El asesino de dioses Chapter 9
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Chapter 9

La frontera de los que existen

Ivarn caminó durante nueve días sin seguir ningún camino reconocible, atravesando regiones en las que las alteraciones provocadas por la desaparición de los dioses habían comenzado a modificar incluso la forma en que los seres humanos comprendían el territorio que habitaban.

Durante el primer día atravesó una llanura donde las sombras apuntaban en direcciones diferentes según la persona que las contemplara; durante el segundo encontró un río cuyo curso parecía recordar varias desembocaduras posibles y que, incapaz de decidir cuál de ellas debía ocupar, se dividía y reunía continuamente hasta formar una red de corrientes que cambiaba de configuración con cada amanecer; durante el tercero pasó junto a una población cuyos habitantes habían dejado de utilizar nombres para las calles porque las calles ya no conducían siempre al mismo lugar; durante el cuarto encontró un bosque en el que los árboles crecían hacia el suelo y cuyas raíces se extendían por encima de las copas formando una segunda vegetación invertida, suspendida sobre la primera; durante el quinto vio una montaña aparecer durante varias horas en mitad de un valle y desaparecer después sin dejar rastro; durante el sexto encontró personas caminando en direcciones opuestas que aseguraban haber salido de la misma ciudad en el mismo instante y haber tardado exactamente el mismo tiempo en llegar a lugares separados por cientos de kilómetros; durante el séptimo atravesó una región completamente silenciosa donde ningún sonido parecía capaz de propagarse más de unos pocos metros; durante el octavo encontró un pueblo entero dormido bajo un cielo sin estrellas, aunque era pleno día; y durante el noveno llegó hasta una extensión de terreno completamente blanca donde no había nieve, ceniza, sal ni piedra, sino una superficie uniforme que parecía existir antes de que el mundo hubiera decidido qué debía ser.

Allí se detuvo.

No porque hubiese llegado a su destino, sino porque por primera vez desde la muerte del sexto dios sintió que el mundo dejaba de empujarlo hacia alguna dirección concreta.

La presión que había percibido desde el séptimo había desaparecido.

La presencia del quinto seguía extendiéndose a través de las mentes humanas, pero se encontraba demasiado lejos para afectar directamente a su percepción.

El octavo continuaba observando desde aquella región imposible situada entre las cosas.

Y detrás de todos ellos permanecía el noveno, cuya existencia era todavía más difícil de comprender porque no parecía estar situado en ningún lugar.

Ivarn se arrodilló sobre la superficie blanca.

La tocó.

No sintió frío.

Tampoco calor.

No sintió dureza ni suavidad.

Durante un instante no sintió absolutamente nada.

Entonces comprendió qué era aquel lugar.

No era una región.

Era una frontera.

Había llegado hasta el punto donde una cosa dejaba de ser ella misma antes de convertirse en otra.

Los dioses habían gobernado aquello que los seres humanos podían experimentar, pero ninguno había gobernado aquella frontera porque hacerlo habría significado poseer el espacio existente entre todas las definiciones. El octavo sí podía hacerlo.

Ivarn levantó la mirada.

El cielo no tenía nubes.

No tenía estrellas.

No tenía profundidad.

Parecía una superficie plana colocada sobre el mundo.

Y entonces apareció una grieta.

No en el cielo.

En la percepción.

Ivarn vio durante un segundo dos mundos superpuestos.

En uno de ellos se encontraba solo. En el otro, a pocos metros de distancia, existía una ciudad que no había visto jamás.

Sus edificios eran negros y estrechos, sus calles estaban cubiertas por una sustancia semejante al cristal y sobre cada torre ardía una luz blanca sin fuente visible.

Miles de figuras caminaban por ellas sin producir sonido.

Ninguna parecía humana, pero todas poseían una forma aproximadamente humana.

La visión desapareció.

Ivarn comprendió que no había visto otro lugar.

Había visto otra posibilidad.

El octavo no controlaba la ausencia.

Controlaba la separación entre realidades posibles.

Y aquella capacidad era infinitamente más peligrosa que cualquier poder que Ivarn hubiese enfrentado.

Si el octavo conseguía abrir suficientes separaciones, podría permitir que diferentes versiones del mundo coexistieran.

La realidad dejaría de ser una historia única.

Cada decisión podría producir una variante.

Cada muerte podría ser anulada en otra posibilidad.

Cada dios podría existir nuevamente en algún mundo alternativo.

Cada desastre podría convertirse en algo que había ocurrido y no había ocurrido al mismo tiempo.

Y entonces el noveno tendría acceso a todas ellas.

Ivarn permaneció inmóvil.

