El asesino de dioses Chapter 1
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El asesino de dioses

El asesino de dioses

Por Antonio Navarro Rivera

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Chapter 1

EL ASESINO DE DIOSES

EPISODIO I

La ciudad que dejó de rezar

Durante trescientos años, la ciudad de Arkenia había vivido bajo la certeza de que los dioses observaban cada uno de sus actos, no como jueces distantes que aguardaban el momento de castigar, sino como presencias permanentes cuya existencia se manifestaba en el movimiento de los astros, en las cosechas, en las enfermedades, en los nacimientos y en las guerras que de tanto en tanto reducían a cenizas las regiones fronterizas.

Nadie había visto jamás a uno de ellos con claridad, pero aquella ausencia de pruebas nunca había sido considerada una debilidad de la fe, porque en Arkenia no se necesitaba contemplar a los dioses para creer en ellos, del mismo modo que nadie necesitaba contemplar el viento para saber que estaba atravesando los campos.

Había templos levantados en las plazas, santuarios excavados en las montañas y enormes construcciones circulares en las afueras de las ciudades donde los sacerdotes estudiaban el cielo y calculaban las fechas en las que debían celebrarse los ritos destinados a mantener el equilibrio entre el mundo de los hombres y aquello que existía por encima de él.

Las familias aprendían desde la infancia los nombres de las nueve divinidades mayores y de las incontables entidades menores que dependían de ellas, y durante generaciones nadie había cuestionado seriamente la estructura de aquella religión porque cuestionarla habría significado cuestionar el orden mismo del universo.

Sin embargo, una mañana de finales de invierno, los nueve campanarios del centro de Arkenia dejaron de sonar al mismo tiempo.

No hubo terremoto, tormenta ni incendio.

Los campanarios permanecieron intactos y los mecanismos continuaron funcionando, pero las campanas no produjeron sonido alguno.

Los sacerdotes fueron los primeros en advertirlo porque se encontraban preparados para la ceremonia del amanecer, una ceremonia repetida durante siglos en la que el primer sonido metálico del día debía anunciar que el mundo seguía sometido a la vigilancia divina.

Aquella mañana, los hombres encargados de accionar las enormes estructuras de bronce tiraron de las cuerdas con toda la fuerza de sus cuerpos y vieron cómo las campanas se movían, pero del metal no surgió ninguna vibración audible.

El movimiento podía contemplarse desde las plazas inferiores, las cuerdas podían sentirse tensas entre las manos y el bronce podía verse oscilar en el interior de las torres, pero el silencio permaneció absoluto.

Al principio se creyó que se trataba de una anomalía.

Después se creyó que era una señal.

Finalmente, cuando los sacerdotes intentaron invocar a las nueve divinidades y ninguna de las ceremonias produjo respuesta, comenzó a extenderse una palabra que durante mucho tiempo había pertenecido exclusivamente a las leyendas más antiguas: muerte.

No se decía que los dioses estuvieran enfadados, porque el enfado suponía todavía una presencia.

No se decía que hubieran abandonado la ciudad, porque el abandono suponía que seguían existiendo en algún lugar desde el cual podían decidir regresar.

Lo que comenzó a insinuarse en los barrios pobres, en los mercados y entre los trabajadores que descargaban mercancías en los muelles fue mucho más terrible.

Algunos empezaron a pensar que los dioses habían muerto.

La idea resultaba tan absurda que durante los primeros días nadie se atrevió a pronunciarla en público.

La religión de Arkenia había enseñado que las divinidades no podían morir porque no estaban sometidas al mismo tiempo que los seres humanos.

Podían desaparecer temporalmente de la percepción de los hombres, podían retirar sus bendiciones, podían castigar civilizaciones enteras y podían permanecer siglos sin manifestarse, pero jamás podían morir.

La muerte era una propiedad de la materia, y los dioses pertenecían a un orden superior.

Aquella distinción había constituido uno de los fundamentos más antiguos de la teología.

Por eso, cuando los primeros sacerdotes comenzaron a comprobar que los rituales habían perdido su eficacia, buscaron explicaciones alternativas.

Hablaron de una perturbación cósmica, de una enfermedad espiritual, de una conjunción extraordinaria de los astros y hasta de una posible contaminación de los templos.

Durante semanas realizaron ceremonias cada vez más complejas, utilizando sustancias sagradas, cantos ancestrales y fórmulas que únicamente conocían los miembros más altos de la jerarquía religiosa, pero nada cambió.

Los dioses permanecieron en silencio.

Y el silencio comenzó a extenderse.

Primero desaparecieron los milagros pequeños.

Las heridas que durante siglos habían sanado después de determinadas plegarias dejaron de hacerlo.

