna Aufderheide—. ¿Está acusando a los agentes aquí presentes de haber entrado por la fuerza en la propiedad de su cliente para propiciar un registro?

Sadelski se esforzó visiblemente por no apartar la mirada de la fiscal. Sin duda, le habría encantado escrutar uno por uno a todos los investigadores. —Desde luego, no quedará ninguna prueba.

—Si lo único que va a hacer es lanzar acusaciones, ya puede marcharse —dejó claro Hanna Aufderheide.

Sadelski entrecerró los ojos, furioso; después les dio la espalda y dejó deliberadamente la puerta abierta al marcharse.

Paul Klose, que estaba sentado más cerca de la puerta, se levantó y volvió a cerrarla.

Hanna Aufderheide miró brevemente a cada una de las personas presentes. —Para que conste: espero de verdad que todo esto haya sido una mera coincidencia, una que pueda resultarnos útil.

La fiscal hizo entonces lo que Sadelski presumiblemente se había abstenido de hacer. Escrutó a todos los presentes con una mirada inquisitiva, tan imponente como la de una profesora severa.

—Sea como fuere —continuó después, de nuevo con tono enérgico—, estas son circunstancias nuevas y deberíamos esperar a conocer los resultados antes de debatir cómo proceder.

—Buena idea —gruñó Krüger—. Haré unas averiguaciones para saber si ya han encontrado algo que pueda ayudarnos con este caso.