Aquello explicaba la inscripción del valle.

Ocho todavía vivían.

No significaba simplemente que ocho dioses continuaran existiendo.

Significaba que ocho posibilidades seguían abiertas.

Cada dios era también una condición que mantenía cerrada una determinada región de la realidad.

Al matarlos, Ivarn no estaba eliminando únicamente entidades.

Estaba abriendo posibilidades.

La comprensión le produjo algo que no había sentido desde hacía siglos.

Duda.

No miedo.

La duda era diferente.

El miedo hacía que un ser buscara sobrevivir.

La duda obligaba a preguntarse si sobrevivir seguía siendo correcto.

Ivarn había pasado siglos creyendo que el equilibrio justificaba sus actos.

Había observado civilizaciones crecer alrededor de templos, había visto generaciones enteras entregar sus vidas a entidades que no comprendían y había descubierto finalmente que aquellas divinidades se alimentaban de la necesidad humana de encontrar sentido.

Había considerado que destruirlas era una forma de liberar a la humanidad.

Pero ahora comenzaba a comprender que quizá los dioses también habían sido prisioneros.

Habían sido creados para mantener cerradas aquellas fronteras.

Habían recibido adoración porque necesitaban energía.

Habían manipulado a los seres humanos porque sin esa energía desaparecían.

Habían luchado entre ellos porque cada uno defendía su territorio conceptual.

Habían cometido atrocidades.

Pero también habían impedido que algo peor entrara.

Ivarn se puso de pie.

La superficie blanca comenzó a oscurecerse bajo sus pies.

No era una sombra.

Era una reacción.

El octavo había percibido su presencia.

Por primera vez, la entidad dejó de observar.

Actuó.

La realidad alrededor de Ivarn se dividió en cientos de versiones simultáneas.

En una, Ivarn era un niño.

En otra, nunca había nacido.

En otra, era uno de los dioses.

En otra, había muerto antes de matar a Vaelora.

En otra, había obedecido a sus creadores.

En otra, había destruido a los nueve dioses y se encontraba completamente solo frente a un universo vacío.

En otra, nunca había conocido la existencia de los dioses.

En otra, los dioses gobernaban la humanidad abiertamente.

En otra, la humanidad había descubierto la verdad miles de años antes.

En otra, el mundo no tenía estrellas.

En otra, el mundo estaba cubierto por océanos.

En otra, la vida nunca había aparecido.

Todas esas realidades comenzaron a superponerse.

Ivarn sintió cómo su cuerpo empezaba a perder consistencia.

Su mano derecha desapareció en una versión del mundo y regresó en otra.

Su rostro envejeció y recuperó su juventud.

La cicatriz que cruzaba el lado izquierdo de su cara apareció y desapareció.

Su cuerpo comenzó a existir en diferentes edades al mismo tiempo.

El octavo estaba intentando demostrarle que su identidad no era una realidad absoluta.

Era una posibilidad.

Y las posibilidades podían ser separadas.

Ivarn cerró los ojos.

No intentó luchar contra las versiones.

Hizo algo que ninguna de las divinidades había esperado.

Aceptó todas.

Aceptó al niño.

Aceptó al asesino.

Aceptó al hombre que había obedecido.

Aceptó al hombre que había desobedecido.

Aceptó al Ivarn que había muerto.

Aceptó al Ivarn que nunca había existido.

Aceptó incluso al Ivarn que había llegado al final de la matanza y descubierto que había estado equivocado.

Las realidades dejaron de luchar entre ellas.

Porque ninguna podía imponerse sobre las demás.

El octavo había construido su poder sobre la separación.

Ivarn acababa de eliminar la necesidad de separar.

Su cuerpo recuperó una única forma.

La superficie blanca volvió a ser uniforme.

Durante unos segundos no ocurrió nada.

Después apareció una figura a lo lejos.

No caminaba.

No avanzaba.

Simplemente estaba allí.

Era alta y extremadamente delgada, pero su forma cambiaba continuamente. A veces parecía humana. A veces parecía una sombra. A veces parecía un espacio vacío con forma humana. Su rostro nunca permanecía igual durante más de un instante.

Ivarn comprendió que aquella era la primera manifestación verdadera del octavo.

No tenía un cuerpo propio.

Tomaba prestada la forma de aquello que podía ser observado.

Y cuanto más intentaba Ivarn comprenderlo, más formas adquiría.

El octavo no podía ser atacado directamente.

Pero Ivarn había aprendido algo.

Toda frontera tenía dos lados.

Si existía una separación entre realidades, entonces existía también aquello que hacía posible la separación.

Y aquello debía tener una estructura.