Las cosechas bendecidas por los sacerdotes comenzaron a producir menos alimento.

Los enfermos que acudían a los templos regresaban con la misma fiebre con la que habían llegado.

Después desaparecieron los milagros grandes.

Los navegantes dejaron de recibir señales en las noches de tormenta.

Los sacerdotes que afirmaban conocer la voluntad divina dejaron de tener visiones.

Los astrónomos religiosos descubrieron que las posiciones de ciertas estrellas ya no coincidían con las predicciones transmitidas por sus maestros.

Finalmente, incluso los fenómenos considerados eternos empezaron a comportarse de manera extraña.

El primer gran río de Arkenia cambió su curso.

No lo hizo de golpe. Durante varios meses comenzó a desplazarse lentamente hacia el este, como si una fuerza invisible estuviera modificando la pendiente del terreno.

Los ingenieros intentaron contenerlo construyendo diques y canales, pero el agua continuó avanzando en una dirección que no correspondía a ninguna ley conocida.

Las autoridades enviaron expediciones para descubrir la causa y regresaron con informes contradictorios.

Algunos aseguraban haber encontrado zonas donde la gravedad parecía ligeramente alterada.

Otros hablaban de regiones donde las plantas crecían hacia el suelo en lugar de hacerlo hacia el cielo.

Un tercer grupo describió montañas cuyos perfiles parecían diferentes cada vez que eran observadas desde cierta distancia.

Fue entonces cuando apareció el hombre.

No llegó a Arkenia por ninguno de los caminos principales y nadie pudo determinar con exactitud de dónde procedía.

Su nombre era Ivarn y no pertenecía a ninguna familia conocida, a ninguna orden religiosa ni a ninguna casa noble.

Tenía aproximadamente cuarenta años, aunque su rostro podía haber pertenecido tanto a un hombre diez años más joven como a uno veinte años mayor.

Era alto, extremadamente delgado y caminaba con una lentitud que no parecía causada por cansancio, sino por una especie de concentración permanente.

Su cabello era negro y estaba cortado de manera irregular, como si él mismo lo hubiera recortado con una hoja poco afilada.

En el lado izquierdo del rostro tenía una cicatriz estrecha que comenzaba cerca de la sien y descendía hasta la mandíbula, pero no parecía reciente.

Lo más inquietante no era su aspecto, sino la ausencia absoluta de cualquier símbolo religioso en sus ropas.

En una ciudad donde incluso los campesinos llevaban pequeñas representaciones de las divinidades cosidas al cuello, aquella ausencia llamaba inmediatamente la atención.

Ivarn atravesó los barrios exteriores sin detenerse y llegó hasta la parte más antigua de la ciudad, donde se encontraba el templo dedicado a Vaelora, diosa de la vida, la fertilidad y la renovación.

El templo había sido construido con piedra blanca y ocupaba una superficie enorme.

Sus columnas estaban cubiertas de relieves que representaban árboles, cuerpos humanos y criaturas nacidas de la tierra.

Durante siglos había sido considerado uno de los lugares más sagrados del continente, y cientos de sacerdotes vivían dentro de sus límites.

Aquella tarde había miles de personas reunidas frente al templo.

No rezaban.

Esperaban.

La multitud había acudido porque corría el rumor de que el consejo sacerdotal realizaría una ceremonia definitiva destinada a recuperar la presencia de Vaelora.

Nadie sabía exactamente qué significaba aquello, pero la desesperación había convertido cualquier promesa en una esperanza.

Había comerciantes, soldados, ancianos, mujeres con niños y campesinos que habían viajado durante días.

Algunos llevaban alimentos para ofrecer.

Otros portaban animales destinados al sacrificio.

Muchos simplemente permanecían inmóviles contemplando las escaleras.

Ivarn atravesó la multitud sin pedir permiso.

Nadie supo por qué los demás se apartaron.

No hubo amenaza ni gesto violento. Las personas simplemente sintieron, al verlo avanzar, que era mejor dejarlo pasar. Algunos observaron su rostro y después bajaron la mirada. Otros se persignaron siguiendo el antiguo signo de las nueve divinidades. Ivarn no reaccionó ante ninguno de ellos.

Cuando llegó al pie de las escaleras del templo, se detuvo.

Por encima de él se alzaban las enormes puertas de bronce del santuario, decoradas con escenas de la creación del mundo.

No eran un símbolo de misterio ni un elemento destinado a ocultar algo.

Eran simplemente la entrada monumental a un lugar sagrado, abierta durante las ceremonias y cerrada durante la noche.

Ivarn levantó la mirada hacia los relieves y permaneció inmóvil durante varios segundos.

