El asesinato de la profesora de lengua (El asesinato del profesor 1) 9. Treinta y NUEVE escalones
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9. Treinta y NUEVE escalones

Treinta y nueve escalones

John Buchan

—¿Cómo se las habrá ingeniado para meter esto en el periódico?—frunció el ceño Tasio.

—Decía que le gustaban los juegos de palabras—apuntó Ana—. A lo mejor se dedicaba a esas cosas en sus ratos libres.

—Tanto da. La pregunta del jeroglífico es clara: «¿Dónde está la primera pista?». Si lo resolvemos, sabremos qué hacer—siguió mirándolo fijamente Gaspar.

Un minuto después, los ojos ya les centelleaban.

—Esto es un lío—empezó a rendirse Tasio.

—No, espera.—Ana le sujetó del brazo—. Hay que ir por partes. Cada figura nos dará una palabra, o parte de ella. Por eso se llama jeroglífico. Olvídate del todo y concéntrate en los detalles. Lo primero que tenemos es una mano.

—Mano, guion, no—dijo Gaspar.

—No, yo más bien pienso que es «Mano menos no», o sea «Ma».

—¿Ah, sí?—frunció el ceño Tasio.

—Después, tenemos esa frase de diez palabras y abajo, entre paréntesis, referida a ella, la expresión «Todas tienen una»—siguió Ana.

—¿Y qué es lo que tienen todas? No se parecen en nada—siguió con su negatividad Tasio.

Gaspar las leyó en voz alta:

—«Damián soñó después cómo múltiples murciélagos descendían todavía más rápido».

—Puede que hable de una letra—opinó Ana.

—No, porque en la primera hay dos aes y una i, en la segunda dos oes, en la tercera dos es y una u...—se fijó Gaspar.

—Todas tienen acento, es decir..., una tilde—dijo de pronto Tasio.

«Todas tienen una».

¡Encajaba!

—Entonces tendríamos «ma» y «tilde», dos palabras—comprendió Ana que tenía razón.

—¡Matilde!

Abrieron los ojos, llenos del mejor de los ánimos, y sin decir más, se abalanzaron de nuevo sobre el jeroglífico.

—«Nota musical»—leyó Gaspar.

—Las notas musicales son do, re, mi, fa, sol, la, si...—recordó Ana.

—¿Y cuál de ellas es la que buscamos?—enfrió su ánimo Tasio.

—Veamos la parte final—sugirió la chica.

Miraron atentamente las dos figuras inferiores.

—Esto es la Tierra—señaló Gaspar.

—Ysiguiendo el patrón de la «Mano menos no», es «Tierra menos rra», o sea... ¡«Tie»!—se agitó Tasio.

—Por último, tenemos los cuatro puntos geográficos, norte, sur, este y oeste, y una aguja que señala al noreste, cuyas siglas son... ¡NE!—balbuceó al borde del éxtasis Ana—. ¡«tie» y «ne» forman «tiene»! Por lo tanto... ¡la nota musical es un artículo: «la»!

—¡Matilde la tiene!—gritaron al unísono Tasio y Gaspar.

—«¿Dónde está la primera pista?»—repitió Ana—. ¡Matilde la tiene!

Habían resuelto el jeroglífico.

Pero no había tiempo para celebrarlo. Solo era el primer paso. Y el tiempo empezaba a volar. Las ocho de la tarde parecía una frontera demasiado cercana.

—¡Matilde ya estará en su casa! ¡Vamos!—echó a correr Ana.

Mantuvieron un ritmo feroz, aunque Ana no era lo que se dice una atleta. No por ello dejaron de hablar, intercambiando opiniones.

—¿Estará Matilde conchabada con la SOS?—sugirió Gaspar.

—Pronto lo sabremos. Es una de sus favoritas, pero tanto...

Tasio llamó por el móvil a los demás. La primera, Sonia.

—¡Hemos recibido un SMS!

—¡Yo también! ¡Y Fernando y Pedro! ¡Están aquí conmigo!

—¡Nosotros hemos resuelto el jeroglífico! ¡La primera pista la tiene Matilde!

