Capítulo 23
Gracias al reconocimiento facial, Carsten Papen había sido identificado y localizado con rapidez.
Ahora estaba sentado a la mesa de la sala de interrogatorios, contemplando sin cesar varios recortes de las fotografías que Yvonne Strake le había hecho.
Y, aunque la visera de la gorra le ensombrecía un poco el rostro, Emma no albergaba ninguna duda de que el hombre que tenían delante era el mismo al que Yvonne Strake había fotografiado en varios parques infantiles.
—¿De dónde han sacado eso? —preguntó, incrédulo—. ¿Es siquiera legal? —Los miró entonces. Había algo parecido a la ira en sus ojos—. ¿Fotografiar a alguien sin su permiso?
—Los parques infantiles son espacios públicos.
Allí no se aplica el derecho a la propia imagen.
Siempre que no se fotografíe a ningún niño y las imágenes no se hagan públicas, no está prohibido.
—Era una zona gris, y Emma lo sabía. No era del todo falso, pero tampoco del todo cierto.
Aun así, resultaba lo bastante verosímil para que Carsten Papen volviera a centrarse en el interrogatorio.
—Estupendo —se limitó a decir mientras se recostaba, con la mano derecha aún sobre la mesa, como si necesitara aferrarse a ella—. ¿Y ahora qué? ¿De qué se me acusa? ¿De acoso?
—De nada parecido —dijo Alex—. Pero quizá podríamos empezar por que nos cuente de una vez qué hace en parques infantiles sin llevar niños.
—¿A qué viene todo esto? ¿Es una especie de operación preventiva para retirar de las calles a un pederasta antes de que le haga daño a alguien? Si es eso, están perdiendo el tiempo. No me atraen los niños.
—Nosotros nunca hemos insinuado que así fuera —dijo Emma mientras sacaba del expediente una fotografía de Anna-Lea Hamann y la colocaba frente a él, orientada correctamente. Sus facciones se relajaron un poco.
—¿Conoce a esta mujer?
Antes de que la pregunta hubiera acabado de salir de sus labios, sus facciones volvieron a endurecerse. Como si se hubiera puesto una máscara.
—No, no la reconozco. —Se rascó bajo la barbilla, por debajo de la oscura y cuidada barba poblada, tan larga que le cubría el cuello.
—Por algún motivo, no le creemos.
—¿Pueden demostrar que no es verdad?
—Sí —dijo Emma mientras sacaba una fotografía en la que aparecía de frente junto a Anna-Lea. Emma esperaba una reacción más marcada: que abriera mucho los ojos, que perdiera la máscara. Pero no cambió absolutamente nada.
—Ah, sí. Ahora me acuerdo.
Claro que sí. Todos se acordaban de pronto en cuanto sus mentiras quedaban al descubierto.
—¿Qué recuerda exactamente? —Alex le exigió una respuesta, apoyándose en la mesa con los brazos cruzados y clavando la mirada en el hombre.
Como si fuera un gesto casual, Carsten Papen apartó la mano de la mesa y la dejó en el regazo junto a la otra. Emma sabía perfectamente que se trataba de una retirada provocada por el avance de Alex, y estaba segura de que su compañero también lo sabía.
—Hablé con ella una vez. Era bastante agradable.
—Y ahora está muerta —dijo Alex, y aquello fue lo que por fin descompuso al hombre que tenían delante.
La máscara no se le había caído del todo, pero tras ella se vislumbraba cierto miedo.
—Yo no tuve nada que ver. —Volvió a rascarse la barba.
Esta vez en el lado inferior derecho de la mandíbula, y con bastante más fuerza que en el cuello.
Cuando volvió a bajar la mano y la apoyó sobre la mesa, Emma reparó en que tenía algo de sangre en la punta del dedo corazón—.
Vale, esto es evidente —dijo, señalando las fotografías en las que aparecía con Anna-Lea Hamann—.
Pero de verdad que no soy un perturbado.
Voy a esos parques con la esperanza de ligarme a alguna madre soltera. Eso es todo, de verdad.
—¿Necesita una tirita? —Emma señaló su mano.
Tardó un momento en entender a qué se refería. Y cuando vio la sangre en el dedo, abrió mucho los ojos, alarmado.
—¿Va a decirnos que se cortó al afeitarse? —preguntó Alex antes de que de la boca abierta de asombro de su interlocutor pudiera salir una sola sílaba.
—La señora Hamann murió hace poco —empezó Emma—.
El hecho de que otra persona fuera responsable de su muerte nos ha llevado a interrogarle.
Al fin y al cabo, varios testigos han declarado que esa no fue la única vez que habló con la señora Hamann.
