El asesino de la almohada (Bajetzky y Kuper 6) Capítulo 17
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Capítulo 17

Sus ojos brillaban a la luz de las velas.

Alex se había esforzado de verdad y la había sorprendido con una cena a la luz de las velas en su casa.

Aunque, en realidad, no había sido una sorpresa.

Se la había anunciado y había pasado casi dos horas en la cocina.

Y como no se fiaba del todo de las recetas de internet, había llamado cuatro veces a Emma para pedirle consejo.

Todo aquello por algo supuestamente tan sencillo.

De entrante habían tomado tartar de salmón con aguacate.

Crudo, fresco, refinado... o algo por el estilo ponía bajo el título de la receta.

Presentado en un plato pequeño con limón, eneldo y un poco de rúcula, tenía un aspecto bastante sofisticado, y casi habían quedado olvidados los tacos que había soltado durante la preparación en la cocina.

Ahora estaban a punto de terminar el plato principal, solomillo con chalotas al vino tinto y puré de apionabo —que le había hecho soltar aún más tacos que el entrante—, y Alex ya empezaba a ponerse un poco nervioso.

Porque el postre había sido, sin duda, la parte más difícil, algo que había exigido tanta concentración que ni siquiera se le había ocurrido soltar tacos: mousse de chocolate con ralladura de naranja.

Era un milagro que no se hubiera dejado la piel de los dedos al rallarla.

—¿Dónde tienes la cabeza? —preguntó ella.

—En la comida. —Y era verdad. Entonces volvió a centrarse en ella.

En lo guapa que estaba y lo feliz que era él.

En realidad, había pensado decirle aquel día las tres palabras mágicas.

Pero, de algún modo, el caso que tenían entre manos estaba bloqueando sus hormonas de la felicidad.

Como si se librara una batalla en el interior de su cuerpo.

Quería decírselo, pero también quería sentirlo plenamente.

—¿Solo en la comida?

Parecía un poco preocupada. ¿Había estado así toda la noche?

—Hemos hablado mucho, y hasta sé ya todas las razones por las que un músico tiene que tener varias guitarras. Pero tengo la impresión de que solo estás aquí conmigo a medias.

—Por desgracia, no te falta razón.

Ella dejó con cuidado los cubiertos sobre la servilleta doblada junto al plato, se inclinó un poco hacia delante y le cogió la mano entre las suyas.

Su mirada fue como una puñalada en el corazón.

No porque le hiciera daño, sino porque en aquel momento él no era capaz de dedicar toda su atención a una mujer tan maravillosa.

—Dice mucho de ti que te preocupes por las personas con las que te cruzas. Que cada víctima sea para ti algo más que un número de caso. Y espero de verdad que eso nunca cambie.

—Gracias —susurró él. Le estaba más agradecido de lo que ella podía imaginar. Hanna despertaba en él tantos sentimientos positivos... Y, sin embargo, no bastaban para que se atreviera a decirle lo que llevaba tanto tiempo queriendo decirle.

—Aun así, no quiero estar solo con el sargento detective Alex Kuper. Quiero estar con todo lo que te hace ser quien eres.

—Tienes razón. Lo siento.

—No tienes por qué sentirlo. Te quiero tal como eres.

¿De verdad acababa de decir eso? Alex la miró sin saber si se lo había imaginado o si ella lo había dicho de verdad. Y, como al parecer se quedó pensándolo un instante de más, la reacción de Hanna le dio la respuesta. Parecía avergonzada, retiró las manos y ya no fue capaz de sostenerle la mirada.

—No debería haberlo soltado así —dijo ella, y ya estaba a punto de levantarse cuando él alargó el brazo y le cogió la mano. Hanna lo miró, y fue la primera vez que Alex vio en ella algo parecido a la inseguridad. Saber que él era el causante le dolió profundamente.

Rodeó la mesa, se acercó a ella y buscó su mirada. Cuando Hanna se la devolvió, dijo: —Yo también te quiero.

—No tienes que decirlo solo porque lo haya dicho yo.

—Lo sé —dijo él mientras le apoyaba la mano libre en la mejilla.

Y cuando sus labios se rozaron, Hanna había ganado. Ahora Alex estaba con ella al cien por cien.