El asesino de dioses Chapter 7
17%

Chapter 7

La ciudad enterrada

La montaña apareció donde el día anterior solamente había existido una extensión de terreno árido.

No surgió de manera violenta, no hubo una explosión que pudiera explicar su nacimiento ni un desplazamiento de tierra que los geólogos pudieran interpretar.

Simplemente estaba allí cuando salió el sol, elevándose sobre el horizonte con una dimensión tan desproporcionada que durante las primeras horas nadie consiguió comprender dónde terminaba.

Su cumbre atravesaba las nubes y sus laderas descendían durante decenas de kilómetros hasta perderse en una región cubierta por una niebla espesa.

Las primeras expediciones enviadas para reconocerla regresaron después de varios días sin conseguir alcanzar siquiera la mitad del recorrido.

Los instrumentos dejaron de funcionar a determinadas alturas y los animales utilizados para transportar suministros se negaron a continuar.

Las personas que permanecieron demasiado tiempo cerca de la montaña comenzaron a experimentar cambios físicos que no podían explicarse por la altitud.

Algunos envejecían varios años en cuestión de días; otros recuperaban fuerza y vitalidad como si sus cuerpos hubieran retrocedido hasta una edad anterior.

La materia misma parecía perder sus propiedades habituales.

Ivarn sabía que aquello no era una montaña.

Era el sexto dios.

Su verdadero cuerpo había permanecido oculto desde antes del nacimiento de las primeras civilizaciones, enterrado en una profundidad que ningún ser humano habría podido alcanzar.

Durante millones de años había permanecido inmóvil, unido a la materia del planeta y utilizando lentamente la estructura física del mundo como extensión de su propia conciencia.

Las montañas, las cavernas, los minerales y las placas subterráneas formaban parte de su dominio.

Los terremotos, las erupciones y determinados fenómenos geológicos que los hombres habían considerado naturales habían sido, en realidad, movimientos involuntarios de una criatura demasiado grande para comprender la escala humana.

La montaña no estaba creciendo.

Estaba levantándose.

A medida que Ivarn se aproximó, la superficie comenzó a cambiar.

Las rocas se desplazaban unas sobre otras formando estructuras geométricas.

Grandes paredes surgían del terreno y desaparecían poco después.

Algunas zonas parecían líquidas durante unos segundos y después recuperaban una dureza absoluta.

Ivarn comprendió que el sexto dios no controlaba solamente la materia.

Era capaz de modificar su estado.

Podía convertir roca en líquido, líquido en gas, gas en estructuras sólidas y cualquier combinación intermedia.

Por eso había permanecido oculto.

Mientras los demás dioses dependían de elementos específicos, el sexto podía utilizar prácticamente todo lo que existía.

Ivarn avanzó.

Las personas que habían sido atraídas hasta allí por el quinto dios comenzaron a llegar en grandes grupos.

Miles caminaban sin saber por qué. Algunos estaban exhaustos.

Otros parecían encontrarse en un estado de concentración absoluta.

Nadie sabía qué ocurría con ellos. Ivarn intentó alejarlos de la montaña, pero comprendió rápidamente que no podía hacerlo sin utilizar una fuerza capaz de causarles daño.

El sexto dios estaba utilizando a aquellas personas como material.

No físicamente.

Conceptualmente.

Cada ser humano que se encontraba cerca aumentaba la complejidad de la estructura que estaba construyendo.

La montaña se estaba formando alrededor de ellos.

Ivarn comprendió la estrategia.

El quinto había conducido a la humanidad hacia el sexto para proporcionarle conciencia suficiente.

El sexto necesitaba millones de mentes para completar su transformación.

Los dos dioses estaban cooperando.

Aunque el quinto todavía estaba debilitado, había encontrado una manera de utilizar su influencia restante para fortalecer a otro.

Ivarn tuvo que actuar.

Extendió las manos.

La materia de la montaña comenzó a vibrar.

Durante unos segundos, todo pareció detenerse.

Después el terreno se abrió.

No hacia abajo.

Hacia los lados.

La montaña comenzó a dividirse en enormes placas que se desplazaban lentamente como continentes.

En el centro apareció una cavidad gigantesca.

Ivarn descendió.

A cada paso, la materia cambiaba.

Las paredes podían ser de piedra en un instante y de cristal al siguiente.

Más abajo aparecieron metales desconocidos.

Después estructuras que parecían orgánicas.

Finalmente alcanzó una cámara tan grande que su techo desaparecía en la oscuridad.

Allí estaba el corazón del sexto dios.

No tenía forma de corazón.

Era una esfera de materia comprimida suspendida en el centro de la cámara.

A su alrededor giraban fragmentos de planetas.

Ivarn reconoció algunos.

Eran mundos muertos.

El sexto dios había absorbido materia de otros lugares mucho antes de que los humanos hubieran comprendido siquiera que existían otros planetas.

La esfera comenzó a expandirse.

Ivarn sintió una presión brutal.

La materia de su cuerpo intentó reorganizarse.

Sus huesos se hicieron más densos.

Después más ligeros.

Su piel comenzó a transformarse.

Ivarn resistió.

No podía permitir que el dios modificara su estructura.

Durante siglos había desarrollado resistencia contra las alteraciones de los otros dioses.

Pero el sexto era diferente.

No intentaba destruirlo.

Intentaba convertirlo.

Si conseguía modificar completamente su materia, Ivarn dejaría de ser una conciencia independiente.

Se convertiría en una extensión del dios.

Ivarn avanzó hacia la esfera.

