10. DIEZ negritos
diez negritos
Agatha Christie
N o lo leyeron arriba, en el piso de Matilde, porque sus padres iban a llegar del trabajo de un momento a otro. Volvieron a la calle y, una vez en ella, sí abrieron el sobre. En el interior, había una carta redactada con la preciosa y cuidada caligrafía de la profesora de lengua.
—Vamos, lee—apremiaron a Ana, que era la que sostenía la carta.
—«Hola, seas quien seas, aunque espero que estés acompañado porque eso dirá mucho de vuestro compañerismo—comenzó la chica—.
Estáis en camino. Que tengáis suerte. De lo contrario.
.. Yo no quiero asesinar a nadie, pero vosotros me habéis obligado.
Si demostráis que no sois unos burros y unos ceporros de la lengua, seré la primera en alegrarme.
Si no..., por lo menos limpiaré un poco este mundo al que ya le sobran demasiados ignorantes que, pudiendo no serlo, han preferido la opción fácil».
—¡Qué rollo!—comentó Gaspar.
—¿Quieres callarte?—le recriminó Tasio.
—«Desde ahora hasta las ocho de la tarde, solo tenéis que resolver las pruebas lingüísticas que os proponga, y seguir las pistas que os llevarán hasta el siguiente sobre.
En total, van a ser ocho pruebas. Con cada una tendréis una letra.
Combinándolas al final, obtendréis una palabra, o lo que es lo mismo, el lugar en el que estaré hasta las ocho.
A esa hora, en punto, me iré, y entonces seré muy muy peligrosa.
Y no es broma. Estoy HARTA. Insisto en que solo si me demostráis algo válido, cambiaré de idea.
—Ana hizo una pausa y continuó—: Un consejo: no tratéis de seguir únicamente las pistas, sin resolver las pruebas para encontrar las ocho letras.
No os servirá de nada. Tenéis que ir paso a paso, pista a pista y prueba a prueba.
No soy tonta. Puedo haber sembrado de minas todo el camino y confundiros o haceros tropezar.
Voy a jugar limpio y vosotros tenéis que hacer lo mismo.
También es posible que... os esté vigilando, aunque a mí no me veáis un pelo.
¿Dispuestos, pues? Pensad con lógica. Y recordad que esto es lengua y literatura, todas las pruebas son acerca de ello.
Leed bien cada pregunta e interpretad cada pista.
Ahora... adelante. He aquí el primer ejercicio para dar con la primera letra y la primera pista para dar con el siguiente sobre».
—¿Dónde está?—se alarmó Gaspar.
Ana le dio la vuelta a la hoja de papel. Pista y prueba se encontraban allí. Se aclaró la garganta, seca después de leer la carta, y continuó:
PRUEBA N.º 1
Anteayer busqué demente el favor, generoso, hallado insistente, justos kilómetros lanzados mientras navegaba ñoñísimo ondeando palabras que resaltaban sentidos, tamizados unos, vigorosos, whisky xenófobo, yugo zozobrante.
PREGUNTA: ¿Cuál es la primera letra que falta en este abecegrama?
PISTA PARA EL SIGUIENTE SObrE
Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una alquitara medio viva,
érase un peje espada mal barbado;
era un reloj de sol mal encarado,
érase un elefante boca arriba,
érase una nariz sayón y escriba,
un Ovidio Nasón mal narigado.
Érase el espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce tribus de narices era;
érase un naricísimo infinito,
frisón archinariz, caratulera,
sabañón garrafal, morado y frito.
He aquí un bello poema de Quevedo, hecho para burlarse cruelmente de la nariz del pobre Góngora. La dirección para encontrar el siguiente sobre está escondida entre sus líneas, bajo el elefante en la última de la 10 y el 12 de la 11.
—No vamos a conseguirlo—refunfuñó Gaspar.
—¿Aún no hemos empezado y ya te rindes?—se lo recriminó Ana.
