El asesino de dioses Chapter 10
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Chapter 10

Lo que queda cuando todo desaparece

Ivarn permaneció inmóvil mientras las últimas estrellas continuaban apagándose en el cielo, no porque hubieran dejado de existir, sino porque algo había comenzado a observarlas desde una profundidad para la que la palabra distancia ya no tenía significado.

La oscuridad no descendía sobre el mundo como una noche natural, sino que se formaba alrededor de determinados puntos, como si una inteligencia estuviera recorriendo el firmamento y cada lugar que contemplaba quedara temporalmente excluido de la realidad visible.

El fenómeno se extendió durante horas. Primero desaparecieron las constelaciones conocidas, después los planetas más lejanos, luego las lunas de mundos que ningún ser humano había visto jamás.

Los astrónomos de las grandes ciudades contemplaron cómo sus mapas celestes perdían significado, mientras los templos se llenaban de personas que buscaban explicaciones en escrituras antiguas, y en cada región del mundo comenzaron a surgir nuevas interpretaciones sobre aquello que estaba sucediendo.

Algunos creyeron que los dioses muertos estaban regresando.

Otros pensaron que el final había llegado.

Otros, guiados por la influencia del quinto, sintieron una esperanza repentina y comenzaron a creer que la oscuridad anunciaba una nueva era.

Ninguno comprendía que las estrellas no eran el objetivo.

Eran mediciones. El noveno estaba utilizando el universo como un instrumento para calcular las consecuencias de la existencia de Ivarn.

Ivarn lo comprendió cuando una de las estrellas volvió a encenderse durante un instante y proyectó sobre la superficie blanca una sombra que no correspondía a ninguna forma conocida.

La sombra no pertenecía a Ivarn, ni al octavo, ni a ninguna criatura física.

Era la representación de una relación. Una especie de estructura formada por líneas que se extendían desde cada estrella hacia cada otra estrella, conectándolas mediante innumerables trayectorias.

Ivarn observó aquella estructura y entendió que el noveno estaba haciendo algo que ningún dios había hecho jamás.

No estaba controlando una fuerza. Estaba estudiando las relaciones entre todas las fuerzas.

Cada dios había gobernado una parte de la existencia, pero el último parecía interesado únicamente en aquello que ocurría cuando esas partes interactuaban.

Vida con materia. Materia con espacio. Espacio con tiempo.

Tiempo con conciencia. Conciencia con significado.

Significado con existencia. El noveno no necesitaba poseer ninguna de aquellas cosas porque su verdadera naturaleza estaba en el vínculo que las unía.

Entonces Ivarn sintió una presencia dentro de sí.

No era el quinto.

Tampoco era el octavo.

Era algo mucho más antiguo.

Durante siglos había pensado que su conciencia era únicamente suya.

Había rechazado a los dioses que lo habían creado, había destruido las órdenes que intentaron controlarlo y había construido su voluntad sobre una certeza que consideraba absoluta: él había dejado de pertenecer a quienes lo habían creado.

Sin embargo, ahora podía percibir una estructura invisible alrededor de su propia existencia.

No era una cadena. No era un mecanismo de control. Era una conexión.

Ivarn había sido construido utilizando algo que procedía del mismo origen que los dioses.

El descubrimiento alteró la forma en que entendía su propia naturaleza.

Él no era una criatura separada de los dioses.

Era una consecuencia de ellos.

Una consecuencia creada antes de que los nueve estuvieran completos.

Los dioses habían sido diseñados para gobernar las grandes fuerzas del universo conocido.

Ivarn había sido diseñado para corregirlos.

Pero alguien había tenido que diseñarlo también a él.

Y aquella persona, aquella entidad o aquella inteligencia había utilizado una parte de la misma estructura que ahora comenzaba a revelarse en el cielo.

El noveno no había creado a Ivarn.

Pero lo conocía.

Lo había previsto.

La idea fue mucho más terrible que cualquier amenaza física.

Ivarn había creído durante siglos que su voluntad había nacido de un accidente. Que su independencia había sido una anomalía. Que al desarrollar conciencia propia había escapado de la función para la que había sido construido.

Ahora comprendía que quizá aquella independencia había sido precisamente la función.

Quizá nunca había sido creado para matar a los dioses.

