Capítulo 16
Aunque Emma y Alex habían estado en la oficina hasta poco antes de las siete, al parecer él aún había conseguido prepararse algo de comer. Y la había llamado un par de veces para pedirle ayuda.
Cilian Seifert no sabía nada de lo que había ocurrido durante la excursión escolar.
Y Matthias Austermann tenía una coartada —inesperada— que lo excluía del círculo de sospechosos.
Su suegra la había confirmado. Casi todas las noches la llamaba para pedirle que fuera a su casa cuando Adrian volvía a llorar, no podía dormir y echaba de menos a su madre.
De hecho, se había hecho cargo del niño porque el pequeño lo deseaba con todas sus fuerzas.
Tras varias conversaciones, su abuela había acabado aceptándolo y ayudaba a ambos en todo lo que podía.
Austermann le había contado orgulloso a Emma por teléfono que llevaba días sin consumir, aunque de vez en cuando se permitía una cerveza cuando el pequeño estaba dormido.
Y seguía fumando, pero solo en el balcón.
Ya era de noche, poco más de las ocho, y Emma estaba sentada en el sofá con Sabrina Möller porque en la mesa de la cocina ya no quedaba sitio para la comida.
Sabrina Möller se manejaba realmente bien con los palillos.
Emma lo había intentado varias veces, pero al final había vuelto a coger un tenedor.
En realidad, Sabrina Möller y Emma no habían querido hablar de trabajo ahora que, para variar, estaban en casa de Emma.
No había helado, pero sí comida china descongelada que Emma había preparado una semana antes.
Los documentos del caso en curso estaban esparcidos por toda la mesa. La voluminosa impresora láser también ocupaba bastante espacio.
La nieve acumulada en las ventanas con cuarterones se derretía lentamente, mientras que dentro se estaba calentito y a gusto.
—¿Ya estás otra vez dándole vueltas al caso? —preguntó de pronto Sabrina Möller.
Emma se sintió descubierta. —¿Tú no?
—Sí, pero para mí no es algo tan cercano. Tú y Alex estuvisteis en los escenarios de los crímenes. Yo no. ¿Cómo lo estás llevando?
—Mal.
—Eso es evidente. Me refiero a cómo lidias con ello.
—Busco respuestas a las preguntas de siempre. ¿Por qué hace alguien algo así? ¿Qué le ha ocurrido para que tenga que descargarlo con las mujeres? ¿De verdad ha tenido un pasado terrible o es simplemente malvado?
—En casos como estos, a mí también se me pasan siempre esas preguntas por la cabeza.
—Nunca das la impresión de que te afecte tanto.
—Como soy tan guapa, nadie se da cuenta.
—Sonriendo, le guiñó un ojo a Emma y logró arrancarle una pequeña sonrisa—.
Pero, entre nosotras... —Sabrina Möller se metió un rollito de primavera en la boca y continuó hablando mientras masticaba—, sé entregarme a otras cosas para que esa clase de pensamientos no me afecten tanto.
—¿Y cómo lo consigues? —Emma pinchó su pato a la pekinesa con el tenedor.
Sabrina Möller miró a Emma con expresión interrogante. —¿Lo dices en serio? Acabo de decir que soy guapa. No tengo una relación estable, pero eso no significa que pase todas las noches sola.
—¿Tienes hombres concretos para eso? —preguntó Emma, y acto seguido se mordió la lengua—. Perdona. No es asunto mío.
—Si no hubiera querido hablar de ello contigo, no habría sacado el tema.
Emma sonrió; la franqueza de su compañera bastó para hacerla sentir un poco mejor.
—No me interesan los hombres —dijo por fin Sabrina, lo cual sorprendió a Emma. Nunca había oído que fuera lesbiana.
—¿Paul lo sabe?
—Claro. —Sonó tan natural que, solo con aquella palabra de su compañera, Paul Klose subió aún más en la estima de Emma.
Sonó el timbre y Emma miró el reloj. Las nueve. En punto. Entonces un sobresalto recorrió a Emma. —¿Qué día es hoy?
—Miércoles —dijo Sabrina Möller, con expresión de total desconcierto.
El primer miércoles de febrero. Emma quedaba con sus mejores amigas, Lisa y Nina, el primer miércoles de cada mes.
Las tres lo hacían desde sus tiempos de estudiantes, cuando todavía había fiestas universitarias los miércoles.
Y, como se le había vuelto a olvidar, ahora estaban ante la puerta.
No era la primera vez y sin duda tampoco sería la última.
Emma se levantó y fue al recibidor. Se detuvo en el umbral del salón. —Espero que no te importen las visitas inesperadas.
—¿Quieres que me vaya?
—No digas tonterías. Te van a encantar. Y tú a ellas también.
—¿Ah, sí?
Emma se acercó a la puerta y abrió a sus dos amigas. Y, como siempre, Lisa ya estaba achispada, mientras que Nina era quien aguardaba delante de ella con una bolsa llena de comida china.
—Te has vuelto a olvidar —dijo Nina, poniéndole el recibo en la mano.
—Este acuerdo va a arruinarme.
—Esas son las reglas —dijo Nina mientras pasaba a su lado y entraba en el piso. Quien cancelara u olvidara la cita tenía que pagar.
—Deberíamos volver a hablar de eso —dijo Emma mientras Lisa se escurría a su lado y le plantaba un beso en la mejilla. Emma sonrió y supo ya casi con total certeza que Lisa estaba bastante más que un poco achispada.
En el salón, Emma presentó a las mujeres.
—¿Ya habéis comido? —preguntó Nina, con un tono algo decepcionado.
—Lo siento —dijo Emma—. Seguíamos trabajando en el caso, nos entró hambre y una cosa llevó a la otra.
—No pasa nada —dijo Nina, divertida—. Solo falta que digas: «Cariño, no es lo que parece».
Como si fuera lo más natural del mundo, Lisa se dejó caer en el sofá y distribuyó la comida por el centro de la pequeña mesa.