El asesino de dioses Chapter 4
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Chapter 4

La ciudad enterrada

Damar había sido construida sobre una mentira tan antigua que nadie podía recordar quién la había pronunciado por primera vez.

Durante más de mil años sus habitantes habían creído que la ciudad había nacido alrededor de un antiguo asentamiento comercial levantado junto a una fuente subterránea, y los historiadores habían repetido aquella explicación porque las excavaciones realizadas a lo largo de generaciones parecían confirmarla.

Bajo las calles existían restos de viviendas primitivas, canales, depósitos de grano, antiguos talleres y enormes sistemas de conducción de agua que demostraban la presencia de una civilización anterior.

Sin embargo, todos aquellos restos pertenecían únicamente a las capas superiores de la historia.

Mucho más abajo existía otra ciudad, una ciudad que no había sido construida por seres humanos y que ningún arqueólogo había conseguido alcanzar porque cada excavación profunda encontraba roca compacta y completamente uniforme.

Los antiguos habitantes de Damar habían interpretado aquella roca como parte natural del subsuelo y habían levantado sobre ella sus edificios, sus templos, sus mercados y sus palacios.

Con el paso de los siglos, las nuevas generaciones habían olvidado incluso que debajo de sus casas existía una estructura diferente.

Habían construido sobre una presencia viva sin saberlo.

Cuando el primer latido recorrió la ciudad, las personas sintieron una vibración bajo las plantas de los pies.

Los edificios no llegaron a derrumbarse, pero miles de objetos cayeron de las estanterías y las lámparas comenzaron a oscilar.

En los barrios más antiguos aparecieron pequeñas grietas en las calles.

Las autoridades ordenaron evacuar determinadas zonas, pero pronto descubrieron que la perturbación se extendía por toda la ciudad.

No existía ningún punto seguro. Los sacerdotes afirmaron que el fenómeno constituía una manifestación del dios de la estabilidad, una divinidad que según las doctrinas oficiales sostenía el equilibrio de las tierras y protegía a las ciudades contra las catástrofes.

Aquella interpretación produjo una nueva oleada de fervor religioso y las multitudes se concentraron alrededor de los templos.

Muchos creyeron que el dios estaba despertando para enfrentarse al asesino que se aproximaba.

Ivarn observó la ciudad desde una colina situada al sur.

Podía ver las torres, las murallas y las enormes columnas de humo que se elevaban desde los barrios industriales.

Damar era demasiado grande para ser evacuada con rapidez.

Millones de personas se encontraban atrapadas dentro de sus límites y, aunque todavía no lo comprendían, el destino de la ciudad estaba relacionado directamente con la muerte del tercer dios.

Ivarn no entró inmediatamente.

Esperó hasta la caída de la noche.

Entonces descendió hacia las murallas.

Los soldados habían recibido órdenes de impedir su entrada.

No conocían su verdadero objetivo y probablemente tampoco habían recibido información suficiente sobre la naturaleza de aquello que protegían.

Para ellos, Ivarn era simplemente el responsable de la muerte de dos divinidades y, por tanto, el enemigo más peligroso que había existido.

Habían preparado barricadas, torres de vigilancia y grupos de arqueros.

Miles de hombres ocupaban las posiciones defensivas.

Ivarn avanzó.

No utilizó ninguna fuerza visible.

Los soldados que intentaron detenerlo simplemente fueron incapaces de mantener la voluntad de atacar. Algunos bajaron las armas. Otros se apartaron. Unos pocos intentaron disparar, pero las flechas cayeron antes de alcanzarlo. Ivarn siguió caminando hasta atravesar la muralla.

La ciudad estaba iluminada por miles de lámparas.

Nunca había visto una concentración humana semejante.

Damar parecía un organismo gigantesco cuyos habitantes constituían millones de pequeñas células moviéndose por arterias de piedra.

Las calles estaban abarrotadas. Las plazas estaban llenas de personas que rezaban.

Los templos permanecían abiertos y los sacerdotes realizaban ceremonias ininterrumpidas.

Ivarn caminó entre ellos.

Nadie sabía todavía que había entrado.

Durante varias horas avanzó hacia el centro de la ciudad siguiendo una dirección que no había aprendido de ningún mapa. No necesitaba mapas. El tercer dios estaba debajo de él y podía sentir su presencia.