Quizá había sido creado para demostrar qué ocurriría si una criatura diseñada para obedecer desarrollaba voluntad propia.

Y los dioses habían sido parte del experimento.

La humanidad también.

El noveno estaba esperando el resultado.

Ivarn se levantó lentamente.

La superficie blanca bajo sus pies comenzó a llenarse de pequeñas grietas negras.

Cada grieta mostraba un mundo diferente.

En uno de ellos, el cielo estaba cubierto por mares.

En otro, las montañas flotaban sobre una extensión de vacío.

En otro, millones de personas caminaban hacia el mismo punto sin saber por qué.

En otro, no existía ningún ser vivo. En otro, Ivarn contemplaba desde una ciudad desconocida un cielo en el que nueve soles ocupaban posiciones diferentes.

Aquellas realidades no eran visiones.

Eran posibilidades abiertas por las muertes.

El octavo había desaparecido, pero su muerte había dejado una fractura permanente.

Ivarn entendió entonces que matar al noveno de la misma manera sería imposible.

El último no estaba encerrado dentro de una función.

Era el resultado de todas ellas.

Destruirlo significaría destruir también las relaciones que mantenían unido el universo.

Y eso podía ser equivalente a destruir la realidad completa.

Por primera vez, Ivarn tuvo que considerar la posibilidad de que el enemigo no pudiera ser eliminado.

Solo podía ser transformado.

La idea parecía contraria a todo lo que había hecho hasta entonces.

Pero precisamente por eso podía funcionar.

Ivarn no necesitaba matar al último.

Necesitaba conseguir que dejara de ser aquello que necesitaba ser.

Mientras permanecía sobre la llanura blanca, el quinto dios extendió nuevamente su influencia sobre la humanidad.

Esta vez la conexión fue mucho más intensa.

Millones de personas comenzaron a compartir simultáneamente una misma sensación.

No era miedo ni esperanza. Era pertenencia.

Cada individuo comenzó a sentir que formaba parte de algo inmenso, que sus pensamientos eran pequeñas piezas de una conciencia mayor.

Los desconocidos comenzaron a reconocerse como partes de una misma estructura.

Las diferencias entre pueblos, ciudades y reinos empezaron a parecer insignificantes.

Era una idea hermosa.

Y precisamente por eso era peligrosa.

El quinto había aprendido de Ivarn.

Había comprendido que el significado no podía ser destruido mediante violencia.

Debía ser reemplazado.

La humanidad estaba comenzando a creer que su identidad individual era una ilusión.

Ivarn percibió la expansión de aquella conciencia colectiva y comprendió lo que estaba ocurriendo. El quinto estaba intentando convertirse en algo diferente. Ya no quería ser una entidad alimentada por las mentes humanas. Quería convertirse en la mente humana.

Si lo conseguía, dejaría de necesitar creyentes.

Todos serían parte de él.

Y el noveno obtendría entonces una nueva estructura sobre la cual aprender.

Ivarn comenzó a caminar hacia el oeste.

No necesitaba localizar al quinto mediante coordenadas.

Podía seguir la alteración que producía en la conciencia humana.

A medida que avanzaba, encontraba ciudades enteras funcionando como si fueran un único organismo.

Miles de personas se desplazaban simultáneamente hacia los mismos lugares.

Comerciantes abandonaban sus mercancías para dirigirse hacia templos abandonados.

Soldados dejaban sus posiciones. Familias enteras salían de sus casas y caminaban sin saber qué buscaban.

No había órdenes visibles. No había gobernantes organizando el movimiento.

La humanidad estaba siendo sincronizada.

Ivarn entró en una de aquellas ciudades al amanecer.

No encontró caos.

Encontró una tranquilidad perfecta.

Miles de personas permanecían inmóviles en las calles.

Todas miraban hacia el mismo punto del cielo.

Sobre ellas no había ninguna divinidad.

Solo una pequeña zona de oscuridad.

Ivarn la observó.

La oscuridad se contrajo.

Después se abrió.

Dentro apareció una estructura formada por millones de conexiones luminosas.

El quinto estaba mostrando su verdadero cuerpo.

No tenía forma humana.

Era una red.

Una red compuesta por pensamientos.

