Capítulo 26
Alex no tenía ni idea de cómo había ocurrido aquello la noche anterior.
Desde luego, no había sido él, y tampoco creía que hubiera sido ninguno de sus compañeros.
Si llegaba el caso, Hanna incluso podía testificar que él no había tenido nada que ver.
Había pasado toda la noche con ella. Klose era quien tenía más probabilidades de saltarse todos los límites hasta el extremo de fingir un allanamiento para obtener pruebas, pero Alex apartó aquel pensamiento y volvió a centrarse en lo que había sacado a la luz el registro de la casa.
Porque, tal como sospechaban, había proporcionado pruebas útiles.
Pruebas que no cuadraban con la declaración del sospechoso.
Y en aquel momento se encontraban sobre la mesa de la sala de interrogatorios número tres, donde Carsten Papen estaba sentado junto a su abogado.
Al hombre no le hacía ninguna gracia. Sin embargo, no podía limitarse a esconder las nuevas pruebas debajo de la alfombra.
Sobre todo —y esto era lo más importante—, no podía declararlas inadmisibles, pues habían sido halladas en el curso de una investigación oficial.
—Estos dibujos no demuestran absolutamente nada —dijo Sadelski.
Alex tenía la sensación de que el disco se había quedado rayado. —Eso ya lo ha dicho. Apoyó las palmas en el borde de la mesa, al lado de Carsten Papen, cuyo rostro ya no conservaba ni rastro de la máscara que habían conocido durante el primer interrogatorio.
Alex se irguió. Emma permanecía en su asiento habitual, al otro lado de la mesa, con el expediente cerrado delante. Solo los dibujos infantiles habían sido dispuestos cuidadosamente ante los dos hombres. Seis dibujos, distribuidos en tres filas de dos.
—Señor Papen —dijo Emma mientras contemplaba el dibujo que más parecía contar una historia triste. Mostraba a un niño dentro de un coche, alejándose con una mujer al volante de un hombre que se había quedado solo ante una casa, con unas maletas—. ¿Qué historia hay detrás de estos dibujos?
—Yo...
—No nos habló de ellos —lo interrumpió Alex.
—Porque...
—Ahora no diga ni una palabra más —ordenó Sadelski—. Mi cliente no consideró necesario informarles de estas obras. Y, si he leído correctamente el acta de su interrogatorio, tampoco le preguntaron por ellas.
—Ahora tenemos motivos para preguntar —dijo Alex—. Porque usted, señor Sadelski, no se limitó a leer el acta del interrogatorio..., ¿verdad? —insistió al no obtener respuesta.
—Claro que no. Resopló indignado, como si Alex hubiera puesto en duda su competencia profesional. Que era justo lo que pretendía.
—Entonces sabe por qué estos dibujos son relevantes para nuestro caso.
Alex cruzó los brazos sobre el pecho y comenzó a pasearse despacio de un lado a otro.
Siempre lo hacía cuando quería poner nervioso a alguien o conseguir que hablara.
Que al abogado no le gustara no hizo sino animarlo a continuar.
—Son... —empezó Carsten Papen, hasta que su abogado volvió a interrumpirlo.
—Lo que mi cliente quiere decir es que estos dibujos son de su hijo.
—¿De su hijo imaginario? —preguntó Emma, lo que le valió una mirada contrariada de Sadelski. Como respuesta, sacó del expediente los datos de Carsten Papen y los puso delante del abogado—. Según la información que tenemos sobre su cliente, no tiene ningún hijo, ni lo ha tenido nunca.
—Un momento —dijo Sadelski mientras leía el documento con minuciosidad.
—Oficialmente no, es cierto —dijo Carsten Papen, lo que le valió también una mirada contrariada de su abogado—. Nunca reconocí la paternidad.
—¿Por qué no? —preguntó Alex.
—La relación con mi ex era complicada. Lanzó una mirada fugaz a su abogado, que se había vuelto hacia él y lo escuchaba atentamente, aún con la hoja de papel en la mano.
—Seguía viéndose con otros hombres mientras aún estábamos juntos.
Me alegré cuando se quedó embarazada. Hasta que, en el tercer mes, un hombre se presentó en nuestra casa diciendo que quería ocuparse de mi ex y del niño.
Estaba convencido de que era suyo. Después resultó que no era el único hombre que podía ser el padre.
Mi ex afirmaba que era mío, cosa que, por supuesto, no creí.
