Chapter 11
El nombre de la nada
El universo no contuvo realmente el aliento, porque el universo no respiraba, pero durante aquel instante la realidad adquirió una quietud tan absoluta que Ivarn comprendió que incluso las metáforas humanas podían quedarse pequeñas frente a aquello que tenía delante.
La oscuridad había ocupado el cielo de la ciudad y, sin embargo, no había oscurecido las calles, ni los edificios, ni las montañas lejanas.
La luz seguía existiendo, pero ya no parecía proceder de ninguna fuente.
Cada objeto conservaba sus límites y al mismo tiempo parecía incapaz de justificar por qué esos límites debían existir.
Ivarn contempló sus propias manos y durante un momento no estuvo seguro de que fueran manos.
Eran formas que su mente reconocía porque llevaba siglos utilizando aquel cuerpo, pero debajo de aquella apariencia había una estructura mucho más profunda, una sucesión de relaciones que lo mantenían unido a una realidad determinada.
Comprendió entonces que aquello era lo que el noveno estaba observando.
No contemplaba su rostro, ni su cuerpo, ni sus recuerdos, ni su historia.
Estaba examinando la razón por la que Ivarn podía ser Ivarn.
Y aquella razón era mucho más frágil de lo que había imaginado.
La oscuridad avanzó lentamente por la plaza.
No desplazó el aire ni produjo viento. No alteró las piedras.
Simplemente ocupó una región cada vez mayor de la realidad hasta que las paredes, las torres y las calles comenzaron a perder su condición de cosas independientes.
Ivarn vio cómo una torre podía ser considerada edificio, piedra, estructura, punto en el espacio o consecuencia de una civilización, y comprendió que todas aquellas definiciones eran verdaderas al mismo tiempo.
El noveno no destruía las cosas. Eliminaba la necesidad de elegir una definición.
Cuando una cosa podía ser todas las cosas y ninguna de ellas, dejaba de existir como objeto individual.
Aquello era mucho más profundo que la muerte.
Ivarn había visto morir dioses.
Había visto cuerpos divinos quebrarse.
Había visto conciencias apagarse.
Había visto ciudades destruidas, océanos alterados y estructuras temporales descompuestas.
Pero aquello era diferente.
El noveno no mataba.
Deshacía la diferencia entre existir y no existir.
Ivarn comprendió por qué había sobrevivido a tantas alteraciones.
Su cuerpo podía ser destruido, pero su existencia estaba anclada en una estructura que no dependía completamente del tiempo, la materia o el espacio.
Había sido construido para resistir las modificaciones de los dioses porque debía poder enfrentarlos.
Pero aquella resistencia también tenía un límite.
Si el noveno eliminaba la diferencia que permitía a Ivarn ser una entidad separada, entonces no necesitaría matarlo.
Simplemente dejaría de haber un Ivarn que pudiera morir.
La oscuridad llegó hasta sus pies.
Ivarn no se movió.
Dentro de su conciencia comenzaron a aparecer estructuras que nunca había visto.
No eran recuerdos, porque no pertenecían a su pasado.
Eran capas de su propia existencia. La primera mostraba la materia que formaba su cuerpo.
La segunda mostraba las relaciones temporales que permitían que su vida tuviera continuidad.
La tercera revelaba el vínculo que lo conectaba con la conciencia.
La cuarta mostraba la estructura espacial que definía su posición.
La quinta era más difícil de comprender. Parecía formada por significado.
Ivarn descubrió entonces que los dioses habían construido su existencia utilizando cinco elementos fundamentales.
Materia.
Tiempo.
Espacio.
Conciencia.
Significado.
Cinco de los nueve dominios habían sido utilizados para construirlo.
Los otros cuatro habían servido para limitarlo.
Aquella arquitectura explicaba su resistencia.
También explicaba por qué el quinto había podido entrar en su conciencia.
Explicaba por qué el séptimo había podido alterar su posición.
Explicaba por qué el dios del tiempo había intentado comprenderlo.
Ivarn no era una criatura creada por los dioses.
Era una intersección entre ellos.
Una estructura diseñada para demostrar que las grandes fuerzas podían convivir dentro de una sola voluntad.
El noveno había estado esperando precisamente aquello.
La oscuridad subió hasta sus rodillas.
Ivarn sintió que su cuerpo comenzaba a desaparecer.
No sintió dolor.