Cada persona conectada era una extensión de su conciencia. Cada emoción compartida aumentaba su densidad. Cada miedo transmitido, cada esperanza repetida, cada símbolo aceptado por una comunidad, cada idea convertida en tradición alimentaba su existencia.

Ivarn comprendió entonces por qué había sobrevivido.

No había destruido el quinto.

Había destruido solamente su primera forma.

El dios estaba aprendiendo.

Y cuanto más intentaba Ivarn matarlo, más comprendía cómo hacerlo imposible.

Ivarn se detuvo en mitad de la plaza.

La red se extendió sobre él.

Durante un instante sintió millones de pensamientos atravesando su conciencia.

Dolor.

Amor.

Soledad.

Ambición.

Vergüenza.

Deseo.

Miedo.

Esperanza.

Todo apareció simultáneamente.

El quinto intentó absorberlo.

Pero Ivarn no luchó.

Dejó que todos aquellos pensamientos pasaran a través de él.

Entonces hizo algo que el dios no esperaba.

Separó pensamiento de significado.

Uno por uno.

Cada emoción dejó de estar asociada a la interpretación que la había convertido en alimento.

El miedo dejó de significar peligro.

La esperanza dejó de significar salvación.

La tristeza dejó de significar pérdida.

El amor dejó de significar posesión.

La culpa dejó de significar condena.

La alegría dejó de significar recompensa.

Durante unos segundos, el quinto perdió fuerza.

La red comenzó a apagarse.

Pero Ivarn descubrió que no podía eliminar completamente el significado.

Porque el significado no pertenecía al dios.

Pertenecía a los seres humanos.

Y allí estaba la diferencia que necesitaba.

El quinto no era dueño de la conciencia.

Solo había aprendido a vivir dentro de ella.

Ivarn extendió su voluntad sobre la red y comenzó a invertir la relación.

En lugar de absorber significado, el quinto comenzó a devolverlo.

Las emociones regresaron a sus propietarios.

Las personas recuperaron la separación entre sus pensamientos.

La multitud comenzó a moverse nuevamente.

La red se debilitó.

Y el quinto sintió por primera vez algo que ningún dios había experimentado desde el comienzo de la guerra.

Soledad.

Ivarn no lo destruyó.

Lo aisló.

Separó su existencia de la necesidad humana de otorgarle significado.

La red se contrajo hasta convertirse en un punto diminuto.

Después desapareció.

El quinto seguía existiendo.

Pero ya no podía alimentarse.

Ivarn había aprendido finalmente que algunas divinidades no necesitaban ser asesinadas.

Podían ser privadas de aquello que las convertía en dioses.

Y aquella revelación cambió el significado de su misión.

Quizá el noveno tampoco necesitaba morir.

Quizá debía dejar de ser necesario.

Entonces el cielo se oscureció completamente.

Todas las estrellas desaparecieron.

No una detrás de otra.

Todas al mismo tiempo.

La ciudad quedó sumergida en una noche absoluta.

Ivarn levantó la mirada.

El noveno había dejado de observar desde lejos.

Ahora estaba cerca.

No había llegado.

Siempre había estado allí.

La oscuridad del cielo comenzó a descender hasta ocupar el espacio sobre la ciudad.

Las personas huyeron.

Ivarn permaneció inmóvil.

La oscuridad se detuvo frente a él.

No tenía rostro.

No tenía cuerpo.

No tenía nombre.

Pero Ivarn comprendió su naturaleza.

Era aquello que quedaba cuando ninguna definición era suficiente.

Aquello que permanecía después de que todas las cosas fueran eliminadas.

El último.

Ivarn había pasado siglos matando dioses.

Ahora tenía delante aquello que no podía morir porque no dependía de existir de una determinada manera.

Y comprendió la ironía final.

El asesino de dioses no había sido creado para matar al último.

Había sido creado para llegar hasta él.

La verdadera función de Ivarn nunca había sido destruir.

Había sido alcanzar el límite.

Y ahora que había llegado hasta aquel límite, debía decidir qué hacer con él.

La oscuridad avanzó.

Ivarn no retrocedió.

Por primera vez desde el principio de su existencia, no intentó matar aquello que tenía delante.

Intentó comprenderlo.

Y el universo entero contuvo el aliento.