Chapter 5
La ciudad enterrada
El norte comenzaba después de las últimas tierras cultivadas, allí donde los caminos dejaban de estar marcados y las montañas obligaban a las caravanas a dividirse en pequeños grupos capaces de atravesar los pasos estrechos.
Ivarn avanzó durante semanas sin encontrar una población importante.
El paisaje se transformaba lentamente a medida que se aproximaba a la región donde residía el cuarto dios.
Los árboles se hicieron más bajos, las noches más largas y el cielo adquirió una tonalidad extraña incluso durante las horas de mayor claridad.
Los animales evitaban aquellas tierras. Las aves migratorias modificaban sus rutas y los rebaños de las regiones fronterizas jamás se aproximaban a los valles septentrionales.
Los hombres que conocían la zona la llamaban el Territorio Quieto, aunque ningún mapa oficial utilizaba ese nombre.
Para los sacerdotes era una región sagrada.
Para los científicos era un fenómeno geográfico sin explicación.
Para Ivarn era simplemente el lugar donde el tiempo había dejado de obedecer completamente a las leyes conocidas.
La primera anomalía apareció cuando todavía faltaban varios días para alcanzar el núcleo de la región.
Ivarn caminaba por una llanura cubierta de hierba seca cuando vio una montaña a varios kilómetros de distancia.
Había pasado junto a aquella misma montaña unas horas antes, pero en aquella ocasión la había visto desde otro ángulo y calculó que se encontraba mucho más lejos.
No le dio importancia hasta que volvió a verla después de continuar avanzando durante varias horas.
La montaña seguía exactamente a la misma distancia.
Ivarn comprendió entonces que no era él quien estaba avanzando.
El terreno se estaba desplazando dentro del tiempo.
Continuó caminando.
Durante un intervalo que para él pareció de unas pocas horas, el sol salió y se ocultó siete veces.
Después volvió a amanecer una sola vez y permaneció en el cielo durante lo que parecieron varios días.
Ivarn no envejeció. Su cuerpo estaba protegido contra las alteraciones temporales de aquella región, aunque no porque poseyera una resistencia sobrenatural, sino porque su existencia no dependía completamente del flujo temporal convencional.
Aquella era una de las consecuencias de su origen.
Ivarn no había nacido de la manera en que nacían los seres humanos.
Había sido creado.
Mucho antes de las primeras civilizaciones, cuando los dioses todavía eran jóvenes y aún no habían aprendido a utilizar la fe como fuente de poder, existió una guerra entre ellos.
No había sido una guerra por territorios ni por pueblos.
Había sido una disputa sobre el control de las leyes que gobernaban la materia.
Algunos dioses habían querido alterar la estructura del tiempo.
Otros habían intentado modificar la naturaleza de la vida.
Un grupo menor había comprendido que cualquier modificación profunda podía destruir el mundo que pretendían gobernar.
De aquel conflicto surgió Ivarn.
No como arma.
Como límite.
Los dioses habían creado una entidad capaz de sobrevivir a las alteraciones que ellos mismos podían producir. Su propósito original era impedir que una divinidad adquiriera suficiente poder para destruir a las demás. Ivarn había sido diseñado para encontrar el desequilibrio y corregirlo.
Pero con el paso de los siglos había desarrollado algo que los dioses no habían previsto.
Voluntad propia.
Y después había descubierto la verdad sobre ellos.
El cuarto dios apareció cuando Ivarn alcanzó el centro del Territorio Quieto.
No surgió de la tierra.
El propio tiempo se detuvo.
Durante varios kilómetros, todo quedó inmóvil.
Una gota de agua suspendida en el aire permaneció congelada.
Una hoja que caía dejó de descender.
El viento desapareció.
Incluso la luz pareció avanzar con mayor lentitud.
Ivarn continuó caminando.
Cada paso lo acercaba a una zona donde el tiempo estaba completamente comprimido. En el centro se encontraba una llanura circular cubierta de hierba verde.
Era la única vegetación existente en kilómetros.
Ivarn sabía que el cuarto dios estaba allí.
La hierba comenzó a crecer.
No lentamente.
Creció miles de años en cuestión de segundos.
Los tallos se hicieron árboles.
Los árboles se convirtieron en bosques.
Los bosques envejecieron y se transformaron en materia seca.
Después todo volvió a ser hierba.
El ciclo se repitió.
Una vez.
Dos.
Cientos.
Ivarn observó el proceso.
El cuarto dios no tenía cuerpo.
Era el tiempo.
O, más exactamente, una inteligencia capaz de manipular el flujo temporal dentro de una región limitada.
Había utilizado aquella capacidad para protegerse.
