El asesino de la almohada (Bajetzky y Kuper 6) Capítulo 14
25%

Capítulo 14

En el despacho de Greta Schumacher, que en realidad no era mucho más que un cuarto de almacenamiento reconvertido y algo más digno que los demás, Emma y Alex disponían del espacio justo para no estorbarse.

Emma había extendido sobre el escritorio que tenía a su espalda los dibujos que habían encontrado en el armario.

Alex estaba de pie frente a ella y daba la vuelta una y otra vez a los dibujos para poder mirarlos antes de volver a colocarlos en el otro sentido para Emma.

—De momento, no hay nada ni remotamente tan inquietante como los otros —observó Emma mientras miraba el siguiente dibujo.

En él aparecían tres niñas jugando juntas a la comba.

Una flecha señalaba a la figura del centro, que era una cabeza más alta que las dos niñas que hacían girar la cuerda.

Encima de la flecha ponía: Seño Shumaker.

Probablemente fuera el dibujo de un niño de primero.

—Tampoco creo que vayamos a encontrar aquí nada parecido.

—Todos los dibujos muestran escenas alegres. Y, aunque hubiera recibido alguno que pudiera dar una impresión distinta, desde luego no lo habría guardado entre todos estos.

—Es verdad. Probablemente habría hablado con los padres y les habría entregado el dibujo.

—Yo también lo creo.

—Entonces, ¿qué hacemos aquí? —Dejó caer el dibujo que sostenía sobre el montón de los que ya habían revisado y la miró.

Emma le sostuvo la mirada. —¿Quizá por la letra?

—¿La letra de quién? Anna-Lea Hamann hizo ella misma el dibujo, y podemos suponer que ocurrió lo mismo con el de Greta Schumacher.

—Quizá aun así haya alguna semejanza. Tal vez nuestro autor tenga un hijo que estudió en su colegio o que todavía estudie allí.

—Entonces el autor tendría que haberlo dibujado él mismo. Dudo que animara a su hijo a hacer dibujos así.

—Lo sé. —Emma se apoyó en la mesa y respiró hondo.

—Entiendo que tengamos que hacer esto para poder dejar constancia en el informe de que no encontramos ninguna relación. Pero quizá deberíamos confiscar estos dibujos y entregárselos a algún experto en arte o algo así.

—Pues no es mala idea. Tal vez pueda relacionar alguno de los dibujos con los de las víctimas. Alguna semejanza en la perspectiva o la expresión. Algo que nosotros no sepamos reconocer a simple vista.

—¿Conoces a alguien así? —preguntó Alex.

—¿Has oído hablar de aquella sargento detective de Colonia? ¿La que pertenece a una familia de artistas?

—¿No fue ella la que llevó hace poco aquel caso en el que encontró innumerables cadáveres de mujeres en algún lugar a las afueras de Colonia? Aquel asesino en serie, Robert Paulus, que asesinó a mujeres durante décadas sin que nadie lo molestara.

—Esa misma —confirmó Emma—. Fue un caso realmente interesante. Leí muchísimo sobre él. No me sorprendería que pronto se publicara bibliografía especializada oficial al respecto.

—¿Y crees que puede ayudarnos?

—Ella sí, o alguno de sus contactos en el mundo del arte.

—No es mala idea —admitió Alex—. ¿Cómo se llamaba? No lo recuerdo.

—Katharina Winkler.