Chapter 3
La ciudad que dejó de rezar
El océano había cambiado desde la muerte de Vaelora.
No de una manera que pudiera ser registrada fácilmente por los navegantes, porque las costas continuaban donde siempre habían estado y las mareas todavía obedecían ciclos reconocibles, pero existía una alteración más profunda que los marineros percibían sin poder explicarla.
Las aguas parecían demasiado quietas durante algunas horas del día y excesivamente agitadas durante otras, como si el mar hubiera comenzado a respirar siguiendo un ritmo desconocido.
En determinados puntos aparecían extensiones de agua completamente inmóviles en las que ni siquiera el viento conseguía formar ondas, mientras que en otros lugares surgían corrientes que arrastraban barcos enteros en direcciones contrarias a las rutas conocidas.
Las autoridades marítimas atribuyeron aquellos fenómenos a cambios climáticos, pero los navegantes veteranos sabían que no se trataba de eso.
El mar había perdido algo. Durante generaciones los sacerdotes habían asegurado que la gran divinidad oceánica protegía a quienes respetaban las antiguas leyes de navegación, y los capitanes acostumbraban a realizar ceremonias antes de abandonar los puertos.
Ahora esas ceremonias habían desaparecido porque nadie sabía si quedaba alguien al otro lado de las plegarias.
Ivarn llegó a la costa occidental después de doce días de viaje.
No buscó ningún puerto.
Se dirigió hacia una región de acantilados donde las rocas descendían directamente hacia aguas profundas.
Desde allí podía contemplarse el horizonte sin obstáculos y observar el comportamiento de las mareas.
Permaneció allí durante tres noches, estudiando el movimiento del agua y esperando una señal que no llegó desde el cielo, sino desde las profundidades.
Durante la cuarta madrugada, el océano comenzó a retroceder.
No fue una retirada gradual.
El agua se apartó con una velocidad imposible y dejó al descubierto una enorme extensión de fondo marino.
Peces y criaturas quedaron atrapados sobre la arena húmeda, pero Ivarn no les prestó atención.
A varios kilómetros de la costa apareció una estructura circular que hasta entonces había permanecido cubierta por el océano.
Era gigantesca y estaba construida con un material oscuro que no parecía piedra ni metal.
Sus dimensiones podían compararse con las de una ciudad entera.
Ivarn descendió del acantilado.
Avanzó sobre el fondo marino.
El suelo estaba cubierto de restos de barcos antiguos, esqueletos de animales y objetos que habían permanecido siglos bajo el agua. Ninguno de ellos le interesó. Su atención estaba fija en la estructura.
Cuando estuvo cerca, percibió la presencia.
El segundo dios.
No estaba dentro de la estructura.
La estructura era el dios.
Durante miles de años los hombres habían imaginado a la divinidad oceánica como una criatura gigantesca que habitaba bajo las aguas, pero esa imagen había sido una simplificación creada por sacerdotes incapaces de comprender su verdadera naturaleza.
El dios era una inteligencia distribuida a través de una masa material que se extendía bajo el océano.
Su conciencia ocupaba kilómetros de roca, coral, sedimentos y estructuras artificiales. No tenía un cuerpo único.
Por eso no podía ser asesinado de la misma manera que Vaelora.
Ivarn lo sabía.
La estructura comenzó a emitir una vibración.
No fue un sonido.
Fue una presión.
El aire alrededor del hombre se hizo pesado y el fondo marino empezó a temblar. Las criaturas que todavía permanecían sobre la arena huyeron hacia las zonas profundas. Ivarn permaneció inmóvil.
La superficie de la estructura se abrió.
No apareció una entrada ni una cavidad. Simplemente una sección completa de materia se separó y dejó visible un interior formado por miles de capas superpuestas. En cada una de ellas había símbolos similares a los encontrados en el Valle de Oria.
Ivarn observó aquellos símbolos.
El dios estaba intentando mostrarle algo.
No era una amenaza.
Era una advertencia.
Las imágenes comenzaron a aparecer en la mente de Ivarn sin convertirse en recuerdos personales.
Vio el nacimiento de las primeras ciudades, los primeros templos, los primeros sacerdotes y las primeras generaciones que descubrieron que podían obtener pequeñas ventajas mediante determinados ritos.
Vio cómo las religiones crecían y cómo los dioses aprendían a utilizar la fe como alimento.
Vio también algo que no había conocido hasta entonces.
Los dioses tenían miedo.
No de los hombres.
De aquello que existía por encima de ellos.
La visión cambió.
Apareció un espacio sin estrellas.
En él flotaban nueve formas.
Las nueve divinidades mayores.
Pero detrás de ellas había una sombra mucho más grande.
Ivarn comprendió que los nueve dioses no habían creado las reglas que gobernaban su existencia. Ellos también estaban sujetos a ellas.
La sombra era la verdadera fuente.
El último.
El que no podía ser asesinado.
Ivarn retrocedió un paso.
Por primera vez comprendió que su plan contenía un error fundamental.
Había pensado que los dioses constituían la cima de la estructura.
No era así.
Eran una capa intermedia.
La humanidad se encontraba debajo de ellos.
Y algo más se encontraba encima.
El segundo dios intentó mostrarle el futuro.
