Chapter 12
El mundo sin dioses
Durante los primeros meses después de la desaparición del noveno, el mundo no supo que la guerra había terminado.
No hubo una señal visible que pudiera ser interpretada por los pueblos como el final de una era.
Los templos no se derrumbaron, las montañas no se partieron, los océanos no se retiraron y el cielo no anunció ninguna nueva época.
El universo simplemente continuó. El sol apareció cada mañana con la misma indiferencia con la que había aparecido durante miles de años, las estaciones comenzaron a sucederse sin recibir órdenes de ninguna conciencia superior y los seres humanos siguieron naciendo, creciendo, amando, sufriendo y muriendo sin que ninguna presencia invisible exigiera que aquellas experiencias significaran algo concreto.
Al principio, esa normalidad produjo más miedo que tranquilidad.
Las civilizaciones habían vivido durante generaciones bajo la certeza de que detrás de cada acontecimiento existía una voluntad.
Una cosecha abundante tenía una causa divina, una enfermedad era interpretada como castigo o prueba, una guerra podía convertirse en una consecuencia de la voluntad de una deidad, y la muerte siempre parecía formar parte de un orden superior.
Ahora ese orden había desaparecido. El mundo seguía funcionando, pero nadie sabía quién lo estaba sosteniendo.
Ivarn recorrió durante años las regiones que habían sido afectadas por la guerra.
No buscaba templos ni ruinas sagradas. No buscaba rastros de los dioses muertos.
Buscaba las consecuencias. En Arkenia, las campanas que habían permanecido silenciosas desde la muerte de Vaelora fueron finalmente desmontadas.
Los habitantes habían descubierto que no necesitaban que un dios les concediera permiso para celebrar el nacimiento de un niño.
En las costas del antiguo dominio oceánico, los navegantes habían aprendido a estudiar las corrientes sin atribuirles intención.
Damar seguía reconstruyéndose lentamente, y los arquitectos habían comenzado a diseñar edificios sin confiar en ninguna fuerza divina que garantizara su estabilidad.
En el antiguo Territorio Quieto, los habitantes habían creado nuevos sistemas para medir el paso de las horas después de comprender que el tiempo no necesitaba un custodio.
La materia continuaba transformándose por sus propias leyes.
El espacio había recuperado gradualmente su coherencia.
Y las mentes humanas habían vuelto a separarse unas de otras, aunque algunos individuos conservaban una sensibilidad extraña hacia los pensamientos ajenos, como una cicatriz invisible dejada por el quinto dios.
Pero no todo había desaparecido.
Los dioses muertos habían dejado consecuencias más profundas que sus cuerpos.
En algunos lugares nacían niños capaces de percibir alteraciones mínimas en la distancia.
Otros podían experimentar segundos de una manera extraña, como si determinados momentos adquirieran una densidad diferente.
Algunos soñaban con océanos que no habían visto jamás.
Otros podían reconocer estructuras minerales bajo tierra sin haberlas estudiado.
Eran pequeñas anomalías, restos de una arquitectura divina que había formado parte del mundo durante tanto tiempo que su desaparición no podía eliminarse por completo.
Ivarn comprendió que aquello era inevitable.
Las divinidades habían existido durante miles de años.
No podían desaparecer sin dejar huellas.
El problema era que algunas personas comenzaron a interpretar aquellas huellas como señales de un regreso.
Los primeros cultos aparecieron en lugares pequeños, lejos de las grandes ciudades.
No adoraban a los dioses antiguos exactamente.
Adoraban sus restos. Una comunidad comenzó a venerar una montaña porque sus habitantes creían que contenía una parte del antiguo dios de la materia.
Otra construyó un santuario junto a un río que cambiaba de curso y empezó a considerarlo una manifestación del dios del océano.
En una región montañosa, un grupo de sacerdotes afirmó que ciertas personas podían recibir mensajes del antiguo dios del tiempo porque sus sueños contenían imágenes de acontecimientos futuros.
La humanidad estaba reconstruyendo a los dioses.
Ivarn lo observó durante mucho tiempo antes de intervenir.
No podía destruir cada templo.
No podía perseguir cada culto.
No podía obligar a millones de personas a abandonar sus creencias.
Si lo hacía, estaría repitiendo exactamente el sistema que había intentado destruir.
La libertad que había creado incluía también la posibilidad de equivocarse.
Así que continuó caminando.
Hasta que encontró a una niña sentada junto a las ruinas de un templo.
La niña no rezaba.
Tampoco adoraba los restos.
Simplemente observaba una piedra que había formado parte del antiguo altar.
Ivarn se detuvo a cierta distancia.
La niña levantó la piedra y la dejó caer.
El objeto se partió.
Dentro no había luz.
No había sangre.
No había energía divina.
Solo piedra.
La niña volvió a observarla durante unos segundos y después se marchó.
Ivarn comprendió que aquella escena insignificante contenía algo que los antiguos dioses nunca habían podido entender.
Una cosa podía ser importante sin ser sagrada.
Una piedra podía ser solo una piedra.
Y aun así podía tener valor.
Ivarn continuó caminando.
Durante mucho tiempo creyó que aquella sería la última gran lección de su existencia.
No lo fue.
