El asesino de dioses Chapter 6
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Chapter 6

La ciudad enterrada

El despertar del quinto dios no produjo ninguna señal visible en el cielo ni alteró los océanos, las montañas o los ciclos de las estaciones.

Su llegada ocurrió dentro de millones de conciencias al mismo tiempo y, precisamente por eso, fue mucho más difícil de detectar.

Durante los primeros días nadie relacionó los cambios con la muerte de las cuatro divinidades anteriores.

Las personas comenzaron simplemente a experimentar pequeñas alteraciones en sus pensamientos, interrupciones breves en las cadenas de razonamiento, ideas que aparecían completas sin que pudieran recordar haber llegado hasta ellas y emociones que no parecían corresponder con las circunstancias que las provocaban.

Un campesino podía sentir una tristeza profunda mientras contemplaba un campo recién cosechado; una mujer podía experimentar una alegría inexplicable al observar una calle vacía; un soldado podía sentir una compasión repentina hacia un enemigo al que jamás había visto; un niño podía despertar durante la noche con la certeza de que alguien estaba pensando a través de él.

Ninguno de aquellos acontecimientos parecía peligroso por separado.

La mente humana producía constantemente pensamientos extraños, asociaciones inesperadas y cambios de ánimo, por lo que al principio los sacerdotes y los médicos atribuyeron las alteraciones al miedo provocado por la desaparición de los dioses.

El error consistió en considerar cada mente como una unidad independiente.

El quinto dios no estaba dentro de una persona.

Estaba dentro de la conexión entre todas ellas.

Durante siglos había utilizado la capacidad humana de compartir ideas como una red invisible.

No necesitaba controlar los pensamientos de cada individuo.

Le bastaba con influir ligeramente sobre una persona para que aquella idea pasara a otra, después a otra y finalmente a miles.

Una emoción podía convertirse en una creencia.

Una creencia podía convertirse en una tradición.

Una tradición podía transformarse en una ley.

Y una ley podía terminar afectando a generaciones enteras que jamás conocerían el origen de aquello que obedecían.

El quinto dios había comprendido hacía miles de años que la mente colectiva era más poderosa que cualquier ejército y mucho más estable que cualquier templo.

Mientras los demás dioses dependían de lugares concretos, sacrificios, rituales o fenómenos naturales, él podía alimentarse de algo mucho más abundante: la interpretación que los seres humanos hacían de la realidad.

Ivarn tardó varios meses en descubrirlo.

Durante aquel tiempo recorrió ciudades sin anunciar su presencia.

Había aprendido que perseguir directamente al quinto dios era inútil porque cada vez que se acercaba a una población podía sentir cientos de pensamientos que no pertenecían completamente a sus dueños.

En algunas ciudades encontraba personas que compartían exactamente la misma idea sin haberse conocido nunca.

En otras encontraba grupos enteros convencidos de acontecimientos que jamás habían sucedido.

También descubrió algo todavía más inquietante: algunas personas comenzaban a soñar con lugares que estaban a cientos de kilómetros de distancia y describían después detalles que no podían haber conocido.

El quinto dios estaba utilizando las mentes humanas para construir una especie de mapa.

Estaba aprendiendo.

Ivarn comprendió que el último dios ya no necesitaba observarlo desde lejos.

Podía observarlo a través de los hombres.

Aquella revelación cambió su manera de desplazarse.

Dejó de permanecer durante mucho tiempo en lugares habitados y comenzó a viajar por regiones despobladas.

Evitaba mirar directamente a los ojos de otras personas porque había descubierto que el quinto podía utilizar cualquier vínculo de atención como punto de acceso.

No se trataba de una posesión. Era algo más sutil.

Bastaba con que dos conciencias compartieran durante suficiente tiempo una emoción intensa para crear una conexión temporal. El dios podía introducirse por ella.

Ivarn no sentía miedo.

Pero sí cautela.

Sabía que el quinto poseía una ventaja que ninguno de los anteriores había tenido.

Conocía a la humanidad.

Conocía sus contradicciones, sus deseos, sus inseguridades y sus mecanismos de defensa.

Había observado durante miles de años cómo los seres humanos inventaban explicaciones para aquello que no comprendían.

Había visto surgir imperios y desaparecer civilizaciones.

Había influido en religiones, filosofías y sistemas políticos sin que nadie sospechara su intervención.

Ahora estaba utilizando todo ese conocimiento contra Ivarn.

La primera gran alteración ocurrió en la ciudad de Selkar.

Un millón de habitantes despertaron la misma mañana con una idea idéntica.

Todos estaban convencidos de que Ivarn debía morir.

No sabían por qué.

No conocían sus crímenes.

No habían visto jamás su rostro.

Pero estaban convencidos.

La noticia se extendió rápidamente.

Los gobiernos interpretaron aquello como un triunfo de la propaganda religiosa.

Las autoridades de varias regiones comenzaron a utilizar el fenómeno para justificar nuevas medidas de persecución.

Se organizaron patrullas, controles y grupos de búsqueda.

El nombre de Ivarn comenzó a aparecer en todas partes.

Aquello era exactamente lo que el quinto dios quería.

Cada vez que una persona pensaba en Ivarn, la conexión aumentaba.

Cada vez que alguien sentía miedo hacia él, el dios recibía información.

Cada vez que una multitud hablaba de su existencia, la presencia divina se fortalecía.

Ivarn comprendió entonces que luchar contra el quinto mediante la violencia solo lo haría más poderoso.

Necesitaba desaparecer de la mente humana.

Pero eso era prácticamente imposible.

Su nombre ya había sido pronunciado millones de veces.

Su rostro había sido representado en innumerables lugares.

Su historia se había convertido en una leyenda.

