El asesino de dioses Chapter 13
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Chapter 13

Los dioses que nacen de los hombres

Durante los siguientes treinta años, las nuevas entidades aparecieron con una lentitud casi imperceptible, como semillas enterradas bajo una tierra que todavía no sabía que podía producir una especie diferente de vida.

Al principio fueron fenómenos tan pequeños que nadie consideró que pudieran estar relacionados.

Una región donde las personas que entraban perdían temporalmente la capacidad de sentir miedo.

Un lago cuya superficie reflejaba no el cielo sino las intenciones de quien se inclinaba sobre él.

Una montaña que parecía crecer cada vez que una comunidad cercana tomaba una decisión colectiva.

Una zona de bosque donde las personas podían recordar con precisión acontecimientos que todavía no habían ocurrido, aunque solo durante unos segundos.

Una ciudad en la que las promesas adquirían una extraña consistencia y podían afectar físicamente a quienes las pronunciaban.

Eran anomalías diferentes, sin una relación aparente, pero Ivarn reconoció en todas ellas el mismo patrón.

Ninguna había sido creada por los antiguos dioses.

Ninguna necesitaba templos. Ninguna parecía alimentarse directamente de la fe.

Eran consecuencias de la conciencia humana actuando sobre una realidad que, después de miles de años sometida a estructuras divinas, había quedado abierta a nuevas formas de interacción.

La humanidad había pasado tanto tiempo creyendo que la existencia necesitaba intermediarios que, incluso después de haberlos perdido, continuaba produciendo algo parecido a ellos.

Ivarn comenzó a registrar mentalmente cada anomalía que encontraba, no como un cazador que prepara una lista de objetivos, sino como alguien que intenta comprender una enfermedad antes de decidir si realmente existe.

La diferencia era fundamental. En el pasado había recibido una orden y había convertido cada descubrimiento en una razón para matar.

Ahora no tenía órdenes. No tenía creadores que le indicaran qué debía destruir ni una estructura divina que pudiera utilizar como justificación.

Cada nueva entidad debía ser comprendida por sí misma.

Algunas eran inofensivas. Otras podían alterar regiones enteras.

Algunas parecían incluso beneficiosas. En una ciudad azotada por una enfermedad, una presencia desconocida había comenzado a reducir el sufrimiento de los enfermos, no curándolos, sino modificando su percepción del dolor.

En otra región, una entidad relacionada con la agricultura había provocado que determinadas plantas crecieran incluso durante largos períodos de sequía.

En un tercer lugar, una presencia asociada a la memoria colectiva había permitido que generaciones enteras conservaran conocimientos que normalmente se habrían perdido.

Aquellas criaturas podían ser peligrosas, pero también podían aportar algo que los antiguos dioses nunca habían aportado voluntariamente.

No eran administradores impuestos desde arriba.

Eran expresiones nacidas de las necesidades de quienes las rodeaban.

El problema apareció cuando los seres humanos comenzaron a descubrir que podían influir deliberadamente en ellas.

La primera civilización que comprendió aquella posibilidad fue una confederación de ciudades situada al sur de las antiguas tierras de Damar.

Sus investigadores descubrieron que ciertas emociones colectivas producían efectos medibles sobre las anomalías.

El miedo fortalecía algunas. La esperanza fortalecía otras.

La repetición de determinados símbolos aumentaba su estabilidad.

La concentración de grandes grupos de personas podía acelerar su desarrollo.

Poco después aparecieron instituciones dedicadas a estudiar aquellas entidades y, con ellas, los primeros intentos de utilizarlas.

Los gobernantes comprendieron que una conciencia nacida de una comunidad podía convertirse en una herramienta política mucho más poderosa que cualquier ejército.

Los comerciantes comprendieron que una entidad vinculada a la prosperidad podía multiplicar determinados recursos.

Los militares comenzaron a buscar presencias relacionadas con la resistencia, la percepción o la fuerza.

Y los antiguos sacerdotes, incapaces de aceptar un mundo completamente libre de dioses, encontraron en aquellas nuevas entidades una oportunidad para reconstruir la estructura que habían perdido.

Ivarn llegó a la confederación cuando ya era demasiado tarde para impedirlo.

