8. El OCHO
El ocho
Katherine Neville
L os cinco principales candidatos a ser eliminados por la exmaestra reconvertida en loca asesina se reunieron a la salida del centro escolar bastante pálidos.
Tasio, Gaspar, Sonia, Pedro y Fernando mostraban su consternación creciente y su inquietud por el inesperado giro de los acontecimientos.
Ana también estaba allí, con ellos, siempre solidaria, al lado de Tasio y Gaspar.
—Va a por uno de nosotros, seguro—dijo Tasio, por si quedaba alguna duda al respecto.
—Si estamos juntos, no podrá contra todos—aseguró Gaspar.
—La policía nos ha dicho que no contemos nada de esto, así que veo muy difícil que nuestros padres nos dejen pasar la noche juntos en casa de alguno. Se pensarán que es una excusa para irnos de juerga siendo viernes—puso el dedo en la llaga Gaspar.
—Entonces, ¿qué hacemos?—suspiró Sonia.
—¿Qué vamos a hacer? ¡Encerrarnos en casa!—fue categórico Fernando.
—¡Tenemos una oportunidad!—se enfadó Ana—. Hasta las ocho no hará nada. ¡Podemos intentar encontrarla!
—¿Cómo? ¿Dónde están esas famosas pistas y pruebas?—replicó Pedro, mostrando su estado más depresivo.
Los dos listos de la clase se les acercaron.
Julio Serradell era el genio informático.
Dominaba la red y sus entresijos y se movía por ella como si nada.
Todos le pedían ayuda, y él siempre se portaba como un buen compañero, así que le apreciaban.
Esperanza Ferrer prefería los libros. En su casa los había a miles, de todos los tipos y géneros.
Disponía de las más fabulosas enciclopedias y diccionarios para encontrar lo que hiciera falta.
Aunque la cosa no iba directamente con ellos, porque se sentían a salvo de la amenaza de la profesora de lengua, su semblante estaba tan serio como el de los demás.
—Vaya jugarreta—profirió el chico.
—Sí, seguro que os toca a uno de vosotros—asintió la chica.
—Vale, gracias por recordárnoslo—suspiró Gaspar.
—Si es que a veces no os entiendo—mostró su dolor Esperanza—. ¿Qué os cuesta leer un libro?
—Oye, que para madre ya está la mía—se enfadó Tasio.
—Eh, eh, no es cuestión de pelearnos entre nosotros, sino de estar unidos—trató de contemporizar Ana.
Hubo un silencio comprometedor lleno de miradas cruzadas.
—Yo he de irme—dijo al final Julio—. Pero estaré en casa, por si me necesitáis. Una llamada telefónica y listos.
—Yo lo mismo—se ofreció Esperanza—. Contad conmigo para lo que sea, ¿de acuerdo?
—Gracias—se sintió conmovido Tasio, hablando en nombre de todos.
Los vieron alejarse y volvieron a quedarse solos, ellos cinco más Ana. El ambiente se hizo depresivo al comprobar que ya no quedaba nadie más cerca.
—Sonia, Pedro y tú podéis estar tranquilos—reflexionó de pronto Gaspar mirando a Fernando—. Nos toca a Tasio o a mí, seguro.
Acababa de expresar en voz alta un pensamiento bastante común.
—No, irá a por el que tenga más fácil—quiso quitarle hierro al asunto Pedro.
—Somos sus favoritos—se atrevió a sonreír Tasio.
—No os pongáis en lo peor, va—les pidió Ana.
—Hemos de hacer algo.—Tasio apretó los puños.
—Esas malditas pruebas... ¿Por qué habla de ellas si no están en ninguna parte?—se enfadó Gaspar.
El instituto, ya cerrado, quedaba a sus espaldas.
Por delante, el camino de regreso a casa, a la incertidumbre.
La ciudad, de pronto, no era un espacio amable y agradable, a pesar de ser un viernes primaveral.
Ahora se convertía en una especie de trampa llena de peligros y por la que tenían que aventurarse.
Sonia se estremeció.
—Yo he de ir a casa—se excusó la primera.
—Yyo—dijo Pedro.
—Yyo—se les sumó Fernando.
—Mis padres no llegan hasta las nueve de la noche.—Tasio quiso dejar claro que estaba dispuesto a luchar.
—Igual que los míos—se le sumó Gaspar.
—Yo estoy con vosotros—se le sumó Ana—. Llamaré a casa diciendo que me quedo a comer con alguien.
Los tres que se iban no dijeron nada. Cruzaron las últimas miradas y se despidieron. El ambiente era de funeral, como si estuvieran seguros de que el lunes, de regreso al instituto, uno de ellos ya no estaría allí.
—Bueno, pues vale.
—Suerte.
—Chao.
—Llamadnos si sabéis algo, ¿eh?
Ana, Tasio y Gaspar los vieron alejarse en silencio. No hablaron hasta que los tres ausentes hubieron desaparecido. Todos vivían relativamente cerca del instituto, así que en unos minutos estarían a salvo.
—¿Qué hacemos?—preguntó Ana.
—Deberías irte—le aconsejó Tasio—. Esto no va contigo. Tú eres una de las listas de la clase.
—No digas eso, ¿vale?—El tono de la chica mostraba todo su dolor—. Yo me quedo con vosotros. Puedo seros de ayuda.
—Si supiéramos algo de esas dichosas pruebas, sí, pero sin ellas...—refunfuñó Gaspar.
Y entonces sonó el móvil de Tasio.
Estaban tan tensos que los tres pegaron un respingo, asustados. El chico estuvo a punto de no hacerle caso. Miró la pantallita, comprobó que se trataba de un mensaje y descubrió que el número de la persona que acababa de mandárselo se hallaba oculto, así que no tenía ni idea de quién sería.
—Un mensaje—dijo.
Al leerlo, se le paralizó el corazón.
—¡Es ella!—gritó.
Los otros dos se le abalanzaron. Apretadas las tres cabezas, leyeron el mensaje, muy escueto. Decía:
«La primera pista está en el periódico de hoy. Es el jeroglífico de la página 37. Suerte».
La mano le temblaba.
—¿Lo veis?—gimió Tasio—. ¡Va a por mí! ¡Soy el candidato!
El móvil de Gaspar sonó en ese mismo instante.
Ahora los tres dirigieron sus miradas a su bolsillo, como si dentro hubiera una bomba.
—¡Cógelo!—le instó Ana al ver que el chico permanecía paralizado. Lo extrajo del bolsillo.
—Otro... mensaje—tartamudeó—. Y quien llama... también tiene... el número... restringido.
Ya no hacía falta comprobarlo, pero lo hicieron. El mensaje decía exactamente lo mismo que el de Tasio.
«La primera pista está en el periódico de hoy. Es el jeroglífico de la página 37. Suerte».
—Bueno, por lo menos ya sabemos qué hacer—apretó los puños Ana infundiéndoles ánimo—. ¡Vamos a por el periódico!