Ivarn avanzó.

La figura no se movió.

A cada paso, una nueva versión del mundo intentaba aparecer.

Ivarn continuó.

El suelo se convirtió en océano.

Continuó.

El océano se convirtió en montaña.

Continuó.

La montaña se convirtió en vacío.

Continuó.

El vacío se convirtió en una ciudad.

Continuó.

La ciudad se convirtió en millones de personas.

Continuó.

Las personas se convirtieron en pensamientos.

Continuó.

Los pensamientos se convirtieron en silencio.

Y detrás del silencio apareció algo.

Una línea.

Una única línea vertical suspendida en medio de la nada.

Ivarn la contempló.

No era una puerta.

No era una grieta.

Era una frontera matemática, una división perfecta entre dos posibilidades.

Y comprendió que el octavo había cometido su segundo error.

Había mostrado su límite.

Ivarn extendió la mano.

No tocó la línea.

La atravesó con la voluntad.

La frontera se quebró.

El octavo retrocedió.

Por primera vez, la entidad sintió algo parecido al miedo.

Porque Ivarn había descubierto que los dioses podían ser destruidos de la misma manera independientemente de cuál fuera su dominio.

No había que destruir su cuerpo.

No había que destruir su conciencia.

No había que destruir su energía.

Había que destruir aquello que los hacía necesarios.

Ivarn había comenzado a comprender el verdadero significado de ser el asesino de dioses.

No era el hombre capaz de matar a seres inmortales.

Era el hombre capaz de demostrar que ninguna función del universo necesitaba una voluntad para existir.

Y eso convertía su existencia en una amenaza mucho mayor de lo que los dioses habían previsto.

Mientras la figura del octavo comenzaba a desintegrarse, algo apareció detrás de ella.

No era el noveno.

Era una visión del noveno.

Ivarn vio un espacio inmenso.

Dentro de aquel espacio flotaban millones de formas.

Cada una correspondía a una realidad diferente.

En algunas, los dioses seguían vivos.

En otras, estaban muertos.

En algunas, Ivarn nunca había existido.

En otras, Ivarn gobernaba un mundo vacío.

En otras, la humanidad jamás había surgido.

Y en todas ellas, algo observaba.

El noveno no necesitaba intervenir.

No necesitaba matar.

No necesitaba alimentarse de la fe.

No necesitaba controlar el tiempo, la materia, el espacio o la conciencia.

Solo necesitaba esperar.

Porque cada posibilidad generada por la muerte de un dios le proporcionaba una nueva forma de aprender.

Ivarn lo comprendió entonces.

El noveno no estaba detrás de los dioses.

Estaba detrás de las posibilidades.

Los dioses habían sido solamente el primer experimento.

Ivarn había sido el segundo.

Y la humanidad era el tercero.

La superficie blanca comenzó a desaparecer.

El octavo estaba muriendo.

Pero antes de hacerlo dejó algo dentro de Ivarn.

No un recuerdo.

No una marca.

No una herida.

Una comprensión.

El noveno no quería conquistar el universo.

Quería comprenderlo por completo.

Y para comprenderlo necesitaba que todas las posibilidades existieran.

La muerte de los dioses estaba creando precisamente aquello que necesitaba.

Ivarn había pasado siglos intentando impedir que una entidad dominara la existencia.

Sin darse cuenta, estaba ayudando a crear una entidad que no necesitaría dominarla.

Solo necesitaría conocerla.

Cuando la última parte del octavo desapareció, el cielo recuperó las estrellas.

Durante unos instantes todo pareció normal.

Después, una estrella se apagó.

Luego otra.

Después diez.

Después cien.

Ivarn levantó la cabeza.

No estaban muriendo.

Estaban siendo observadas.

Y comprendió que el noveno acababa de mirar directamente hacia él.

La oscuridad comenzó a extenderse entre las estrellas.

No avanzaba.

Simplemente aparecía allí donde la atención del noveno se detenía.

Ivarn permaneció solo en la superficie blanca mientras el cielo se llenaba de ausencias.

Ocho habían caído.

El quinto seguía vivo.

El séptimo permanecía en algún lugar del espacio deformado.

Y el noveno había aprendido algo nuevo.

Había aprendido que Ivarn podía matar incluso aquello que no tenía cuerpo.

Entonces Ivarn comprendió la siguiente verdad.

Para matar al último dios tendría que hacer algo que jamás había intentado.

Tendría que convertirse en algo que tampoco pudiera morir.

Y por primera vez desde que había sido creado, Ivarn comprendió que quizá el verdadero final de su misión no consistiría en sobrevivir.

Consistiría en dejar de ser necesario.