Chapter 8
El séptimo descendía sin caer, y aquella diferencia convertía su llegada en algo mucho más inquietante que cualquier aparición anterior.
No atravesaba las nubes ni desgarraba el cielo como habría hecho un cuerpo sometido a las leyes ordinarias de la materia, sino que parecía reducir poco a poco la distancia entre su existencia y la superficie del mundo, como si el concepto mismo de lejos estuviera perdiendo significado a su alrededor.
Las montañas que se encontraban en el horizonte comenzaron a parecer demasiado próximas, mientras que las más cercanas adquirían una profundidad imposible, como si se extendieran durante kilómetros hacia el interior de la tierra.
Los árboles crecían y se alejaban al mismo tiempo.
Los ríos parecían recorrer distancias diferentes dependiendo del lugar desde el que fueran observados.
Algunas ciudades que durante siglos habían necesitado jornadas enteras para ser alcanzadas podían distinguirse ahora a unas pocas horas de camino, mientras que determinados caminos que antes conducían directamente hacia ellas se prolongaban hasta convertirse en trayectos interminables.
El mundo estaba perdiendo la uniformidad de sus distancias, y aquella alteración no era un accidente.
Era la primera manifestación visible del séptimo.
Ivarn permaneció inmóvil sobre una elevación de piedra mientras observaba el fenómeno.
Ya había comprendido que cada dios muerto dejaba un vacío, pero hasta entonces había pensado que aquellos vacíos podían coexistir sin destruir la estructura general del mundo.
Ahora empezaba a comprender el verdadero problema.
Los dioses no eran simplemente entidades independientes.
Habían sido construidos para ocupar funciones determinadas dentro de una arquitectura mucho mayor, y al eliminar uno de ellos, la función que representaba no desaparecía necesariamente.
Algo tenía que ocupar el espacio conceptual que había quedado vacío.
La vida seguía existiendo después de Vaelora, pero sin la presencia de aquella voluntad que durante milenios había regulado sus ciclos.
El océano continuaba moviéndose después de la muerte de su segundo dios, aunque había adquirido comportamientos que ningún navegante podía predecir.
La estabilidad había desaparecido de Damar y la ciudad todavía sufría sus consecuencias.
El tiempo seguía avanzando después de la destrucción de su custodio, pero ya no podía confiarse plenamente en que avanzara con la misma velocidad en todos los lugares.
La materia permanecía, pero había quedado liberada de una inteligencia que había vigilado sus transformaciones.
Y ahora el espacio comenzaba a perder su condición de escenario neutral.
Ivarn entendió entonces que su misión nunca había consistido simplemente en matar dioses.
Había sido creada con una finalidad mucho más concreta, pero nadie, ni siquiera aquellos que lo habían diseñado, había previsto lo que ocurriría cuando las piezas fueran retiradas una detrás de otra.
Los dioses habían sido concebidos como límites y administradores de las grandes fuerzas del universo conocido.
Él había sido concebido como el mecanismo capaz de destruirlos cuando alguno de ellos superara la medida para la que había sido construido.
El error fundamental había sido creer que el equilibrio consistía en mantener las nueve presencias eternamente separadas.
El equilibrio real quizá exigía que ninguna de aquellas fuerzas necesitara una conciencia individual para existir.
Al matar a los dioses, Ivarn estaba liberando aquello que habían encerrado, y aquello que quedaba libre podía convertirse en algo mucho más difícil de controlar.
A kilómetros de allí, una ciudad entera desapareció durante unos segundos.
No fue destruida. No ardió. No se derrumbó. Simplemente dejó de estar donde había estado.
Los habitantes que se encontraban dentro de sus murallas observaron cómo el paisaje exterior se desplazaba hacia ellos sin que ellos mismos se movieran.
Las llanuras se acercaron, las colinas parecieron inclinarse y una región que se encontraba a más de cien kilómetros apareció detrás de los edificios como si siempre hubiera estado allí.
Después, todo regresó a su posición original.
Las personas quedaron suspendidas en el desconcierto, incapaces de comprender qué habían visto, mientras los animales huyeron en todas direcciones.
Aquello se repitió en otros lugares. Una torre quedó a varios metros de la plaza donde había sido construida.
Un puente comenzó en una orilla y terminó en otra que no correspondía al mismo río.
Un ejército que avanzaba hacia el sur descubrió que había recorrido durante tres días una distancia que, según sus mapas, debía haberles llevado menos de una jornada.
Cuando intentaron regresar, tardaron nueve días.