Y una leyenda, comprendió Ivarn, podía ser más peligrosa que un ejército.

Durante varios años no hizo nada.

Dejó que el mundo creyera que había huido.

Los gobiernos relajaron la búsqueda.

Los sacerdotes comenzaron a asegurar que Ivarn había muerto.

Las nuevas generaciones empezaron a olvidar los acontecimientos de Damar.

La vida recuperó lentamente una apariencia de normalidad.

Pero Ivarn no había desaparecido.

Había viajado hasta una región montañosa donde nadie vivía y había permanecido allí completamente aislado.

Durante aquel tiempo estudió su propia conciencia.

Intentó descubrir qué parte de sus pensamientos pertenecía realmente a él y qué parte podía haber sido influida por los dioses que lo habían creado.

El proceso fue doloroso.

Descubrió que muchas de sus decisiones no habían nacido de su propia voluntad.

Los dioses habían diseñado sus impulsos.

Habían introducido límites.

Habían determinado qué podía sentir y qué debía rechazar.

Incluso su deseo de destruirlos podía haber sido parte del diseño original.

Aquella posibilidad lo perturbó más que cualquier enemigo.

Si los dioses habían creado a Ivarn para mantener el equilibrio, quizá también habían previsto que algún día intentaría matarlos.

Quizá su rebelión era exactamente lo que ellos habían querido.

Quizá el asesino de dioses no era el enemigo.

Quizá era una pieza.

Ivarn pasó años buscando una respuesta.

Finalmente la encontró.

No dentro de sí mismo.

En la historia de los nueve.

Descubrió que cada dios había sido creado para desempeñar una función específica.

Vaelora representaba la vida.

El segundo representaba el movimiento.

El tercero representaba la estabilidad.

El cuarto representaba el tiempo.

El quinto representaba la conciencia.

Los cuatro restantes representaban fuerzas todavía más fundamentales.

Materia.

Energía.

Espacio.

Y voluntad.

Pero el noveno no representaba nada.

El noveno era el origen.

No era una divinidad creada.

Era aquello que había existido antes de que las otras fuerzas adquirieran forma.

Los dioses lo llamaban de diferentes maneras.

Los seres humanos jamás habían conocido su verdadero nombre.

Ivarn tampoco.

Hasta entonces.

La información apareció en su mente durante una noche sin estrellas.

No fue una voz.

No fue una visión.

Fue una comprensión repentina.

El nombre era imposible de traducir completamente a cualquier idioma humano.

Sin embargo, Ivarn entendió su significado.

Aquello que permanece cuando todo lo demás ha desaparecido.

El último dios.

El verdadero enemigo.

Ivarn comprendió por qué los otros ocho habían permitido que él existiera.

No lo habían creado únicamente para proteger el equilibrio.

Lo habían creado porque necesitaban a alguien capaz de matar a los demás cuando llegara el momento.

El último dios no podía hacerlo directamente.

Necesitaba un instrumento.

Ivarn había sido ese instrumento desde el principio.

La guerra que creía haber iniciado era en realidad una operación que había comenzado antes de su nacimiento.

El quinto dios intentó entrar en su mente en ese instante.

Ivarn lo sintió.

La presencia apareció como una presión detrás de sus pensamientos.

Durante unos segundos, dos conciencias ocuparon el mismo espacio.

El quinto intentó mostrarle miles de posibilidades.

En una, Ivarn destruía a los otros dioses y liberaba a la humanidad.

En otra, los dioses sobrevivían y mantenían el orden.

En otra, Ivarn moría.

En otra, se convertía en una divinidad.

En otra, descubría que toda su vida había sido una ilusión.

Ivarn rechazó todas las imágenes.

Había comprendido el método del quinto.

No intentaba controlar sus decisiones.

Intentaba conseguir que dudara de ellas.

Y la duda era una forma de control.

Ivarn respondió atacando la conexión misma.

No intentó destruir al quinto.

Cortó el vínculo.

Durante un instante, millones de personas dejaron de pensar simultáneamente.

En todo el continente hubo un silencio mental.

Las personas continuaron realizando sus actividades, pero desapareció la sensación de estar acompañadas por otra presencia.

El quinto dios perdió contacto con ellas.

Ivarn había encontrado su debilidad.

No podía ser destruido desde una mente.

Debía ser aislado de todas.

Durante los siguientes meses, Ivarn recorrió las principales ciudades del continente y alteró las estructuras que permitían la propagación de la influencia divina.

No destruyó bibliotecas, templos ni instituciones.

Hizo algo mucho más difícil. Introdujo pequeñas interrupciones en las redes sociales que el dios había construido durante siglos, provocando que determinadas ideas dejaran de transmitirse automáticamente de una generación a otra.

La influencia del quinto comenzó a disminuir.

Pero antes de desaparecer por completo, el dios realizó un último movimiento.

Utilizó a un millón de personas.

No para atacar a Ivarn.

Para revelar su posición.

En todas las ciudades, al mismo tiempo, miles de individuos comenzaron a caminar hacia el oeste.

No sabían por qué.

Simplemente avanzaban.

Los ejércitos siguieron sus movimientos.

Los gobiernos enviaron exploradores.

Los sacerdotes interpretaron el fenómeno como una señal.

Ivarn observó desde una montaña cómo una inmensa corriente humana se dirigía hacia una región que había permanecido deshabitada durante siglos.

Comprendió entonces que el quinto no estaba intentando encontrarlo.

Estaba intentando llevarlo hacia el sexto.

El dios de la materia.

Y cuando Ivarn miró hacia el horizonte, vio una montaña que no debería existir.

Había aparecido durante la noche.

Era tan grande que ocultaba parte del cielo.

En su interior había algo que llevaba millones de años esperando.

El sexto dios acababa de despertar.