Capítulo 13
Isabell vom Hofe había dado luz verde a los dos inspectores.
Eso significaba que podían hablar con Cilian Seifert, el novio de la fallecida, en la furgoneta.
Alex sentía lástima por él. Si hubiera necesitado una imagen de un mundo destruido, le habría bastado con mirarlo.
Los tres se sentaron a la pequeña mesa. Isabell había ocupado el asiento del acompañante y escuchaba la conversación, dispuesta a intervenir si aquello se volvía demasiado duro para él.
En el espejo retrovisor, Alex veía sus ojos verdes, clavados con atención en el hombre afligido.
—Sentimos mucho lo ocurrido —dijo Emma con dulzura—. Sabemos lo difícil que debe de ser esto para usted. ¿Se siente capaz de responder a unas preguntas?
Él no dijo nada; se limitó a seguir mirando fijamente la mesita.
Sin duda, sus pensamientos seguían anclados en lo que había visto en el dormitorio.
Asimilar una conmoción semejante no era fácil, nunca lo era.
No estaba claro si podrían averiguar algo por medio de él en un futuro próximo.
Algunas personas que pasaban por algo así nunca llegaban a recuperarse.
—¿Señor Seifert? —Emma se dirigió a él con cautela.
—¿Sí? —Alzó la vista hacia ellos con el ceño fruncido, como si le doliera la cabeza.
—¿Se siente capaz de responder a nuestras preguntas?
—Sí —se apresuró a contestar, cerrando los ojos con fuerza durante un instante—. Sí —repitió con mayor firmeza.
—Gracias —dijo Emma.
Alex sacó despacio la punta de su bolígrafo para no sobresaltar al vulnerable joven.
—¿Cuánto tiempo llevaban juntos Greta Schumacher y usted? —comenzó Emma.
—Dentro de tres semanas habríamos cumplido dos años —respondió—. Teníamos pensado irnos a vivir juntos pronto.
—¿Habían ido ya a ver algún piso? —preguntó Emma con interés, tratando de alejar sus pensamientos tanto como fuera posible de lo ocurrido aquel día. Era una práctica habitual que solía dar resultado.
—Ella iba a mudarse conmigo.
—¿Y dónde vive exactamente?
—En Senne.
—Un barrio tranquilo —dijo Emma.
—Sí —se limitó a decir—. Mi piso es lo bastante grande. Al menos para los dos. Al principio.
—¿Tenían algún otro plan? —intervino entonces Alex.
—Sí. Queríamos el lote completo. Casarnos el año que viene y después tener hijos.
—¿Estaban prometidos? —preguntó Alex.
—Desde hacía cuatro meses.
—Lo siento —dijo Alex.
—¿Trabajan en el mismo colegio? —preguntó Emma tras un momento de silencio.
—Sí. Nos conocimos allí. Yo siempre había dicho que nunca quería enamorarme de una mujer con la que trabajara. Pero a veces las cosas salen de manera distinta a como uno las había planeado. —Volvió a sumirse en la rígida inmovilidad de la que apenas acababa de salir.
—¿Qué relación tenía su novia con sus compañeros y sus superiores? —preguntó Emma.
—Buena. Muy buena, de hecho. Era muy querida y una profesora entregada.
—Entonces debían de gustarle los niños —comentó Alex.
Una leve sonrisa apareció en el rostro de Cilian Seifert. —Todos iban detrás de ella. Incluso le hacían regalos a mano o dibujos.
—¿Guardaba los dibujos en algún sitio? —preguntó Emma.
—Vació un armario de su despacho expresamente para guardarlos. Allí hay cajas enteras llenas de dibujos.
—¿Había últimamente alguien que a su prometida le resultase extraño? ¿Alguien que quizá la acosara o la siguiera, o con quien hubiera tenido aunque solo fuera una discusión?
—No.
—¿Le importaría que echáramos un vistazo al armario?
—preguntó Emma, pues no quería abrumarlo de momento con más preguntas.
Su expresión era ya casi por completo apática, aunque respondía con frases completas.
Sin embargo, la experiencia le decía que aquello no duraría mucho más—.
¿Al armario de los regalos de los niños? —aclaró Emma.
—¿Basta con que les diga dónde está? —preguntó casi presa del pánico, lo que no hizo sino confirmar la convicción de Emma de que debía pasar ya por el procedimiento habitual con los servicios psicológicos antes de que le hicieran más preguntas.