Después apoyó una mano sobre la piedra de la primera columna.

La multitud guardó silencio.

No ocurrió nada.

Durante un instante pareció que el hombre había cometido un error y que todo aquello no era más que una escena absurda producida por el cansancio de una ciudad aterrorizada. Entonces la piedra comenzó a oscurecerse bajo sus dedos.

La transformación avanzó lentamente.

Una línea negra recorrió la columna desde el punto de contacto hasta la parte superior.

Después se dividió en cientos de ramificaciones y comenzó a extenderse por las otras columnas.

La piedra no se rompía. No ardía. No producía humo.

Simplemente perdía su color, como si algo estuviera extrayendo de ella una sustancia invisible.

Los sacerdotes salieron del templo.

Eran veintisiete.

El primero llevaba las vestiduras de la máxima autoridad religiosa de Vaelora y descendió las escaleras con el rostro desencajado. Los demás lo siguieron formando una línea irregular. Ninguno parecía comprender lo que estaba sucediendo.

Ivarn retiró la mano.

Entonces habló por primera vez.

Su voz fue baja y no necesitó elevarse para que la escucharan miles de personas.

—Vaelora ya no existe.

El sacerdote principal se quedó inmóvil.

No respondió.

Ivarn continuó observando la fachada.

—Y no es la primera.

El miedo que recorrió la multitud fue diferente al de los días anteriores. Hasta entonces habían temido que los dioses hubieran desaparecido. Ahora tenían delante a un hombre que hablaba de ellos como si conociera su destino.

El sacerdote principal levantó lentamente una mano.

Los soldados apostados junto a la entrada comenzaron a avanzar.

Ivarn no se movió.

El primero de los soldados llegó hasta él y levantó el arma. No tuvo tiempo de utilizarla.

Una fuerza invisible atravesó su cuerpo y lo lanzó varios metros hacia atrás. El hombre cayó sobre las escaleras sin heridas visibles, pero permaneció inmóvil. El segundo soldado se detuvo. El tercero retrocedió.

Ivarn miró al sacerdote.

—No he venido a destruir vuestro templo.

El sacerdote comprendió entonces que aquella afirmación era mucho peor que una amenaza.

Porque si aquel hombre no había venido a destruir el templo, significaba que había venido por algo que se encontraba más allá de sus piedras.

Aquella noche, antes de que la ciudad pudiera comprender lo sucedido, tres acontecimientos ocurrieron en lugares separados por cientos de kilómetros.

En las montañas del norte, una estatua gigantesca dedicada al dios de la guerra perdió la cabeza.

En las costas occidentales, el océano se retiró casi un kilómetro y dejó al descubierto un fondo marino cubierto de estructuras que ningún ser humano había construido.

Y en el desierto de Sareth, donde durante miles de años se había venerado al dios del conocimiento, todos los libros conservados en su templo comenzaron a perder las palabras.

No se quemaron.

No se deshicieron.

Las palabras simplemente desaparecieron de las páginas.

A la mañana siguiente, Ivarn abandonó Arkenia.

No dejó seguidores.

No dejó profecías.

No dejó explicaciones.

Pero en la piedra oscurecida del templo quedó una marca que ningún sacerdote consiguió eliminar.

Era un círculo atravesado por nueve líneas.

Los estudiosos tardaron menos de un día en identificarlo.

Pertenecía a una escritura anterior a todas las religiones conocidas.

Su significado era sencillo.

UNO HA CAÍDO.

Y debajo, grabada con una profundidad mucho mayor, había una segunda frase.

OCHO TODAVÍA VIVEN.

La noticia provocó el colapso del consejo religioso antes del final de la semana.

Las guerras comenzaron un mes después.

No porque los pueblos hubieran dejado de creer en los dioses, sino porque comenzaron a creer que alguien podía matarlos.

Y si los dioses podían morir, también podían ser asesinados.

Durante los siguientes años, aquella idea transformaría el mundo entero.

Los reyes enviarían ejércitos a buscar al desconocido.

Los sacerdotes declararían herejes a quienes pronunciaran su nombre.

Los sabios intentarían reconstruir el significado de la antigua escritura.

Los pueblos comenzarían a preguntarse qué ocurriría con la humanidad si las nueve divinidades desaparecían.

Pero ninguno de ellos comprendería todavía la verdadera naturaleza de Ivarn.

Porque Ivarn no era un hombre que hubiera descubierto cómo matar dioses.

Era algo mucho más antiguo.

Y llevaba siglos esperando que ellos cometieran el mismo error.

Habían creado al ser destinado a destruirlos.

Y ahora, por primera vez desde el nacimiento del mundo, aquel ser había comenzado a caminar.