Capítulo 3
En la pequeña sala común junto al depósito de cadáveres, Elisabeth y Bernhard Vogel estaban sentados a la mesa. Él sostenía las manos de su esposa entre las suyas. Emma se sentó frente a ellos, mientras que Alex se quedó junto a la puerta.
Isabell vom Hofe, la nueva incorporación del servicio de apoyo psicológico interno, estaba apoyada en la cafetera y observaba a los padres.
Tenía la misma edad que Emma y acababa de sustituir a una compañera que se había ido de baja por maternidad.
Hasta ese momento, Emma solo la conocía de alguna charla ocasional en la sala de descanso, que siempre le había resultado agradable.
Al parecer, compartían el mismo ritmo en cuanto a su necesidad de café.
Si tenían algo más en común, Emma aún no podía decirlo.
—¿Hay alguien que pudiera haberle hecho esto a su hija? —preguntó Emma.
—No lo sé —susurró Elisabeth Vogel.
—Su ex, tal vez —añadió Bernhard Vogel, aunque no parecía estar muy seguro—. Silas Stein. Elsa lo dejó hace unos meses.
Alex anotó el nombre en su cuaderno, debajo de las notas que había garabateado tras interrogar al vecino.
—Él nunca entendió por qué la carrera de Elsa era tan importante para ella —añadió el padre.
—En los últimos meses, le ha ido todo muy bien —dijo entonces Elisabeth Vogel—. Con el baile, me refiero. Quería centrarse totalmente en su futuro, realizar su sueño. Silas no lo entendía, aunque debería haberlo hecho.
—¿Por qué? —preguntó Alex.
—Él es músico y lleva toda la vida intentando encauzar su carrera. No lo sé, quizá le guardaba rencor a nuestra hija porque ella lo había logrado... o estaba a punto de lograrlo. A diferencia de él.
—La envidia y la rabia por el propio fracaso pueden ser motivos para un comportamiento tan resentido —intervino Isabell vom Hofe.
Era inusual que alguien del apoyo psicológico hiciera algo así.
Por lo general, solo hablaban si era en beneficio de los interrogados.
Sin embargo, Emma dejó pasar la declaración y no la reprendería después.
Era, después de todo, un buen argumento.
—¿Dijo Silas alguna vez algo en ese sentido?
—preguntó Emma, retomando el comentario de Isabell.
—No que sepamos. Siempre fue muy amable, servicial, nunca rechazó un favor —recordó Elisabeth Vogel.
—Al fin y al cabo, tampoco tenía otra cosa que hacer —añadió el padre de Elsa.
—Para llegar a ser un buen músico, hay que pasar muchas horas en la sala de ensayo —dijo Alex, defendiendo al todavía desconocido joven—. En cuanto al tiempo necesario, seguro que no es diferente de los atletas o bailarines profesionales.
—Entonces él nunca será un profesional —dijo Bernhard Vogel, y luego levantó la vista de las manos de su esposa hacia Alex—. ¿Ha matado él a nuestra niña?
—Aún no lo sabemos —dijo Alex.
—¿Tienen algún motivo específico para suponerlo? —preguntó Emma.
La mirada de Bernhard Vogel volvió a las manos de su esposa. Ambos permanecieron en silencio, y tras un breve momento de quietud absoluta, rota solo por el zumbido de los fluorescentes sobre ellos, Emma formuló la siguiente pregunta: —¿Hay alguien que haya amenazado a su hija?
—Era muy popular —dijo Elisabeth Vogel—. Si hubiera alguien así, Elsa nunca nos dijo nada al respecto. —Miró a su marido, quien se limitó a negar con la cabeza para confirmarlo.
—¿Qué era exactamente ese sueño que su hija quería realizar? —preguntó Emma.
—Consiguió el papel principal en una representación de ballet. —Los ojos de Elisabeth Vogel volvieron a dirigirse al suelo—. Y no era una representación cualquiera. Habrá invitados prominentes entre el público. Podría haber sido su gran oportunidad.
—La competencia debió de ser feroz —dijo Emma.
—Hubo docenas de aspirantes. —Elisabeth Vogel pareció evocar un recuerdo con orgullo; una sonrisa soñadora cruzó fugazmente su rostro—. Ella les ganó a todos.
—Cuando quería algo de verdad —intervino de nuevo Bernhard Vogel—, se entregaba por completo. Por eso nunca he entendido por qué se lió con un perdedor como Silas.
—Los polos opuestos se atraen —dijo Alex.
—Quizá sea así —dijo la madre de la víctima, y añadió—: Ella siempre fue la más ambiciosa de los dos.
—¿Se refiere a Silas? —preguntó Emma.
—No, a su hermano gemelo —explicó la mujer—. Robert. Él también vive en Paderborn.
—¿Le han informado ya? —preguntó Alex.
—Lo intentamos de camino hacia aquí —dijo Elisabeth Vogel—. Nunca contesta al teléfono. Tenemos suerte si nos devuelve la llamada al día siguiente.
—¿Tienen alguna idea de dónde podríamos encontrarlo? —preguntó Emma.
—Tal vez en el Phönix Dom —respondió Elisabeth Vogel.
—¿En la discoteca? —preguntó Alex, sorprendido.
—El propietario es su mejor amigo, y Robert suele trabajar desde casa y va allí a menudo para hacerlo.
Dice que allí puede concentrarse mejor. Por la razón que sea.
No está especialmente interesado en la música.
No como nuestra Elsa. Nuestro angelito. —Una lágrima recorrió su mejilla, con los labios temblorosos.
El rostro de su marido también se contorsionó de dolor.
Entonces el dique se rompió y el dolor los invadió a ambos por igual.