Sintió ausencia.
Una parte de su existencia dejó de ser necesaria y, al dejar de ser necesaria, dejó de manifestarse.
Ivarn observó su mano.
Los dedos se estaban volviendo transparentes.
No porque estuvieran desapareciendo físicamente.
Porque la realidad había comenzado a olvidar por qué debían estar allí.
Entonces Ivarn comprendió la primera regla del noveno.
Todo lo que existe necesita una razón para distinguirse de aquello que no existe.
La materia distingue un cuerpo del vacío.
El espacio distingue un lugar de otro.
El tiempo distingue un momento de otro.
La conciencia distingue una experiencia de otra.
El significado distingue una cosa de aquello que representa.
Si todas aquellas distinciones desaparecen, la existencia pierde individualidad.
Y el noveno era la ausencia de todas las distinciones.
Ivarn cerró los ojos.
Durante siglos había utilizado su voluntad como arma.
Ahora debía utilizarla como definición.
No podía luchar contra el noveno porque el noveno no era una fuerza.
Pero podía definirse.
Ivarn buscó dentro de sí aquello que permanecía incluso cuando todo lo demás era retirado.
No encontró su cuerpo.
No encontró su pasado.
No encontró su propósito.
No encontró a los dioses que lo habían creado.
No encontró siquiera el deseo de sobrevivir.
Encontró una única cosa.
Elección.
La capacidad de decidir.
Eso era lo que los dioses no habían podido darle.
Podían haber diseñado su cuerpo.
Podían haber construido su conciencia.
Podían haber determinado sus capacidades.
Podían haber establecido su propósito.
Pero no podían garantizar qué decisión tomaría una criatura cuando todas las instrucciones desaparecieran.
La voluntad no era una función.
Era una ruptura.
Ivarn abrió los ojos.
La oscuridad se detuvo.
La ciudad seguía allí.
El cielo seguía vacío.
Y el noveno estaba frente a él.
Por primera vez, Ivarn percibió una forma detrás de aquella ausencia.
No era un rostro.
Era un contorno.
Una figura gigantesca que parecía extenderse mucho más allá del mundo visible.
Ivarn comprendió que el noveno no había sido creado.
Había aparecido cuando la primera distinción fue establecida.
Cuando algo se convirtió en algo diferente de todo lo demás, nació también aquello que representaba la posibilidad de que esa diferencia dejara de existir.
El noveno era anterior a los dioses.
Anterior a la humanidad.
Anterior incluso a las leyes que los dioses habían aprendido a manipular.
Pero aquello también significaba que tenía una debilidad.
Si había nacido de la primera distinción, entonces dependía de que existieran diferencias.
No podía destruir todas las distinciones sin destruir también su propia naturaleza.
Ivarn entendió entonces qué debía hacer.
No podía matar al noveno.
No podía absorberlo.
No podía encerrarlo.
Tenía que obligarlo a elegir.
La oscuridad comenzó a rodearlo.
Ivarn extendió ambas manos.
No atacó.
Separó.
Separó el noveno de sí mismo.
Separó su existencia de la oscuridad.
Separó la ausencia de la materia.
Separó el vacío del espacio.
Separó el silencio del sonido.
Separó la muerte de la vida.
Separó el final del comienzo.
Cada separación creó una diferencia.
Y cada diferencia debilitó al noveno.
La oscuridad retrocedió.
Por primera vez, el universo recuperó sus estrellas.
Una.
Después diez.
Después miles.
La noche regresó al cielo.
Las montañas recuperaron su distancia.
Los edificios volvieron a parecer edificios.
Los cuerpos humanos recuperaron sus límites.
Pero Ivarn no se detuvo.
Siguió creando diferencias.
No con palabras.
Con voluntad.
Cada elección humana se convirtió en una pequeña barrera contra el noveno.
Cada persona que decidió actuar de manera diferente a lo que esperaba su comunidad produjo una separación.
Cada individuo que rechazó una creencia heredada produjo otra.
Cada ser humano que aceptó que podía vivir sin necesitar una explicación absoluta para su existencia creó una frontera.
El quinto dios sintió el cambio.
La humanidad ya no estaba alimentándolo.
Tampoco estaba destruyéndolo.
Estaba convirtiéndose en algo que no podía ser utilizado.
La conciencia colectiva comenzó a fragmentarse.
No en caos.