Ningún ataque podía alcanzarlo porque cualquier agresión podía ser retrasada, acelerada o eliminada antes de producirse.
Ivarn necesitó cambiar de estrategia.
No podía matarlo dentro del tiempo.
Tenía que atacarlo desde fuera.
Se sentó en el centro de la llanura.
Y esperó.
No durante horas.
No durante días.
Esperó hasta que el propio dios comenzara a comprender que estaba siendo observado.
Entonces Ivarn hizo algo que ninguna criatura había intentado antes.
Separó su conciencia del momento presente.
Su cuerpo permaneció sentado.
Su mente retrocedió.
No hacia el pasado de su propia vida.
Mucho más atrás.
Hasta el instante en que los dioses habían creado el cuarto.
Allí encontró una versión distinta de la realidad.
Los nueve dioses todavía eran jóvenes.
No existían templos.
No existían humanos.
No existían religiones.
Los dioses estaban experimentando con las leyes fundamentales del universo.
El cuarto había sido creado a partir de una fracción del flujo temporal original.
Ivarn comprendió entonces su debilidad.
No podía destruir el tiempo.
Pero podía destruir la conciencia que había aprendido a utilizarlo.
Para conseguirlo necesitaba alcanzar el instante exacto de su creación.
No podía modificarlo.
Solo observarlo.
Y al observarlo, descubrió algo inesperado.
El cuarto dios no había sido creado por los otros ocho.
Había nacido accidentalmente.
Era una consecuencia de la primera alteración temporal.
Eso significaba que no estaba vinculado al resto de los dioses.
Y por tanto no podía transferir su esencia de la misma manera.
Ivarn regresó al presente.
El cielo había cambiado.
Habían transcurrido muchos años para el mundo exterior.
Pero para él solo habían pasado unos minutos.
La llanura estaba cubierta de ruinas.
El Territorio Quieto había envejecido.
Las montañas se habían erosionado.
Los bosques habían desaparecido.
Ivarn se levantó.
El cuarto dios intentó detenerlo.
El tiempo se aceleró alrededor de su cuerpo.
Pero Ivarn ya no pertenecía completamente a aquella corriente.
Caminó hacia el centro de la llanura.
Cada paso producía una alteración.
A su alrededor aparecieron versiones simultáneas del mismo lugar.
Una mostraba el pasado.
Otra el presente.
Otra un futuro posible.
Ivarn avanzó entre todas ellas.
Finalmente alcanzó el núcleo.
No encontró una criatura.
Encontró un instante.
Era un punto diminuto donde el tiempo se doblaba sobre sí mismo.
Ivarn extendió la mano.
Y lo tocó.
La región entera quedó inmóvil.
El cuarto dios desapareció.
No hubo explosión.
No hubo luz.
Simplemente dejó de existir la conciencia que gobernaba aquel lugar.
El tiempo volvió a avanzar.
Ivarn permaneció solo.
Pero algo había cambiado.
Había recibido información de la muerte del cuarto.
No mediante palabras.
Mediante una alteración en su propia estructura.
El último dios había aprendido otra parte de su naturaleza.
Ahora conocía la existencia del origen de Ivarn.
Y eso significaba que pronto podría comprender cómo destruirlo.
Ivarn comenzó a caminar hacia el sur.
Ya no quedaban cuatro dioses.
Quedaban cuatro.
El quinto se encontraba en el lugar más peligroso de todos.
No tenía templo.
No tenía territorio.
No tenía cuerpo.
Vivía dentro de la mente humana.
Desde hacía siglos, miles de personas habían recibido fragmentos de su conciencia sin saberlo. Habían sido artistas, gobernantes, científicos, criminales, sacerdotes y campesinos. Todos habían creído que sus pensamientos eran propios.
No lo eran completamente.
El quinto dios no controlaba las mentes.
Las habitaba.
Y ahora sabía que Ivarn iba hacia él.
Mientras el asesino descendía de las montañas, millones de personas comenzaron a experimentar una sensación desconocida.
No era miedo.
Era una certeza.
La certeza de que algo estaba observándolos desde el interior de sus propios pensamientos.
En todas las ciudades, hombres y mujeres comenzaron a detenerse en mitad de sus actividades.
Algunos olvidaron lo que estaban haciendo durante unos segundos.
Otros sintieron pensamientos que no reconocían.
Y unos pocos comprendieron algo terrible.
Dentro de sus mentes había otra presencia.
Una presencia que llevaba allí mucho antes de que ellos nacieran.
El quinto dios estaba despertando.
Y esta vez no necesitaba enfrentarse a Ivarn directamente.
Solo necesitaba conseguir que la humanidad dejara de distinguir entre sus propios pensamientos y los pensamientos de su enemigo.