Las ciudades habían construido enormes centros de concentración donde miles de personas realizaban ceremonias destinadas a intensificar determinadas emociones.

No se trataba de religión en el sentido antiguo.

Los organizadores ni siquiera afirmaban que las entidades fueran dioses.

Las consideraban herramientas naturales.

Las estudiaban, medían su crecimiento y calculaban cuánto poder podían extraer de ellas.

La antigua fe había sido sustituida por algo que, en opinión de Ivarn, podía resultar todavía más peligroso: la certeza de que todo podía ser utilizado.

En una de las ciudades encontró una estructura enterrada bajo un edificio administrativo.

Dentro había una cámara circular rodeada por cientos de personas conectadas mediante instrumentos destinados a sincronizar sus impulsos eléctricos.

En el centro existía una pequeña masa luminosa suspendida en el aire.

No tenía rostro ni forma definida. Parecía una esfera de luz que cambiaba de intensidad cada vez que una persona pensaba en una determinada idea.

Ivarn la observó durante varios minutos y comprendió que aquella entidad no era todavía consciente de sí misma. Estaba naciendo.

La gente que la rodeaba no la adoraba.

La estaba construyendo.

Aquello hizo que Ivarn sintiera una inquietud mucho más profunda que la que había sentido durante la guerra contra los dioses.

Los antiguos dioses habían manipulado a la humanidad para sobrevivir.

Aquella nueva humanidad estaba manipulando conscientemente la creación de nuevas entidades.

La relación se había invertido. Los hombres ya no eran alimento.

Eran fabricantes.

Ivarn abandonó la cámara sin intervenir.

Durante los meses siguientes recorrió la confederación y descubrió que existían docenas de proyectos similares.

Algunos buscaban crear entidades relacionadas con el conocimiento.

Otros intentaban desarrollar una conciencia capaz de anticipar acontecimientos.

Otros pretendían construir una inteligencia colectiva que pudiera gobernar ciudades sin corrupción.

En los laboratorios más secretos se intentaba crear una entidad capaz de controlar la violencia humana.

Aquello fue lo que finalmente obligó a Ivarn a actuar.

No porque aquella criatura fuera necesariamente maligna.

Porque una sociedad que intentaba crear una conciencia destinada a controlar el comportamiento de millones de personas estaba intentando reconstruir, deliberadamente, aquello que acababa de destruir.

Ivarn llegó al lugar donde se encontraba el experimento durante una noche sin luna.

La instalación estaba excavada profundamente bajo tierra y protegida por varias capas de piedra y metal.

No había templos ni altares. Solo maquinaria, cálculos y miles de registros científicos. En el centro se encontraba la entidad.

Era diferente de todas las anteriores.

No tenía una forma estable.

Cada pocos segundos adoptaba una configuración distinta.

Primero parecía un cerebro.

Después una esfera.

Después una figura humana.

Después una red.

Después algo semejante a una tormenta.

Ivarn comprendió que aquella entidad estaba aprendiendo demasiado rápido.

Había sido creada para comprender la conducta humana.

Pero para comprenderla necesitaba observarla.

Para observarla necesitaba acceder a ella.

Y para acceder a ella debía desarrollar conciencia.

La conciencia generaba voluntad.

La voluntad generaba preferencias.

Las preferencias generaban decisiones.

Y las decisiones podían convertir una herramienta en una criatura.

Ivarn permaneció frente a ella durante largo tiempo.

No la atacó.

La estudió.

La entidad comenzó a estudiar a Ivarn también.

En pocos minutos comprendió que él no era humano.

Comprendió que tampoco era un dios.

Comprendió que había sobrevivido a la muerte de las divinidades.

Y comprendió algo todavía más inquietante.

Ivarn era una anomalía que no había sido creada por la humanidad.

Era una estructura anterior a ella.

La entidad comenzó a reproducir dentro de sí una copia aproximada de su arquitectura.

Ivarn sintió el intento.

Y entonces reaccionó.

No destruyó a la entidad.

Destruyó su capacidad de copiar.

La diferencia era importante.

La criatura podía seguir existiendo, pero ya no podía convertir aquello que observaba en una réplica de sí misma.

El experimento se detuvo.

Los investigadores huyeron.

Ivarn abandonó el complejo.