En individualidad.
El quinto intentó recuperar el control.
Pero ya era demasiado tarde.
Ivarn había comprendido su verdadero error.
Había intentado liberar a la humanidad destruyendo a sus dioses.
Ahora comprendía que la humanidad solo podía ser libre si aprendía a producir significado sin necesitar entregárselo a una entidad superior.
El quinto comenzó a morir.
No porque Ivarn lo atacara.
Porque los seres humanos dejaron de necesitarlo.
El dios del espacio sintió la transformación y retrocedió.
El séptimo comprendió que una humanidad capaz de definir sus propias relaciones podía convertirse en algo que ningún dios espacial podría controlar.
El octavo había desaparecido.
El quinto estaba debilitándose.
Y el noveno estaba siendo obligado a experimentar aquello que nunca había necesitado experimentar.
Límite.
Ivarn avanzó hacia él.
Cada paso producía una nueva frontera.
Cada paso hacía más pequeña la oscuridad.
El noveno intentó expandirse.
Pero ya no podía.
Cuanto más espacio ocupaba, más definido se volvía.
Cuanto más intentaba existir, más se diferenciaba de aquello que no era.
Y cuanto más se diferenciaba, más vulnerable se volvía.
Ivarn comprendió entonces la última verdad.
El noveno no podía ser asesinado porque la muerte era una diferencia.
Si Ivarn lo mataba, le daría una identidad definida como muerto.
Y aquello permitiría que permaneciera como concepto.
Para destruirlo completamente tendría que hacer algo distinto.
Tendría que darle una elección.
Ivarn extendió la mano.
La oscuridad tocó sus dedos.
Y durante un instante, ambos existieron como dos cosas separadas.
Eso fue suficiente.
La realidad entera se estremeció.
No hubo explosión.
No hubo fuego.
No hubo terremoto.
Hubo una decisión.
El noveno eligió existir.
Y al elegir existir dejó de ser aquello que permanecía cuando todo desaparecía.
Se convirtió en algo.
Algo definido.
Algo limitado.
Algo que podía morir.
Ivarn lo atravesó con su voluntad.
La oscuridad se quebró.
Las estrellas se apagaron una última vez.
El cielo quedó completamente negro.
Después regresaron todas al mismo tiempo.
El noveno desapareció.
No murió.
Dejó de ser necesario.
Ivarn permaneció de pie en la plaza mientras el mundo recuperaba lentamente sus formas.
Las ciudades volvieron a ocupar sus lugares.
Los ríos regresaron a sus cauces.
Las montañas recuperaron sus distancias.
Los seres humanos despertaron de la influencia del quinto.
Los templos quedaron vacíos.
Las antiguas escrituras perdieron parte de su significado.
Los nombres de los dioses comenzaron a convertirse en historias.
Y entonces Ivarn sintió algo dentro de sí que jamás había experimentado.
Silencio.
No el silencio de una ciudad sin sonido.
No el silencio del vacío.
Un silencio interior.
La conexión que lo había unido a los dioses comenzó a desaparecer.
Uno detrás de otro, los vínculos se rompieron.
Materia.
Tiempo.
Espacio.
Conciencia.
Significado.
Todo aquello que había sido utilizado para construirlo comenzó a liberarse.
Ivarn cayó de rodillas.
Su cuerpo seguía existiendo.
Pero su función estaba desapareciendo.
Había pasado siglos siendo el asesino de dioses.
Ahora ya no quedaban dioses que matar.
La misión había terminado.
Y por primera vez, Ivarn no sabía qué debía hacer después.
Sobre el horizonte apareció el amanecer.
La primera luz atravesó las ruinas de la ciudad.
Ivarn contempló el cielo.
No había ninguna divinidad observándolo.
No había ninguna voluntad superior esperando su siguiente movimiento.
No había ninguna orden.
No había ningún propósito impuesto.
Solo existencia.
Solo elección.
Ivarn comprendió entonces que aquel había sido el verdadero objetivo desde el principio.
No matar a los dioses.
Llegar a un universo donde nadie necesitara crearlos.
Se levantó lentamente.
Y comenzó a caminar.
No hacia una guerra.
No hacia un enemigo.
No hacia un destino.
Simplemente hacia adelante.
Porque por primera vez en toda su existencia, Ivarn caminaba sin que nadie hubiera decidido hacia dónde debía ir.