Y ahora, como es natural, tenemos que preguntarnos cómo debemos interpretar su herida.
Encontramos bajo las uñas de la víctima sangre cuyo ADN no hemos podido identificar. ¿Qué opina? ¿Coincidirá con el suyo?
—Yo…
—Puede ponérnoslo fácil —dijo Alex, inclinándose un poco más hacia delante— o difícil.
Teniendo en cuenta todo lo que ya tenemos contra usted, seguro que no será ningún problema obtener una orden judicial que le obligue a facilitar una muestra de ADN.
Entonces podremos comprobar cómo encaja eso con su declaración.
Carsten Papen cerró la boca y pareció encogerse un poco sobre sí mismo.
Volvió a llevarse la mano al regazo y la cubrió con la otra.
—Vale, yo… Yo estuve en su casa. Hace ya un tiempo.
—Titubeó. Daba la impresión de estar sopesando con sumo cuidado qué debía decir y qué era mejor callarse—.
No habíamos quedado, pero sé dónde vive.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Emma.
—Soy electricista, y siempre es muy probable que alguien tenga en casa algún problema que pueda resolver con mis conocimientos. Otras mujeres solteras ya me habían pedido ayuda antes. Sé que parece sacado de una película para adultos, pero no fue así. Con algunas conseguí intimar; con otras, no.
—¿Hasta qué punto intimó así con la señora Hamann? —preguntó Alex.
—No tanto como quería. Y normalmente nunca me molestaba demasiado que una mujer no estuviera dispuesta a llegar más lejos.
Pero Anna… Ella provocó en mí algo completamente distinto a todas las demás.
Yo… No conseguía quitármela de la cabeza y, como llevaba varias semanas sin coincidir con ella en ningún parque infantil, pero tampoco me atrevía a mandarle un mensaje ni a llamarla, pensé que quizá resultaría romántico presentarme allí sin más.
—¿Cómo consiguió su número? —preguntó Alex.
—Surgió durante una conversación. Dijo que tenía problemas con la cocina, yo le dije que podía arreglarla y nos dimos los números.
—¿Así que ya había estado una vez en su piso? —preguntó Alex.
—Sí. Pero solo esa vez.
—Y, como ya no coincidía con ella en los parques infantiles, ¿pensó que sería romántico presentarse por sorpresa en su casa? —preguntó Alex.
—Una idea bastante peculiar del romanticismo —añadió Emma.
—Probablemente solo salga bien en las películas —admitió Carsten Papen—. Aun así, pensé que no pasaría nada. Se sorprendió cuando bajé del coche delante de su casa y la intercepté en la puerta al volver del trabajo.
—¿Cuándo fue eso exactamente?
Les dio la fecha. Alex y Emma se miraron. Era el mismo día en que habían asesinado a la mujer.
—¿Cómo sabía cuándo volvía del trabajo? —preguntó Emma.
—Serían alrededor de las dos y media. Una vez me dijo que casi siempre trabajaba en el turno de mañana. En algún Aldi.
—Parece que sabe exactamente en cuál —insistió Emma, apremiándolo para que respondiera.
—Sí —dijo con expresión avergonzada—. Fui recorriéndolos todos hasta que la encontré.
Después esperé a que saliera y la seguí…
Joder, la verdad es que sí parece que sea un acosador.
Cuando los abuelos cuentan historias así, siempre tienen algo de romántico.
Hoy en día enseguida lo tachan a uno de perturbado.
—Ahórrese eso, por favor —lo interrumpió Alex—. ¿Qué ocurrió cuando la abordó?
—Se asustó y, aunque me acerqué a ella sonriendo, se sintió incómoda.
Ya estaba anocheciendo y seguramente no me reconoció.
Y cuando se precipitó dentro del edificio, yo solo quería dejarle claro que no era un desconocido.
La agarré del brazo y tiré de ella hacia mí.
Entonces echó el brazo hacia atrás para darme una bofetada.
Yo retrocedí, pero aun así sus afiladas uñas me alcanzaron.
De ahí vienen los arañazos que tengo bajo la barba.
Y no terminan de curarse porque no paro de rascármelos y volver a abrirme las heridas.
—¿La soltó entonces? —preguntó Emma.
—Sí, claro. A mí también me sorprendió su reacción.
—¿Qué esperaba? —preguntó Alex con impaciencia.
Y, aunque la pregunta era sin duda retórica, Carsten Papen respondió: —Ya se lo he dicho. Algo más romántico. Quería gustarle. Estar con ella. No como con las demás. No quería un polvo rápido. Quería a Anna. Y a nadie más.
—¿Qué hizo la señora Hamann cuando la soltó? —preguntó Emma.