Cada vez que avanzaba, la vibración aumentaba.

Las calles comenzaron a deformarse.

Algunas piedras se elevaban unos centímetros y después volvían a caer.

En ciertas zonas, las paredes parecían inclinarse lentamente.

La ciudad entera estaba empezando a perder estabilidad.

Ivarn comprendió entonces por qué el tercer dios había elegido aquel lugar.

No se encontraba simplemente debajo de Damar.

Era Damar.

La ciudad había sido construida alrededor de su conciencia.

Durante siglos, millones de personas habían caminado sobre él y habían utilizado su energía sin saberlo. El crecimiento de Damar había alimentado al dios. Cada nueva construcción, cada templo, cada carretera y cada población que se incorporaba a la ciudad había extendido su influencia.

La divinidad se alimentaba del orden.

Cuanto más grande y organizada era la ciudad, más fuerte se volvía.

Por eso Damar había crecido durante siglos sin sufrir grandes terremotos.

El dios mantenía unida la estructura.

Ahora estaba despertando porque había comprendido que Ivarn pretendía destruirlo.

La primera señal apareció poco después de la medianoche.

Todos los edificios de la ciudad se inclinaron exactamente en la misma dirección.

No se derrumbaron.

Se inclinaron.

Millones de personas salieron a las calles.

La visión resultaba imposible de comprender. Las torres permanecían erguidas pero ligeramente desplazadas, como si toda la ciudad hubiera adquirido una inclinación común.

Después llegó el segundo latido.

Esta vez el suelo se hundió.

Varias plazas desaparecieron bajo una nube de polvo.

El centro de Damar comenzó a descender lentamente.

Ivarn aceleró el paso.

Sabía que el dios estaba intentando protegerse.

Si conseguía hundir su núcleo a suficiente profundidad, incluso él tendría dificultades para alcanzarlo.

Llegó al centro de la ciudad antes del amanecer.

Allí se encontraba el templo principal.

Era una construcción enorme rodeada por cientos de columnas.

Su base ocupaba una superficie equivalente a varios campos y sus paredes estaban cubiertas de representaciones del dios de la estabilidad.

En todas las imágenes aparecía con forma humana, sentado sobre una montaña mientras sostenía el mundo entre sus manos.

Ivarn observó aquellas esculturas.

La representación era falsa.

El dios no tenía forma humana.

Nunca la había tenido.

Su verdadero cuerpo se encontraba debajo de toda la ciudad.

Ivarn apoyó una mano sobre el suelo.

La respuesta fue inmediata.

Una red de grietas apareció alrededor de sus pies.

No eran grietas comunes.

En el interior no había tierra.

Había luz.

Una luz blanca y fría que parecía proceder de una profundidad imposible.

Ivarn retiró la mano.

La ciudad volvió a latir.

Esta vez el movimiento fue tan intenso que cientos de edificios perdieron parte de sus estructuras superiores.

La multitud comenzó a huir.

Los sacerdotes abandonaron los templos.

Los soldados perdieron toda formación.

Damar dejó de ser una ciudad organizada y se convirtió en una masa humana desesperada.

Ivarn permaneció en el centro.

Sabía que no podía detener el proceso.

Si intentaba proteger la ciudad mientras destruía al dios, fracasaría en ambas cosas.

Tenía que elegir.

Y eligió al dios.

La tierra comenzó a abrirse.

No como resultado de una explosión, sino mediante una separación lenta y precisa. Las calles se dividieron. Las plazas descendieron. Las construcciones comenzaron a deslizarse hacia los lados. En el centro apareció una cavidad gigantesca.

Entonces surgió la primera parte del verdadero cuerpo.

Era una superficie mineral cubierta de estructuras semejantes a nervios.

Después apareció otra.

Y otra.

La masa continuó ascendiendo.

Durante varios minutos, la ciudad entera contempló algo que ninguna religión había representado jamás.

El dios era una criatura de dimensiones inimaginables.

Su cuerpo se extendía bajo kilómetros de tierra.

No tenía rostro.

No tenía brazos.

No tenía ojos.

Era una estructura viva formada por materia mineral, energía y conciencia.

Ivarn comprendió que destruirlo requeriría algo diferente.