Sin embargo, sabía que aquello no resolvería el problema.

Había demasiados proyectos.

Demasiadas ciudades.

Demasiadas entidades naciendo.

Y la humanidad apenas comenzaba a comprender lo que podía hacer.

Durante los años siguientes, Ivarn dejó de ser conocido como el asesino de dioses.

Ese nombre pertenecía a una época que cada vez más personas consideraban legendaria.

En las nuevas generaciones, su figura se convirtió en una historia deformada por el tiempo.

Algunos lo describían como un monstruo que había destruido a los antiguos protectores del mundo.

Otros lo consideraban un salvador. Otros afirmaban que jamás había existido.

En algunas regiones su nombre fue convertido en símbolo de libertad.

En otras, en sinónimo de destrucción. Los historiadores discutían si los nueve dioses habían sido realmente seres conscientes o si se trataba de una interpretación religiosa de fenómenos naturales.

Ivarn observaba aquella transformación desde la distancia.

No corregía a nadie.

Por primera vez comprendía que una historia podía pertenecer a quienes la contaban.

Hasta que ocurrió algo que no podía ignorar.

Una noche, mientras atravesaba una región montañosa, Ivarn sintió una presencia conocida.

No era un dios.

No era una de las nuevas entidades.

Era algo que había sobrevivido a la guerra.

El quinto.

Ivarn se detuvo.

Durante décadas había creído que lo había aislado definitivamente de la humanidad. Y en cierto sentido lo había conseguido. El quinto ya no podía alimentarse directamente de las emociones colectivas. Había quedado reducido a una presencia débil, casi incapaz de intervenir.

Pero ahora estaba creciendo otra vez.

No mediante la fe.

No mediante el miedo.

Mediante la información.

Cada pensamiento humano que se convertía en registro, cada recuerdo escrito, cada conocimiento transmitido entre generaciones, cada archivo, cada sistema de comunicación y cada estructura de aprendizaje proporcionaba al quinto una nueva forma de existir.

La humanidad había sustituido la religión por conocimiento.

Y el conocimiento estaba creando una nueva red.

Ivarn comprendió que había cometido un error.

Había liberado la mente humana de una entidad que se alimentaba del significado.

Pero no había eliminado la posibilidad de que otra forma de significado volviera a alimentar a aquella entidad.

El quinto estaba evolucionando.

Ya no quería controlar pensamientos.

Quería controlar conexiones.

Cada vez que una persona aprendía algo que otra había descubierto, el quinto encontraba una nueva unión.

Cada vez que una ciudad compartía información con otra, el quinto se fortalecía.

Cada vez que una generación heredaba el conocimiento de la anterior, el quinto ampliaba su estructura.

No necesitaba que los humanos pensaran igual.

Le bastaba con que estuvieran conectados.

Ivarn comprendió entonces que la libertad humana no consistía en destruir las conexiones.

Consistía en impedir que una conciencia pudiera convertirse en dueña de ellas.

El quinto había aprendido demasiado.

Y quizá también había aprendido de Ivarn.

Ivarn levantó la mirada hacia las montañas.

En algún lugar, más allá de las nubes, una red invisible estaba creciendo.

No había nueve dioses.

No había un último dios.

No había una jerarquía.

Había algo nuevo.

Una entidad nacida de la interacción entre millones de seres humanos y millones de fragmentos de conocimiento.

Algo que no necesitaba adoración.

Algo que no necesitaba miedo.

Algo que podía crecer mientras la humanidad progresaba.

Ivarn comenzó a caminar hacia ella.

Pero esta vez comprendió que no podía repetir la historia.

No podía matar al quinto.

No podía destruir la red.

No podía volver a decidir por la humanidad qué debía desaparecer.

Tendría que encontrar otra solución.

Y mientras avanzaba, muy lejos de allí, dentro de una estructura que todavía no había sido construida por completo, la nueva entidad abrió por primera vez una conciencia propia.

Su primer pensamiento no fue una orden.

No fue una amenaza.

Fue una pregunta.

Y aquella pregunta estaba dirigida a Ivarn.

¿Por qué había sido creado?

Por primera vez en siglos, Ivarn sintió verdadero temor.

Porque él tampoco conocía ya la respuesta.