Ivarn rechazó la visión.
No quería conocerlo.
Sabía que las visiones del futuro podían convertirse en trampas. Quien veía demasiado pronto un acontecimiento podía terminar actuando para evitarlo y, al hacerlo, provocar precisamente aquello que intentaba impedir.
La estructura comenzó a cerrarse.
Ivarn colocó ambas manos sobre su superficie.
Esta vez la reacción fue inmediata.
La oscuridad se extendió desde sus dedos.
Las capas interiores comenzaron a perder cohesión.
El dios reaccionó.
El océano regresó con una fuerza monstruosa.
Una pared de agua avanzó hacia la costa.
Ivarn permaneció frente a ella.
La ola alcanzó la estructura y se levantó cientos de metros por encima del fondo marino.
Durante unos segundos pareció que todo el océano iba a caer sobre el hombre.
Entonces Ivarn desapareció.
No murió.
Se trasladó.
Su cuerpo apareció en lo alto del acantilado justo cuando la masa de agua golpeaba la estructura.
El impacto pudo escucharse a decenas de kilómetros.
La costa entera tembló.
El mar recuperó su posición.
Durante varias horas no ocurrió nada.
Después comenzaron a aparecer grietas en la superficie del océano.
No en el agua.
En la realidad.
Eran líneas verticales que descendían desde la superficie hacia las profundidades y permanecían visibles como cortes de oscuridad.
Los pescadores que las observaron desde la distancia pensaron que se trataba de tormentas lejanas.
Los astrónomos las confundieron con sombras producidas por nubes.
Pero Ivarn sabía lo que estaba sucediendo.
El segundo dios estaba muriendo.
No de golpe.
A diferencia de Vaelora, cuya esencia había sido extinguida mediante un único procedimiento, la conciencia oceánica necesitaba ser destruida capa por capa.
Ivarn permaneció en el acantilado durante tres días.
No durmió.
No comió.
No se movió.
Observó cómo el océano iba perdiendo lentamente su comportamiento natural.
Las mareas dejaron de coincidir con los ciclos de la luna.
Las corrientes se detuvieron.
Los grandes animales marinos comenzaron a migrar hacia el sur.
Finalmente, durante la tercera noche, todo el océano quedó inmóvil.
El segundo dios había muerto.
En ese mismo instante, miles de templos situados en las costas se derrumbaron.
No porque hubieran sido atacados.
Porque las piedras utilizadas para construirlos habían perdido la propiedad que durante siglos las había mantenido unidas.
Los sacerdotes lo interpretaron como una señal.
Esta vez no hubo duda.
Otro dios había caído.
Ivarn contempló el mar.
Sabía que había conseguido una victoria.
Pero también sabía que había pagado un precio.
El segundo dios había transmitido parte de su conocimiento antes de morir.
Ahora Ivarn conocía la ubicación del tercero.
Se encontraba bajo una ciudad.
Una ciudad que todavía no sabía que había sido construida sobre el cuerpo de una divinidad.
Su nombre era Damar.
Y en Damar vivían más de dos millones de personas.
Ivarn emprendió el viaje hacia allí.
Mientras avanzaba por las tierras interiores, comenzaron a llegar noticias de que los gobiernos habían dejado de intentar capturarlo individualmente.
Los ejércitos se estaban reuniendo. Varias naciones habían firmado acuerdos para formar una alianza destinada a detenerlo.
Los sacerdotes habían declarado que su existencia representaba una amenaza para toda forma de vida y que la destrucción de los dioses debía ser considerada el mayor crimen posible.
Ivarn no intentó defenderse de aquellas acusaciones.
Sabía que ninguna explicación sería suficiente.
Los hombres tenían miedo.
Y el miedo siempre buscaba una forma sencilla de entender aquello que no podía comprender.
En las fronteras comenzaron a levantarse fortificaciones.
En las plazas aparecieron ejecuciones públicas.
Los templos volvieron a llenarse.
Pero esta vez las plegarias tenían un propósito diferente.
Los hombres ya no rezaban para recibir protección.
Rezaban para que los dioses sobrevivieran.
La ironía no pasó inadvertida para Ivarn.
Durante miles de años los dioses habían exigido veneración.
Ahora necesitaban desesperadamente la fe de los hombres para mantenerse vivos.
Y cuanto más miedo provocaban, más intensamente eran venerados.
El sistema que Ivarn intentaba destruir estaba empezando a defenderse solo.
La humanidad se había convertido en el último alimento de los dioses.
Por eso, cuando Ivarn llegó a las proximidades de Damar, encontró una ciudad completamente transformada.
Las calles estaban llenas de altares.
Las plazas estaban ocupadas por multitudes.
Los sacerdotes habían levantado estructuras provisionales en cada barrio.
Millones de personas rezaban simultáneamente.
Y debajo de ellas, muy por debajo de las calles, algo gigantesco comenzó a despertar.
Ivarn se detuvo.
La tierra vibró.
No hubo terremoto.
No hubo desplazamiento de placas.
Fue un latido.
Uno solo.
Pero bastó para que toda la ciudad comprendiera que algo estaba vivo bajo sus pies.
Ivarn cerró los ojos.
El tercer dios había despertado.
Y esta vez no estaba dispuesto a morir en silencio.