Cada paso requería un esfuerzo enorme.

La materia a su alrededor cambiaba constantemente.

Finalmente alcanzó el núcleo.

No podía destruirlo mediante fuerza.

La esfera era demasiado densa.

Entonces comprendió que el sexto tenía una debilidad idéntica a la del tercero.

Dependía de una estructura.

No de la fe humana, sino de la existencia de un patrón.

El sexto dios necesitaba mantener una configuración determinada para conservar su conciencia.

Ivarn había aprendido a reconocer patrones.

Durante siglos había estudiado la estructura de las divinidades.

Ahora podía utilizar ese conocimiento contra ellas.

Comenzó a alterar la configuración.

Una pequeña sección de la esfera cambió.

Después otra.

El dios reaccionó.

Toda la montaña tembló.

En la superficie, millones de personas cayeron al suelo.

Las ciudades situadas a cientos de kilómetros sintieron el movimiento.

El mar comenzó a retirarse.

Los volcanes despertaron.

Ivarn continuó.

La esfera perdió estabilidad.

Los fragmentos de planetas comenzaron a separarse.

La conciencia del sexto intentó reconstruir el patrón.

Ivarn volvió a modificarlo.

Una vez.

Dos.

Miles de veces.

Finalmente la estructura colapsó.

La esfera se contrajo hasta convertirse en un punto de luz.

Después desapareció.

La montaña comenzó a hundirse.

Ivarn salió antes de que el proceso terminara.

Cuando alcanzó la superficie, la enorme estructura ya estaba descendiendo lentamente hacia el interior del planeta.

Las personas habían dejado de moverse.

El quinto dios había perdido su conexión con ellas.

Ivarn miró hacia el horizonte.

Seis divinidades habían existido.

Ahora solo quedaban tres.

Pero la muerte del sexto produjo una consecuencia que ninguno de los anteriores había provocado.

El cielo cambió.

Durante varios minutos, todas las estrellas visibles comenzaron a desplazarse.

No de forma aparente.

Se movieron realmente.

Las constelaciones cambiaron de posición.

La luna pareció acercarse.

El sol adquirió un tono oscuro.

Ivarn comprendió inmediatamente que la muerte del sexto había afectado al equilibrio de la materia.

Y entonces sintió algo.

Una presencia.

No provenía de la tierra.

No provenía del cielo.

Provenía del espacio situado entre ambos.

El séptimo dios.

Había abandonado el mundo físico hacía miles de años.

Nadie sabía dónde se encontraba.

Ni siquiera los otros dioses lo sabían.

Pero ahora había recibido la energía liberada por la muerte del sexto.

Y estaba regresando.

Ivarn levantó la mirada.

En lo alto apareció una pequeña deformación.

Parecía una estrella.

Después aumentó de tamaño.

La luz se curvó alrededor de ella.

El cielo entero pareció hundirse.

Los seres humanos que se encontraban en la región comenzaron a caer de rodillas.

No por devoción.

Porque sus cuerpos habían dejado de comprender dónde estaba arriba y dónde estaba abajo.

La gravedad se estaba modificando.

Ivarn observó la anomalía.

El séptimo no controlaba el espacio.

Era el espacio.

Podía existir en varios lugares al mismo tiempo.

Podía comprimir distancias.

Podía convertir kilómetros en centímetros.

Podía separar regiones que normalmente estaban unidas.

Y podía desaparecer de una realidad para aparecer en otra.

Era el primer enemigo que Ivarn no podía localizar.

Porque no tenía una ubicación única.

La deformación aumentó.

Entonces Ivarn recibió una sensación que jamás había experimentado.

No era una amenaza.

No era miedo.

Era reconocimiento.

El séptimo sabía quién era.

Y lo conocía desde antes de que los demás dioses hubieran aprendido su nombre.

Ivarn comprendió que la siguiente batalla no tendría lugar en ningún territorio concreto.

Tendría lugar en el espacio que separaba todas las cosas.

Mientras el séptimo comenzaba a descender hacia el mundo, el quinto dios recuperó lentamente parte de su conciencia.

Había sido debilitado, pero no destruido.

Y desde millones de mentes humanas llegó una única sensación.

Esperanza.

El quinto dios había descubierto que podía utilizar una emoción colectiva para reconstruirse.

La esperanza de sobrevivir.

La esperanza de recuperar a los dioses.

La esperanza de que Ivarn fracasara.

Cada una de aquellas emociones se convirtió en alimento.

Ivarn comprendió que había cometido otro error.

Había pensado que los dioses necesitaban fe.

No era exactamente así.

Necesitaban significado.

Mientras los seres humanos encontraran una razón para creer que aquellas entidades tenían un lugar en el universo, podrían seguir alimentándolas.

La única forma de destruir definitivamente a los dioses era eliminar aquello que los seres humanos habían construido alrededor de ellos.

No los templos.

No las estatuas.

No los rituales.

La idea.

Ivarn observó a la multitud.

Millones de personas miraban el cielo.

Por primera vez comprendió que matar a los dioses podía exigir algo mucho más terrible que destruir sus cuerpos.

Podía exigir cambiar la forma en que la humanidad comprendía su propia existencia.

Y el último dios ya había comenzado a impedirlo.

Porque mientras los hombres necesitaran una explicación para su miedo, siempre existiría un lugar para los dioses.

Ivarn se volvió hacia el horizonte.

El séptimo descendía.

El quinto despertaba.

Y en algún lugar más allá del espacio conocido, el octavo había comenzado a abrir los ojos.