Capítulo 18
Bajo el suave resplandor de la luz que cae delicadamente sobre el escenario, la observo moverse con una gracia que me cautiva.
Sus movimientos son fluidos, y cada paso se funde con el siguiente sin fisuras.
Es más musculosa que las demás, pero aun así resulta grácil y elegante.
Cada fibra de sus músculos ejecuta los movimientos a la perfección.
Su larga cabellera negra, recogida en un moño, contrasta con nitidez con su vestuario de seda blanca, que ondea con cada movimiento.
Sus ojos traslucen una determinación serena.
Con cada salto y cada giro, parece desafiar la gravedad.
Gira en elegantes piruetas, trazando con los brazos suaves arcos en el aire. Su pie derecho, envuelto en seda, se mantiene con tanta seguridad sobre la punta que apenas parece rozar el suelo.
Oculto en la oscuridad del auditorio, sigo cada uno de sus movimientos. No puedo apartar los ojos de ella; soy cautivo de la belleza de su danza.
—¡Alto! —Una voz tajante destruye cada ápice de la gracia que irradiaba hace apenas un instante.
El director, un hombre de cabello canoso, se levanta de entre el público y da palmadas. —¡No!
Ella respira con dificultad, con la mirada fija en el hombre que camina impaciente hacia ella. —Eso no ha estado bien —dice él—. Más sentimiento. Mucho más. Otra vez desde el principio. Vamos.
Ella baja la cabeza con humildad mientras este intruso vuelve a sentarse en su sitio y, en la oscuridad, se convierte en nada más que una silueta que estropea la imagen de conjunto.
Pero la determinación centellea en sus ojos.
Respira hondo, vuelve a erguirse y recupera su posición inicial.
Las demás bailarinas hacen lo mismo. Siento la tensión en el aire.
Cuando la música empieza de nuevo, baila con una intensidad sin precedentes que llena la sala y me llega al alma más profundamente que nunca.
Y entonces vuelvo a verla a ella sola en el escenario.
Veo cómo baila solo para mí y hace que me olvide de todo y de todos los que me rodean.