El asesino de la almohada (Bajetzky y Kuper 6) Capítulo 18
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Capítulo 18

A la mañana siguiente, el espigado forense Achim Gräfe señaló la pantalla central de las tres, en la que se mostraban primeros planos del torso de Greta Schumacher abierto quirúrgicamente.

Las imágenes detalladas se centraban sobre todo en la garganta y los pulmones.

Detalles de los que Alex habría prescindido con mucho gusto.

Hasta ahora, exactamente igual que con Anna-Lea Hamann , pensó Alex. De puta madre.

Achim Gräfe abrió otra imagen, que mostraba fibras textiles bajo luz ultravioleta. —Mezcla de algodón y fibra sintética, de color gris claro. Coincide sin duda con la almohada. ¿Qué significa eso? Que el autor asesinó a la señora Schumacher exactamente de la misma manera que a la señora Hamann.

Mostró otra imagen antes de proseguir. En ella aparecía la mano derecha de la víctima. —Por desgracia, esta vez no hay sangre ni ADN ajeno. Tampoco en la cama. Solo el de la víctima.

—¿Hacía poco que habían cambiado las sábanas? —preguntó Emma.

—A juzgar por las escamas de piel encontradas, calculo que fue hace una semana. ¿Por qué es importante?

—Está prometida. De vez en cuando duermes en la misma cama que tu pareja. Me resulta un poco extraño que, por lo visto, llevara una semana durmiendo sola en la suya.

—No es una mala observación —dijo Achim Gräfe, dando por válida la conclusión de Emma.

—Su prometido tiene piso propio —señaló Alex—. Yo tampoco paso todas las noches… —Emma advirtió que se mordía la lengua—… fuera de casa —añadió entonces.

—¿Qué más tiene? —preguntó Emma para no dar a Achim Gräfe la oportunidad de responder al comentario de Alex, que sin duda había despertado la curiosidad del forense. Pero este volvió de inmediato al asunto que los ocupaba.

Unos cuantos clics frenéticos después, los tres contemplaban primeros planos de las lesiones.

—Traumatismos por objeto contundente, hematomas masivos y contusiones alrededor de las costillas y el abdomen; en algunos casos, hematomas subdérmicos en las sienes —explicó Achim Gräfe—.

A diferencia de la víctima número uno, aquí también hay quemaduras de cigarrillo.

—¿Y los dedos? —preguntó Emma—. ¿Hay algún rastro que indique que, al igual que la primera víctima, hizo ella misma el dibujo?

Él se inclinó hacia delante, abrió la imagen ultravioleta de los dedos muy ampliados y se empujó hacia arriba las gruesas gafas de montura de pasta.

—Sí. Otra vez hay restos de ceras. Pigmentos, parafina, micropartículas. Idénticos a los que encontramos en la primera víctima.

—¿Son las mismas ceras? —preguntó Emma.

—Al menos son de la misma marca. Aunque, la verdad, no tiene nada de raro. Forman parte del material habitual de cualquier escolar. Ceras Jackson. De lo más corrientes.

—Aun así, podría apuntar al mismo autor —añadió Alex.

—Sí, podría —confirmó Achim Gräfe.

—¿Ya tiene aquí el dibujo de la escena del crimen? —preguntó Alex.

—Por supuesto. Y ya lo hemos examinado más detenidamente. Para ser exactos, lo ha hecho Wolf. ¿Algo que añadir? —preguntó por encima del hombro a su compañero, que seguía ocupado con un análisis en la pequeña sala contigua, cuya puerta corredera estaba abierta.

—No —respondió él desde allí.

—Gracias. —Achim Gräfe volvió a girarse hacia las pantallas, abrió las fotografías que mostraban ampliadas distintas secciones del dibujo y prosiguió con su explicación—.

Igual que con la primera víctima. No hay trazos infantiles.

Ni proporciones difusas. Así que, de nuevo, no es obra de una mano infantil, aunque la imagen sugiera que sí.

—El uso del color, el simbolismo… Esto no es fruto de la psique de un niño —dijo Emma—. En comparación con los dibujos del despacho de Greta Schumacher, esto es obra de un adulto que quiere transmitir un mensaje o, al menos, procesar algo.

—¿Qué crees que intenta decirnos? —preguntó Alex.

—El niño cuelga simbólicamente de la horca.

Está solo y se siente indefenso, sin esperanza de salvación.

Y todo ello en un jardín que es una celda de muerte y en el que aparece un espectador silencioso que observa a través de la ventana, desde la distancia, quizá también emocional, y deja que ocurra.

Se parece al dibujo que encontramos en casa de Anna-Lea Hamann.

Una mujer ignora a un niño que, riendo feliz, quiere que lo coja en brazos. Y aquí ya se balancea en la horca.

—Eso podría significar que el autor describe uno o varios traumas que sufrió de niño —concluyó Alex.

—Y que ahora ha empezado a procesarlos —completó Emma.