El séptimo estaba aprendiendo a tocar el mundo.
Ivarn sintió la presión antes de verlo. No era una fuerza física.
Era la sensación de que el espacio alrededor de su cuerpo estaba siendo medido.
Algo observaba su posición desde innumerables lugares al mismo tiempo, calculando la distancia entre él y todo aquello que lo rodeaba.
Por primera vez desde que había comenzado su persecución, Ivarn experimentó algo parecido a una vigilancia divina.
Los anteriores dioses habían necesitado manifestaciones, cuerpos, estructuras, redes o lugares concretos desde los que ejercer su poder.
El séptimo no necesitaba nada de eso. Para él, cualquier separación era una extensión de su propio cuerpo.
Ivarn dio un paso.
Durante un instante estuvo en la elevación de piedra.
Al siguiente se encontraba en una llanura situada a más de cien kilómetros.
No había recorrido la distancia. La distancia había dejado de existir entre ambos puntos.
Ivarn contempló el suelo bajo sus pies y comprendió que aquello no era un ataque.
Era una demostración. El séptimo quería mostrarle que podía llevarlo a cualquier lugar, que podía convertir la distancia en una ilusión y que ningún refugio físico podía protegerlo.
Pero también había cometido un error. Había revelado demasiado pronto la naturaleza de su poder.
Ivarn había aprendido algo de cada muerte.
De Vaelora había aprendido que las fuerzas divinas estaban unidas a la necesidad humana de otorgar significado.
Del dios del océano había aprendido que una divinidad podía extender su conciencia mucho más allá de un cuerpo.
Del dios de Damar había aprendido que algunas entidades no necesitaban gobernar a los hombres porque podían gobernar las condiciones que permitían a los hombres construir sus ciudades.
Del dios del tiempo había aprendido que una existencia divina podía ser atacada en el momento de su nacimiento.
Del quinto había aprendido que una divinidad podía esconderse dentro de aquello que los seres humanos compartían sin darse cuenta.
Del sexto había aprendido que incluso la materia podía contener una voluntad.
Y ahora el séptimo le estaba enseñando que el espacio no era vacío.
Era una relación.
Ivarn cerró los ojos.
No buscó al séptimo.
Buscó la distancia entre ambos.
Durante mucho tiempo no ocurrió nada. El viento pasó sobre la llanura y levantó polvo alrededor de sus botas.
El cielo permaneció deformado en la lejanía.
Las estrellas, visibles incluso durante aquella parte del día, aparecían en posiciones que ningún astrónomo habría reconocido.
Entonces Ivarn percibió algo que hasta aquel momento había permanecido oculto.
El séptimo no controlaba el espacio porque fuera parte de él.
Lo controlaba porque podía alterar las relaciones que definían cada posición.
No movía objetos. Cambiaba la manera en que dos objetos podían estar separados.
Aquello significaba que también podía ser alcanzado.
Ivarn extendió una mano.
La distancia entre sus dedos y el horizonte comenzó a comprimirse.
No avanzó hacia el séptimo. Hizo algo más peligroso. Eliminó progresivamente todas las separaciones intermedias hasta que la existencia de aquel dios quedó reducida a una única relación entre dos puntos. Ivarn y él.
Durante un instante, todo el universo pareció convertirse en una línea.
Entonces el séptimo reaccionó.
El cielo se abrió en círculos concéntricos.
Las montañas se desplazaron.
Los océanos se levantaron.
En ciudades lejanas, millones de personas cayeron al suelo al perder de repente la sensación de orientación.
Las brújulas comenzaron a girar sin detenerse.
Los pájaros descendieron desde el cielo como si hubieran olvidado qué significaba arriba.
Los edificios más altos se inclinaron hacia puntos inexistentes y después recuperaron su posición.
Ivarn no retiró la mano.
Había conseguido tocar algo.
No el cuerpo del séptimo.
Su límite.
Y en aquel contacto apareció una certeza que ningún dios anterior le había permitido conocer.
El séptimo también había existido antes de los otros.
No había sido creado junto a ellos.
Había sido colocado después.
Como una corrección.
Como una segunda versión de algo que ya había fallado.
Ivarn comprendió que los nueve dioses no pertenecían a una misma generación.
Algunos habían sido construidos sobre otros.
Algunos habían sido modificados. Algunos habían surgido cuando los seres humanos todavía no podían comprender aquello que estaban alimentando con sus creencias.
Y el séptimo era una prueba de que alguien había estado corrigiendo la estructura durante mucho tiempo.
