El asesino de dioses Chapter 2
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Chapter 2

La ciudad que dejó de rezar

Durante los primeros meses que siguieron a la desaparición de Vaelora, el mundo no supo cómo comportarse.

Las instituciones que durante siglos habían organizado la vida de los hombres alrededor de la existencia de los dioses continuaron funcionando por inercia, como enormes máquinas cuyo mecanismo central hubiera sido retirado sin que nadie hubiera tenido tiempo de detener las piezas restantes.

Los sacerdotes siguieron celebrando ceremonias, aunque cada vez asistían menos personas, y los gobernantes continuaron enviando ofrendas a los templos porque admitir públicamente que aquellas ofrendas carecían de destinatario habría significado reconocer que el orden político entero estaba construido sobre una verdad que quizá había dejado de existir.

Los campesinos siguieron sembrando, los comerciantes continuaron atravesando las rutas y los ejércitos mantuvieron sus posiciones en las fronteras, pero debajo de aquella apariencia de normalidad se había instalado una inquietud que ningún decreto podía contener.

Por primera vez en la historia registrada, los seres humanos habían descubierto que podían imaginar un universo sin dioses y que aquella imaginación no producía necesariamente el fin inmediato del mundo.

Ivarn caminó durante cuarenta días hacia el norte.

No utilizó las grandes carreteras imperiales porque estaban vigiladas por soldados que buscaban cualquier señal relacionada con él.

Tampoco siguió las rutas de peregrinación, pues los templos habían convertido a sus propios fieles en informadores y ofrecían recompensas por cualquier noticia sobre el hombre que había pronunciado la sentencia de muerte de Vaelora.

Atravesó regiones agrícolas, bosques, llanuras pedregosas y pequeñas poblaciones donde nadie conocía su identidad.

Durante aquel viaje comenzó a comprender que la caída de una divinidad no había producido únicamente miedo.

También había liberado algo que había permanecido reprimido durante generaciones.

En algunas aldeas, los habitantes habían dejado de pagar tributos a los templos.

En otras, habían comenzado a destruir las estatuas.

No lo hacían por odio.

Lo hacían porque las estatuas ya no significaban lo mismo.

Aquello preocupó mucho más a los sacerdotes que cualquier revuelta armada.

Una revuelta podía ser sofocada.

La pérdida de la fe no.

Los sacerdotes sabían que podían castigar a un hombre, incendiar una aldea o ejecutar a un grupo de rebeldes, pero no podían obligar a millones de personas a recuperar una certeza que acababa de quebrarse.

Durante siglos habían enseñado que la existencia de los dioses era la raíz de todas las leyes.

Ahora la primera muerte divina había convertido aquella enseñanza en una amenaza contra quienes la habían pronunciado.

Los gobernantes reaccionaron con violencia.

El emperador de Orveth ordenó que todos los templos fueran protegidos por unidades militares.

La reina de Narevia declaró que cualquier persona que afirmara que los dioses podían morir sería considerada enemiga del Estado.

En las provincias orientales, varios gobernadores comenzaron a utilizar la religión como argumento para reclutar soldados.

Se decía que Ivarn pretendía exterminar a las nueve divinidades y que, una vez conseguido aquello, destruiría la humanidad para ocupar el lugar de los seres que había eliminado.

Nadie sabía de dónde había surgido esa historia.

Pero se propagó con una velocidad extraordinaria.

En las ciudades aparecieron dibujos del supuesto asesino.

Algunos lo representaban como un monstruo cubierto de escamas.

Otros le daban alas, cuernos o varias cabezas.

En los mercados circulaban relatos que aseguraban que podía detener el movimiento del sol o convertir a los hombres en ceniza con una mirada.

Los niños comenzaron a conocer su nombre antes incluso de comprender qué era un dios.

Mientras tanto, Ivarn continuaba avanzando.

No parecía interesado en las noticias que hablaban de él.

Su destino era una región situada más allá de las montañas septentrionales, una extensión de territorio conocida antiguamente como el Valle de Oria.

Nadie vivía allí desde hacía casi dos siglos.

Las expediciones enviadas para cartografiarlo habían regresado siempre con mapas incompletos y testimonios contradictorios.

Los antiguos textos religiosos lo describían como un lugar maldito, aunque ninguno especificaba la naturaleza de la maldición.

Ivarn sabía exactamente qué había allí.

La entrada al valle estaba rodeada por montañas negras cuya superficie no mostraba vegetación. Las rocas tenían una textura extraña, casi metálica, y reflejaban la luz de una manera irregular. No existían animales en aquella región. Tampoco insectos. Incluso el viento parecía evitarla.

Ivarn cruzó el límite al amanecer.

El cambio fue inmediato.

No sintió dolor ni miedo, pero percibió una presión en el cuerpo que había conocido muchas veces antes. Era la misma sensación que experimentaba cuando se aproximaba a una presencia divina.