—¿No insistió en hacer una prueba de ADN? —preguntó Emma.
—No quería humillarme de ese modo.
—¿Cómo acabó la historia? —preguntó Emma.
—La dejé. Poco antes del parto. Ella siguió intentando ponerse en contacto conmigo. Me enviaba fotos todos los años. Cuando cumplió tres, también yo advertí que se parecía a mí. Pero nunca tuve el valor suficiente para enfrentarme a él.
—Entonces, ¿por qué le hace dibujos? —quiso saber Alex.
—Ella le habla de mí. Al menos, eso es lo que siempre me escribe. Y dice que solo le cuenta cosas buenas de mí, que le ha dicho que estoy fuera por un largo viaje de negocios. Una lágrima le resbaló por la mejilla.
—¿Cómo se llama su ex? —quiso saber Alex.
—Lara Thyssen.
—¿Dónde vive?
—En Hannover. Allí es donde vivíamos juntos. Yo no me mudé aquí hasta poco después de que rompiéramos.
—¿Qué edad tiene ahora su hijo? —preguntó Emma.
—Cumplirá seis años en marzo.
—Debería habérmelo contado —protestó Sadelski—. Aun así, no veo qué relación tiene todo esto con los dos asesinatos de los que lo acusan.
—¿Dos asesinatos? Carsten Papen parecía oírlo por primera vez. —¿Se supone que he asesinado a dos personas? Empezó a gimotear. —¿Por qué?
—No lo sabemos —dijo Alex.
—Una acusación sin fundamento —replicó Sadelski.
—No tiene coartada para las noches en que se cometieron los crímenes —dijo Emma—. Y...
—¿Por eso solicitaron datos de varias fechas? Creía que todo esto era solo por Anna.
—¿Así que no informaron a mi cliente de que lo estaban interrogando en relación con un doble asesinato?
Mierda, pensó Alex . ¿De verdad no se lo dijimos? Al fin y al cabo, le había enseñado la fotografía de Greta Schumacher.
—Estoy segura de que lo mencionamos —dijo Emma.
—¡No lo hicieron! Carsten Papen parecía haber perdido de pronto toda la compostura. —¡Siempre se habló solo de Anna! ¡Ella era lo único que me importaba!
—Por favor, cálmese —dijo Emma.
—No hay ningún motivo para que se calme —dijo Sadelski—. Ni tampoco existe razón alguna que los autorice a continuar esta conversación. Mi cliente no dirá nada más y yo presentaré una denuncia formal contra los dos por haber ocultado deliberadamente las circunstancias del interrogatorio.
Alex puso los ojos en blanco para sus adentros.
—Vámonos —continuó Sadelski—. Mi cliente no permanecerá retenido aquí ni un minuto más y, por tanto, todas las declaraciones que ha hecho quedan invalidadas.
Cuando los dos hombres salieron de la sala, las palabras de Sadelski quedaron flotando en el aire.
—Menudo... capullo habría querido decir Alex, pero se contuvo.
—Opino lo mismo —convino Emma—. Fuera lo que fuese que ibas a decir.
—Bueno, eso ha salido de maravilla —dijo la fiscal desde la puerta y, a diferencia de lo habitual, su voz no despertó en Alex una agradable sensación de calidez. Todo lo contrario.
—Seguro que lo mencionamos —dijo Emma, aunque no parecía demasiado convencida. Alex sentía lo mismo.
—Por desgracia, no lo mencionasteis con la claridad necesaria para poder rebatir esa acusación —dijo Hanna Aufderheide.
—Mierda —dijo Alex al recordar que, cuando le había preguntado por otras coartadas, solo había dicho que estaban investigando otro caso. No había especificado que se trataba de otro asesinato. Serás novato idiota , se reprendió Alex—. ¿Y ahora qué?
—Eso depende. ¿Creéis que es el hombre que buscamos?
—No —admitió Emma, expresando en voz alta lo que Alex pensaba—. Si su historia es cierta, esto no es más que una pérdida de tiempo.
—Klose y Möller pueden comprobarlo. Vosotros dos habéis terminado por hoy.
Al darse la vuelta, le guiñó un ojo a Alex con desenfado. Aquel pequeño gesto consiguió lo que su voz no había logrado provocar hacía un instante. Y aunque el caso y Carsten Papen le producían cualquier cosa menos tranquilidad, estaba deseando pasar la velada con Hanna.