El quinto dios sintió aquella revelación.
Su presencia volvió a extenderse por las mentes humanas.
Esta vez no utilizó miedo.
Utilizó esperanza.
Millones de personas comenzaron a experimentar simultáneamente una sensación de alivio inexplicable.
En lugares donde las ciudades habían sufrido terremotos, incendios o alteraciones del espacio, los habitantes empezaron a creer que todo podía volver a la normalidad.
Los sacerdotes que habían abandonado sus templos regresaron.
Las multitudes comenzaron a reunirse en las plazas.
Las personas volvieron a levantar símbolos de los dioses muertos.
Algunos incluso comenzaron a rezar a divinidades que ya no existían.
La esperanza se convirtió en alimento.
El quinto estaba recuperándose.
Ivarn lo comprendió demasiado tarde.
La destrucción de los otros dioses había producido miedo, y el miedo había comenzado a destruir la estructura religiosa que los alimentaba.
Pero el quinto había encontrado una alternativa.
No necesitaba que los seres humanos creyeran en un dios concreto.
Solo necesitaba que creyeran que su existencia tenía un significado superior.
La humanidad estaba creando nuevamente aquello que Ivarn había intentado destruir.
No una religión.
Una necesidad.
Y la necesidad era suficiente.
Ivarn retiró la mano y la deformación del horizonte comenzó a desaparecer. El séptimo retrocedió hacia un lugar que ya no podía ser localizado mediante coordenadas normales. Sin embargo, antes de desaparecer completamente, dejó una alteración que permaneció suspendida en el cielo.
Una forma circular.
No era un símbolo.
Era una ausencia.
Un lugar donde el espacio no se comportaba como espacio.
Ivarn lo observó durante largo tiempo.
Entonces comprendió que aquel lugar no señalaba al séptimo.
Señalaba al octavo.
El octavo no estaba despertando debajo de la tierra, ni en un reino lejano, ni en algún territorio oculto detrás de las estrellas.
Estaba despertando dentro de la ausencia creada entre las cosas.
En los espacios que nadie observaba.
En los intervalos.
En los silencios.
En todo aquello que existía únicamente porque dos realidades diferentes no se tocaban.
Ivarn comprendió entonces la verdadera razón por la que los dioses habían sido nueve.
No eran nueve porque existieran nueve fuerzas fundamentales.
Eran nueve porque cada uno protegía una frontera.
Vida y muerte.
Movimiento y quietud.
Materia y vacío.
Tiempo y eternidad.
Conciencia e inconsciencia.
Espacio y ausencia.
Y todavía quedaban otras fronteras que Ivarn no había comprendido.
El octavo estaba relacionado con una de ellas.
El noveno con todas.
Ivarn comenzó a caminar.
Esta vez no tenía un destino.
Caminaba porque permanecer quieto significaba permitir que el quinto reconstruyera la red humana, mientras el séptimo alteraba el espacio y el octavo terminaba de despertar.
La humanidad necesitaba aprender algo antes de que fuera demasiado tarde.
No necesitaba dejar de creer en los dioses.
Necesitaba dejar de creer que el universo necesitaba un dueño.
Aquella diferencia parecía pequeña.
Pero podía decidir el destino de todo lo existente.
Mientras Ivarn avanzaba, muy lejos de allí, en una región donde ninguna estrella había brillado jamás, algo abrió los ojos.
No eran ojos físicos.
Era una atención.
Una conciencia comenzó a formarse en el espacio que separaba todas las cosas.
El octavo no despertó con violencia.
No produjo terremotos.
No alteró los océanos.
No deformó las ciudades.
Hizo algo mucho más sencillo.
Observó.
Observó la muerte de Vaelora.
Observó la desaparición del dios del océano.
Observó Damar.
Observó el final del tiempo.
Observó la herida del quinto.
Observó la muerte de la materia.
Observó al séptimo enfrentándose a Ivarn.
Y después observó a Ivarn.
Por primera vez desde que había comenzado la matanza, una entidad divina no sintió miedo ante él.
Sintió curiosidad.
Porque el octavo había comprendido algo que los otros todavía no habían podido comprender.
Ivarn también era una pieza.
Y alguien había creado aquella pieza para que creyera que estaba destruyendo el tablero.
En algún punto todavía inaccesible de la realidad, el noveno permanecía inmóvil.
Aprendiendo.
Y cuanto más dioses mataba Ivarn, más aprendía.
La guerra no estaba acercándose al final.
La guerra acababa de revelar cuál era su verdadero propósito.