—¿Tú entiendes algo de todo esto?—apoyó Tasio a su amigo.
—Vamos a verlo con calma, ¿no? Así hemos resuelto el jeroglífico. Si nos dejamos llevar por el pánico, no conseguiremos nada.
Se concentraron en la prueba.
—Es la frase más estúpida que jamás he leído—reconoció Gaspar.
—No tiene el menor significado—adujo Tasio.
—Yo creo que la clave está en eso.—Ana señaló la palabra «abecegrama», que formaba parte de la pregunta.
—¿Qué es un abecegrama?
—No lo sé, pero ella nos habló de esas cosas ayer, ¿recordáis?
Tasio sacó el móvil.
—Voy a llamar a Julio.
Mientras Ana y Gaspar seguían mirando la frase, Tasio esperó unos segundos. Al otro lado de la línea escuchó por fin la voz de su compañero de clase.
—Julio—casi le impidió respirar—, estamos en el juego. La SOS nos ha puesto una serie de pruebas y pistas para dar con ella antes de las ocho, así que al loro: ¿sabes lo que es un abecegrama?
—No, pero te lo digo en seguida.
Lo imaginó navegando ya por internet.
—Cada palabra empieza...—comenzó a decir Ana.
—... por una letra distinta del abecedario—concluyó su comentario Gaspar.
—«Un abecegrama es una figura en la que cada palabra de una frase empieza por una letra del abecedario y por orden»—dijo Julio en el mismo momento por teléfono.
—Gracias—se despidió Tasio—. Sigue ahí, por si acaso.—Y dirigiéndose a sus dos amigos les repitió lo dicho por el cerebro de la informática.
—Fíjate—Ana indicó la primera letra de cada palabra—: A de anteayer, B de busqué, D de demente...
—¡Falta la C!—casi gritó Gaspar.
—¡Todas empiezan por una letra, y por orden, de la A a la Z, pero no hay ninguna que empiece por C, así que... ya tenemos la primera letra de la palabra final, la C!—Ana no podía creerlo.
Se quedaron extasiados ante su éxito.
—¿Qué hora es?—preguntó Tasio, que nunca llevaba reloj.
—No pienses ahora en eso. ¡Tenemos una letra!
—¡Hay que dar con la dirección del siguiente sobre!
Se concentraron en el poema de Quevedo.
—Dice «bajo el elefante en la última de la 10 y el 12 de la 11».
—¿Otro acertijo?
—Si hemos de encontrar una dirección es lógico buscar una calle y un número, ¿no?
Ana y Gaspar miraron a Tasio.
—¡Eso es!—dijo ella.
—¡La última palabra de la línea 10 es Egipto, y esa es una calle que está aquí cerca!—saltó Gaspar.
—¡Con lo cual el 12 de la 11 se refiere al número doce que aparece en la línea 11!—lo redondeó Ana.
—¡Calle Egipto número 12!—se puso en marcha Tasio.
—¿Y el elefante?—vaciló Gaspar deteniendo a su amigo.
—El elefante sale en la línea 6.
—¿Y qué hay bajo él?
—Sigue el poema..., no sé... Eso de «nariz sayón»...
—¡Es una trampa! ¡El elefante está allí, seguro! ¡Lo importante es la dirección!—Ana fue la segunda en ponerse en marcha.
La calle Egipto estaba a unos cinco minutos, pero a la carrera tardaron apenas tres. Su desengaño llegó cuando se encontraron ante un solar vacío.
—¡Ay, ay, ay!—exclamó Gaspar pensando que lo habían resuelto mal.
Era absurdo imaginar que por allí hubiese un elefante.
—¡Mirad!—señaló Tasio cortándoles casi la respiración a causa del sobresalto.
En la pared más alejada de lo que antes habían sido los muros derruidos de una casa, alguien había dibujado un elefante con tiza.
—¡Bajo los cascotes!
Y se precipitaron de cabeza hacia el encuentro del siguiente sobre.