El asesino de la almohada (Bajetzky y Kuper 6) Capítulo 24
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Capítulo 24

Aquella noche , sin haber avanzado un ápice, Emma y Alex estaban sentados con Sabrina Möller y Paul Klose en un pequeño bar cerca de la universidad. Elevaban considerablemente la media de edad, pero allí no parecía importarle a nadie.

—Ese abogado me está poniendo de los nervios —dijo Alex.

Había contado con tener que vérselas con un buen número de abogados, pero no con Sadelski, uno de los picapleitos más conocidos de la zona de Bielefeld.

El hombre siempre encontraba algún motivo para ponerles palos en las ruedas.

Como era de esperar, había argumentado exactamente lo que Hanna se temía: que lo habían presionado.

Y en cuanto a retenerlo durante veinticuatro horas, también eso podía impedirlo.

—Pone de los nervios a todo el mundo —dijo Paul Klose, mientras dejaba el vaso de cerveza delante de él y se limpiaba la espuma de la boca con el dorso de la mano—.

¿Te acuerdas? —le preguntó a Sabrina Möller, que estaba sentada frente a él, al lado de Emma—.

Hace ocho años, lo pillamos en un asesinato clarísimo.

Un tiroteo, pero estaba claro que no había sido en defensa propia.

—¿El tiroteo frente al restaurante ruso? —preguntó Alex.

—Sí —dijo Sabrina Möller, haciendo girar una y otra vez entre el pulgar y el índice el posavasos que había debajo de su vaso vacío de Alster—. Dispararon contra dos personas desde un coche en marcha y consiguió que al autor no lo condenaran más que por homicidio.

—Las pruebas no eran concluyentes porque los rusos querían resolverlo entre ellos —dijo Paul Klose—.

Donde debería haber habido rastros, no había ninguno o eran inutilizables.

Y los pocos que realmente tendrían que haber bastado para condenar al autor por asesinato, por lo visto, al final tampoco fueron suficientes.

—Genial —dijo Emma—. Entonces, ¿cómo conseguimos más pruebas? No encontramos ningún rastro de ADN en la escena del crimen.

—¿Os creéis su historia sobre lo que pasó en la puerta? —preguntó Sabrina Möller.

—La mitad —admitió Emma—. Me creo que la interceptó en la puerta. Por la noche. Y que después no volvió a marcharse en coche.

—Nadie del vecindario recuerda su coche en concreto —dijo Paul Klose.

—Por desgracia, un Golf de color antracita ni es poco común ni es la clase de modelo que se queda grabado en la memoria —dijo Alex—. Ya visteis que solo en las plazas de aparcamiento había tres cuando interrogamos a los vecinos esta tarde.

—Es verdad. Son tan anodinos que ya había vuelto a borrarlos de mi mente. Paul Klose dio otro sorbo a su cerveza.

—¿De verdad no tenemos ningún medio de presión? —preguntó Emma al grupo.

—No lo parece —dijo Alex, abatido.