—Se refugió dentro del edificio y se quedó mirándome a través de la puerta de cristal mientras se cerraba.
—¿Qué ocurrió después? —preguntó Emma.
—Me largué de allí.
—¿Qué hizo durante el resto del día? —preguntó Alex.
—No gran cosa. Atendí unos cuantos trabajos más. Hasta alrededor de las ocho de la tarde.
—Pero tenía otros planes para aquel día, ¿no? —dijo Alex—. ¿Cómo pudo seguir trabajando? ¿Y un sábado, hasta bien entrada la tarde?
—No quería volver a casa, necesitaba distraerme. Así que adelanté unas cuantas citas. La gente agradece que los profesionales vayan antes.
—¿Y después?
—Me fui a casa.
—¿Vive solo? —preguntó Emma.
—¿Usted qué cree?
—Eso no viene al caso. Limítese a responder a la pregunta de mi compañera, por favor.
—Sí, vivo solo.
—¿Y estuvo solo en casa durante toda la noche, hasta la mañana siguiente? —continuó Emma.
—Sí. —Los miró con incertidumbre. Como si supiera adónde conducía aquello. Y, sinceramente, Emma se habría sorprendido mucho si no lo hubiera deducido por sí mismo.
—Así que no tiene coartada para la hora del crimen —dijo entonces Emma en voz alta, para que constara.
—Si se supone que lo que le ocurrió pasó el sábado por la noche, entonces, por desgracia, no tengo ninguna… ¿Necesito un abogado?
—Tiene derecho a uno —dijo Emma—. No obstante, podemos continuar aquí si tiene algo más que decir.
—No sé qué más podría decir. Sin pruebas ni testigos, no tengo buena pinta, ¿verdad?
—No —dijo Alex con sequedad—. A menos que colabore con nosotros.
—¿Y qué significa eso exactamente?
—Que hubo una agresión física…
—¡Pero yo no la agredí!
—Hubo contacto físico —dijo Alex—. Si es inocente, acceda a que comparemos su ADN y denos permiso para registrar su piso.
—Lo del ADN, de acuerdo. Pero sin una orden judicial, no pienso dejarles entrar en mi piso.
—¿Dónde ha estado durante los últimos días, sobre todo por las noches? —Alex formuló la siguiente pregunta como si no hubiera oído en absoluto la última afirmación.
—¿Por qué me pregunta eso?
—También estamos investigando otro caso. —Alex le enseñó una fotografía de la segunda víctima.
—¿Conoce a esta mujer?
—No voy a decir nada más al respecto.
—Como quiera —dijo Alex—. De momento se quedará aquí. Nosotros nos ocuparemos de la orden.
—¿Voy a quedarme aquí?
Alex miró su reloj de pulsera. —Podemos retenerle aquí otras veintitrés horas y siete minutos. Será suficiente.
—¿Qué?
Emma volvió a guardar las fotografías en la carpeta mientras Alex ya se dirigía hacia la puerta. —Por supuesto, puede ponerse en contacto con su abogado. Si no puede permitirse uno, se le asignará de oficio.
—Esto es una puta mierda —dijo el hombre en un hilo de voz mientras se desplomaba en la silla. La cabeza le cayó sobre el pecho y los hombros se le sacudieron como los de un buitre. Empezó a sollozar.
Emma miró a Alex, que asintió. Una señal silenciosa para que no dejaran al hombre completamente solo. A través de la puerta abierta, Emma vio que Alex hacía señas a alguien para que se acercara. Era una joven agente uniformada.
—¿Podría quedarse aquí hasta que llegue su abogado?
—Por supuesto —se limitó a decir ella mientras se situaba en la sala, junto al marco de la puerta.
Alex y Emma se lo agradecieron y pasaron a la sala contigua, donde Hanna Aufderheide y su superior, el inspector jefe Krüger, lo habían presenciado todo.
Alex dejó pasar primero a Emma y cerró la puerta tras él.
—Esto está en el límite —dijo Hanna Aufderheide—. Solo puedo solicitar una orden si el ADN coincide.
—Con una PCR rápida deberíamos conseguirlo dentro de esas veinticuatro horas, ¿no? —preguntó Emma.
—Depende. Ha pedido un abogado. Primero tenemos que esperar a que llegue.
—Pero ha accedido a la prueba —protestó Alex.
—Sí, lo ha hecho. Y si su abogado alega que lo presionamos, ni siquiera un resultado positivo será admisible ante el tribunal.
—Claro que no —dijo Alex, irritado—. ¿Y qué hacemos hasta entonces?
—Que yo sepa —intervino Krüger—, todavía no he recibido un informe completo sobre la inspección que hicieron de la escena del crimen de Greta Schumacher.