—¿En serio?

—Vamos ahora a su casa. Podemos reunirnos en ella si os parece.

Al otro lado de la línea se escuchó un murmullo.

—¿Sonia?—jadeó Tasio a causa del esfuerzo de correr y hablar por teléfono.

—Nosotros pasamos—recuperó la voz de su compañera de clase.

—¿Cómo que pasáis?—El chico no pudo dar crédito a lo que oía.

—Llamaremos a la directora para que se lo diga al policía, el inspector Atienza. Pero nada más. Eso es cosa suya.

—¡No, es cosa nuestra!—gritó Tasio.

—¿Y seguirle el juego a la SOS? Si está como una cabra, ¿qué culpa tenemos nosotros? No vamos a arriesgarnos por un estúpido juego que se ha inventado para probarnos.

Tasio miró a Gaspar y a Ana, consternado.

—No van a ayudarnos. Estamos solos—les comunicó.

—Pasa—le dijo Gaspar.

—Está bien.—Tasio volvió a hablar por el móvil—: ¡Nosotros os sacaremos las castañas del fuego, cobardes!

—¿Estás loco? ¡Conseguirás que os mate! ¡A saber lo que se le habrá ocurrido estando loca!

—Nosotros la hemos vuelto loca—aceptó con sinceridad Tasio—. ¡Adiós!

Cortó la comunicación y durante unos segundos no hablaron. Estaban ya cerca de la casa de Matilde. Cuando por fin llegaron, se cruzaron con un mensajero que salía de ella. Subieron en ascensor hasta el último piso. Ana aprovechó para telefonear a su casa.

—¿Sí?—escuchó la voz de su madre.

—Mamá—se mordió el labio inferior para ser lo más convincente posible—, ¿te importa que no vaya a comer? Me gustaría quedarme con Tasio y Gaspar para repasar unas cosas. Llegaré a eso de las ocho u ocho y media.

—Bueno, pero lleva el móvil encendido, ¿vale?

—Sí, claro.

—Yno vengas más tarde de las ocho y media, que hoy es viernes y tu padre querrá cenar pronto para ir luego al cine.

—Vale.

Se alegró de no haber tenido que discutirlo. A veces, su madre era como una seda y a veces... todo lo contrario. Claro que ella tampoco daba muchos problemas, ni solía mentir demasiado. Nunca la habían pillado en algo grave. Tenía sus ventajas eso de estar limpia como una patena.

—Ningún problema—les dijo a sus compañeros—. Y vamos a conseguirlo y a demostrarle que no somos tontos.

—Pero si tú eres de las mejores de la clase—mencionó Gaspar.

—Lo que le pasa a uno, nos pasa a todos—dijo Ana.

Logró emocionarlos. Pero ya no hubo tiempo de más.

El ascensor se detuvo en el rellano y salieron. La campanilla de la puerta repicó por el interior de la casa unos segundos. Al otro lado oyeron unos pasos. Fue la propia Matilde la que abrió la puerta tras comprobar quién llamaba a través de la mirilla.

—¿Qué hacéis aquí?—les preguntó.

—¿Dónde está?—casi la asaltó Tasio.

—¿Dónde está qué?—vaciló la chica.

—Hemos recibido un SMS de la SOS. Dice que tú la tienes—también la asaltó Gaspar.

—¿Que yo tengo qué?—retrocedió Matilde.

—¡La primera pista para impedir que mate a uno de nosotros antes de las ocho!—gritó Tasio.

—¿Yo?—La cara de la dueña del piso parecía de lo más sincero.

—¡Vamos, Matilde, que el tiempo apremia!—intervino Ana.

—¡Yo no tengo...!—se detuvo y demudó su expresión—. ¡Esperad, esperad! He recibido un sobre por mensajero hace un minuto y...

—¿Y qué?

—Nada, todavía no lo he abierto, no me ha dado tiempo porque antes he ido al lavabo. Iba a hacerlo ahora.

—Danos ese sobre, rápido—fue lo único que acertó a decir Ana.

Ahora sí, la suerte estaba echada.

Y ellos, en el ojo del huracán.