No podía atacar su cuerpo.

Debía atacar aquello que lo convertía en dios.

Su vínculo con la humanidad.

Durante siglos, los habitantes de Damar habían alimentado aquella entidad mediante la creencia de que protegía la ciudad. Cada oración había reforzado su capacidad de mantener el equilibrio. Cada ceremonia había renovado su presencia.

Ivarn levantó ambas manos.

No hacia el dios.

Hacia la ciudad.

Una onda invisible atravesó Damar.

Los templos dejaron de funcionar.

Las estatuas perdieron su brillo.

Los símbolos religiosos se volvieron simples marcas sobre piedra.

Las personas sintieron que algo desaparecía de sus pensamientos.

No desaparecieron sus recuerdos.

No desapareció su inteligencia.

Desapareció una certeza.

La certeza de que existía alguien escuchándolos.

Durante unos segundos, millones de personas quedaron inmóviles.

Después el dios comenzó a debilitarse.

Su estructura mineral perdió cohesión.

La ciudad se estremeció.

Ivarn mantuvo las manos levantadas.

El dios intentó recuperar la fe de los habitantes mediante una última manifestación.

Miles de personas vieron imágenes diferentes.

Algunos contemplaron milagros.

Otros vieron seres luminosos.

Otros sintieron una presencia inmensa que parecía prometer protección.

Pero la conexión ya estaba rota.

La entidad perdió fuerza.

Su cuerpo comenzó a hundirse.

Ivarn no se detuvo.

La destrucción continuó durante horas.

Cuando salió el sol, el tercer dios había desaparecido.

Damar seguía en pie, aunque una parte considerable de la ciudad había quedado destruida.

Cientos de miles de personas habían perdido sus hogares.

Miles habían muerto.

Ivarn contempló las ruinas desde el centro.

No sintió satisfacción.

Nunca la había sentido después de una muerte.

Para él, matar a los dioses no era una venganza.

Era una operación necesaria.

Pero la muerte del tercero había revelado algo que los dos anteriores no habían mostrado.

El dios había dejado una marca en la conciencia colectiva de Damar.

Una marca que no desaparecía.

Ivarn se acercó a uno de los antiguos templos.

En el suelo encontró una inscripción que no había existido antes.

No había sido escrita por una mano humana.

Tampoco por el dios que acababa de morir.

La inscripción estaba formada por símbolos antiguos.

Ivarn los reconoció.

Eran los mismos que había visto en el Valle de Oria.

Pero esta vez el mensaje era diferente.

TRES HAN CAÍDO.

Debajo apareció una segunda línea.

CINCO PUEDEN MORIR.

Y una última.

UNO APRENDE.

Ivarn permaneció observándola.

Comprendió entonces que el último dios no estaba esperando.

Estaba evolucionando.

Cada divinidad que Ivarn destruía transfería una parte de su conocimiento al último.

El enemigo se hacía más inteligente con cada muerte.

Aquello convertía su misión en una carrera.

Si esperaba demasiado, el último dios aprendería a defenderse.

Si aceleraba demasiado, podía provocar una catástrofe que destruyera la humanidad junto con las divinidades.

Ivarn abandonó Damar antes del anochecer.

Su siguiente destino se encontraba mucho más al norte.

Allí el tiempo no avanzaba como en el resto del mundo.

El cuarto dios había elegido un territorio donde las horas podían durar años y los años podían desaparecer en segundos.

Y mientras Ivarn se dirigía hacia aquella región, algo empezó a suceder en lugares que jamás había visitado.

Personas desconocidas comenzaron a soñar exactamente con la misma figura.

No conocían su rostro.

No sabían su nombre.

Pero todos la veían de pie sobre una extensión infinita de oscuridad.

La figura observaba las tres muertes divinas.

Y cada vez que uno de los dioses caía, aquella presencia aprendía algo nuevo.

Al principio había aprendido a reconocer a Ivarn.

Después había aprendido a comprender su método.

Finalmente comenzó a estudiar su debilidad.

La humanidad.

El último dios había descubierto que Ivarn podía matar a los dioses.

Pero también había descubierto algo mucho más importante.

Ivarn no podía permitir que murieran millones de seres humanos.

Y aquella era la primera grieta real en su poder.