Porque aproximadamente veinte años después de la desaparición del noveno, comenzaron a aparecer lugares donde las leyes normales de la realidad no habían regresado completamente.
Eran regiones pequeñas.
Un valle donde todos los objetos pesaban exactamente lo mismo.
Una costa donde el horizonte permanecía siempre a la misma distancia.
Una ciudad en la que los relojes funcionaban correctamente, pero nadie envejecía.
Un bosque donde cada árbol producía la misma hoja.
Una llanura donde los sonidos podían permanecer suspendidos durante horas antes de desaparecer.
Al principio los científicos de las nuevas sociedades consideraron aquellas anomalías como residuos naturales de la antigua estructura divina.
Pero entonces apareció algo diferente.
Una región en la que ninguna persona podía mentir.
No porque existiera una fuerza que castigara la mentira.
La mentira simplemente no podía formarse en la mente.
Cada pensamiento destinado a ocultar una verdad se deshacía antes de convertirse en una intención.
Aquello preocupó a Ivarn.
Porque aquella anomalía no pertenecía a ninguno de los ocho dioses.
Tampoco pertenecía al noveno.
Era nueva.
Había nacido después.
Y si había nacido después de la desaparición de las divinidades, significaba que el universo estaba generando nuevas estructuras por sí mismo.
Ivarn llegó hasta aquella región meses más tarde.
Encontró una ciudad pequeña rodeada por campos.
Las personas que vivían allí parecían normales.
Trabajaban.
Comían.
Dormían.
Construían familias.
Pero ninguna podía ocultar lo que pensaba.
La sociedad había desarrollado una transparencia absoluta.
No existía privacidad mental.
No existían secretos.
No existía manipulación.
Al principio aquello parecía una utopía.
Después comenzaron los problemas.
Las personas descubrieron que conocer todas las verdades no hacía que las relaciones fueran mejores.
La sinceridad podía ser cruel.
El conocimiento podía destruir.
La ausencia de secretos podía convertirse en una forma de violencia.
Ivarn comprendió que la humanidad estaba enfrentándose ahora a un problema que los dioses nunca habían permitido que apareciera.
La responsabilidad.
Cuando los dioses gobernaban, los seres humanos podían atribuirles las consecuencias de sus decisiones.
Ahora no.
Si una persona hacía daño a otra, no podía afirmar que había sido voluntad divina.
Si una sociedad destruía una región, no podía culpar a una deidad.
Si un gobernante provocaba una guerra, no podía esconderse detrás de una profecía.
El mundo sin dioses había devuelto a los seres humanos algo mucho más pesado que la libertad.
Les había devuelto la responsabilidad completa de existir.
Ivarn observó aquella ciudad durante semanas.
No intervino.
Comprendió que la humanidad debía aprender aquella lección por sí misma.
Sin embargo, antes de marcharse, encontró algo que no debería haber estado allí.
En el centro de la ciudad existía una estructura de piedra completamente negra.
No era un templo.
No tenía símbolos.
No parecía antigua.
Era nueva.
Demasiado nueva.
Ivarn la tocó.
La piedra estaba caliente.
Dentro de ella percibió una conciencia.
Pequeña.
Débil.
Pero existente.
Ivarn retiró la mano.
La conciencia no pertenecía a ningún dios antiguo.
No pertenecía al quinto.
No pertenecía al séptimo.
No pertenecía al octavo.
Y tampoco era el noveno.
Era algo que había nacido de la humanidad después de la desaparición de los dioses.
Una entidad creada no por la fe.
No por el miedo.
No por la necesidad.
Por las decisiones.
Ivarn comprendió entonces que había cometido una última equivocación.
Había pensado que eliminar a los dioses liberaría definitivamente a la humanidad.
Pero los dioses nunca habían sido la causa original del problema.
Eran un síntoma.
Los seres conscientes tenían una tendencia inevitable a convertir aquello que no comprendían en algo que pudiera responderles.
Mientras existiera humanidad, existiría la posibilidad de crear nuevas entidades.
No porque los dioses regresaran.
Porque los seres humanos seguían necesitando convertir sus preguntas en presencias.
Ivarn apoyó la mano sobre la piedra negra.
La conciencia respondió.
Y por primera vez desde el final de la guerra, Ivarn sintió algo que no había sentido frente a ninguno de los nueve.
No sintió miedo.
Sintió responsabilidad.
Aquella nueva entidad no era enemiga.
Todavía no.
Era un nacimiento.
Y como todo nacimiento, podía convertirse en cualquier cosa.
Ivarn retiró la mano.
Después abandonó la ciudad.
No destruyó la piedra.
No podía hacerlo.
Si la destruía, estaría decidiendo por la humanidad qué podía y qué no podía existir.
Y esa era precisamente la clase de poder que había pasado toda su existencia intentando eliminar.
Siguió caminando.
Pero esta vez no caminó solo.
Desde algún lugar muy lejano, una segunda conciencia comenzó a despertar.
Después una tercera.
Luego una cuarta.
No eran dioses.
Todavía no.
Eran ideas adquiriendo forma.
La humanidad había aprendido a vivir sin dioses.
Ahora debía aprender a vivir con aquello que podía crear.
Y Ivarn comprendió que su verdadera historia no había terminado con la muerte del último dios.
Acababa de comenzar.