Solo que allí no había ninguna.

Aquello significaba que una de las otras ocho divinidades había pasado por aquel lugar.

Y había dejado una parte de sí misma.

El valle descendía durante varios kilómetros hasta alcanzar una enorme llanura cubierta de hierba gris.

En el centro se levantaba una formación rocosa que parecía haber crecido desde el suelo.

No tenía forma natural. Parecía una columna gigantesca, aunque su superficie estaba cubierta de pequeñas cavidades.

Ivarn se acercó.

Cada cavidad contenía un símbolo.

Los reconoció inmediatamente.

Eran nombres.

No nombres humanos.

Nombres de dioses.

Había cientos.

Algunos pertenecían a divinidades veneradas en civilizaciones desaparecidas. Otros no aparecían en ningún registro conocido. Algunos correspondían a entidades que, según las doctrinas oficiales, jamás habían existido.

Ivarn recorrió la superficie con los ojos.

Encontró nueve nombres grabados en la parte superior.

Los nueve dioses mayores.

Uno de ellos estaba completamente destruido.

Vaelora.

Los otros ocho permanecían intactos.

Ivarn cerró los ojos.

Durante unos segundos, el valle quedó en silencio absoluto.

Entonces recordó algo que no era un recuerdo.

Era conocimiento.

Una verdad que había existido antes que él.

Los dioses no habían nacido cuando los hombres comenzaron a adorarlos.

Habían existido mucho antes.

Pero tampoco habían creado el mundo.

Eso era una mentira que ellos mismos habían construido.

El mundo había existido antes que los dioses.

Y antes que el mundo había existido otra cosa.

Una fuerza sin voluntad humana, sin forma y sin nombre.

Aquella fuerza había producido vida.

Había producido materia.

Había producido conciencia.

Y, finalmente, había producido a los dioses.

Pero los dioses habían cometido un error.

Habían confundido creación con propiedad.

Durante miles de años habían utilizado las civilizaciones humanas como fuentes de energía.

Cada oración, cada sacrificio, cada ceremonia y cada acto de veneración alimentaba algo dentro de ellos.

Cuanto más creían los hombres, más fuertes se volvían.

Cuanto más fuertes se volvían, más podían intervenir sobre la realidad.

La humanidad había pensado que rezaba para recibir favores.

En realidad, estaba alimentando a sus propios dioses.

Ivarn había descubierto aquella verdad mucho tiempo atrás.

Pero conocerla no había sido suficiente.

Había necesitado encontrar una manera de destruirlos.

Y esa manera había costado siglos.

El primer dios había muerto porque Vaelora había intentado recuperar el control sobre una región donde Ivarn había alterado deliberadamente las condiciones que sostenían su existencia. Había sido un experimento.

Un experimento exitoso.

Ahora quedaban ocho.

Y cada uno era diferente.

El segundo habitaba en el océano.

El tercero estaba enterrado bajo una ciudad.

El cuarto controlaba una región donde el tiempo avanzaba de forma irregular.

El quinto existía dentro de la mente de miles de personas.

El sexto se encontraba en el corazón de una montaña.

El séptimo había abandonado el mundo físico.

El octavo dormía bajo una llanura.

El noveno era el único que conocía la existencia de Ivarn desde el principio.

Ese último era el más peligroso.

Ivarn abrió los ojos.

La columna de piedra había comenzado a cambiar.

Los símbolos se desplazaban lentamente.

No era un movimiento físico. Era como si la materia estuviera intentando reorganizarse alrededor de una nueva información.

El nombre de Vaelora desapareció.

En su lugar apareció otro.

Ivarn.

Durante un instante, el hombre permaneció completamente inmóvil.

Después observó el nombre sin sorpresa.

Sabía que aquel momento llegaría.

Los dioses habían empezado a darse cuenta de lo que estaba ocurriendo.

Y ahora sabían quién los estaba matando.

La superficie de la columna volvió a cambiar.

Aparecieron ocho nombres.

Después nueve.

Y debajo de todos ellos surgió una frase.

EL ÚLTIMO NO SERÁ ASESINADO.

Ivarn comprendió inmediatamente el significado.

El último dios no podía morir de la misma manera que los demás.

No porque fuera más poderoso.

Sino porque no era realmente un dios.

Era algo anterior.

Algo que había permanecido oculto incluso para las otras ocho divinidades.

Algo que había utilizado a los dioses como intermediarios durante miles de años.

Ivarn contempló la frase durante largo tiempo.

Por primera vez desde que había iniciado su viaje, mostró una expresión cercana al cansancio.

El asesinato de los dioses había sido solo el principio.

La verdadera guerra todavía no había comenzado.

Aquella noche abandonó el valle y tomó dirección hacia el oeste.

Su próximo destino era el océano.

Allí se encontraba el segundo.

Y el segundo dios ya sabía que Ivarn estaba llegando.