7. SIETE noches
siete noches
Jorge Luis Borges
E ra casi la hora de la salida y seguían en el instituto.
En clase.
Arremolinados mientras discutían entre sí.
—No podía pillar una depre como todas, no, tenía que volverse loca—se lamentaba Manuel.
—Loca y asesina—le recordó Pablo Antonio.
—¿La señorita Soledad? ¡Vosotros sí que estáis locos!—negó con vehemencia Eulalia—. ¡No mataría ni a una mosca!
—Porque las moscas no pueden leer, que si no...—advirtió Estanislao.
—Mira que le ha dado fuerte con eso, ¿eh?—proclamó con los ojos abiertos como platos Elvira.
—Yo todavía no he entendido de qué va la cosa—rezongó Fernando.
—Si eres más tonto, no naces.—Sonia le dio un golpe en el cogote—. Por lo menos, sé que si ha de cepillarse a alguien, será a ti.
—No ha dicho que fuera a asesinar al más burro de la clase—le defendió Pedro.
—No, en esa categoría hay varios—asintió Esperanza, la más lista junto con Julio.
Tasio y Gaspar intercambiaron una de sus miradas silenciosas.
—Se cargará a alguien, el que tenga más a mano, así que ahí entramos todos, sin exclusiones—dijo Ana.
—¿Y las pruebas de que habla en la carta?—exclamó Tasio.
—Las tendrán ellos.—Gaspar señaló la puerta, y más allá de ella, a los ocupantes de la sala de profesores.
—Pues tendrían que decirnos cómo son.
—¿Crees que van a dejar que hagamos algo?
—Se trata de nosotros, ¿no?
—Han ido a llamar a la policía—aseguró Pedro.
—¿Cómo lo sabes?
—Mi padre es bombero.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Bueno, cuando pasa algo, la gente llama a la policía o a los bomberos, y aquí los bomberos no pintan nada, así que habrán llamado a la policía.
Aunque fuese por casualidad, comprendieron que tenía razón.
—¿Y qué haremos, ir a nuestras casas y encerrarnos en ellas hasta que la detengan?—se estremeció Sonia.
—¿Y si no la detienen? Loca o no, tendrá un plan—aseguró Eulalia.
—Como en las pelis de miedo. Estás en tu habitación y, sea como sea, el asesino aparece detrás de la puerta—se estremeció Elvira.
—¿Quieres callarte?—gritó Matilde, abrazándose a sí misma.
—¡Llega alguien!—les avisó Julio desde la puerta.
No se sentaron en sus sitios. Ya no hacía falta disimular.
Esperaron de pie, en torno a la mesa del aula, frente a la puerta, que no tardó en abrirse.
Por ella aparecieron de nuevo la señora directora y el jefe de estudios.
Los acompañaba un hombre vestido de negro, cejijunto, cetrino, con aspecto de sabérselas todas.
Su mirada parecía estar apagada, hundida más allá del túnel de sus ojos.
El bigote recto le confería un aire de conspirador.
Desde luego, no era un bombero.
—Mi nombre es Manuel—proclamó con voz grave—. Manuel Atienza León.
—MAL—no quiso privarse de buscarle su correspondiente mote un gracioso.
—¿Qué?
—Perdone, siga—disimuló el gracioso.
—Soy el inspector Atienza, ¿de acuerdo?—Les miró igual que si mirase a diez bolos perfectamente alineados al fondo de la pista y él tuviese la bola con la que esperaba derribarlos al primer strike —. Voy a encargarme del caso de esa pobre mujer.
La «pobre mujer» que había jurado matar a uno de ellos...
No dijeron nada.
Un policía de verdad, allí. Y parecía la mar de duro.
—¿Alguien tiene algo que decir?—preguntó el representante de la ley.
—¿Esto va en serio?—quiso estar seguro Julio.
El inspector ya no le miró como si fuese un bolo. Ahora, era como si fuese una colilla mal apagada y él un zapato.
—Nunca os toméis a broma a un asesino, y menos si está loco—afirmó contundente.
—Pero la señorita Soledad...
—Las que no tienen pinta de asesina son las peores—detuvo a Ana—. Una vida inocente, comedida, conteniendo las emociones, y cuando se sueltan... ¡zas!—los asustó—. Ya nada les detiene.
Se pusieron pálidos.
—Escuchadme—retomó su aire cáustico el policía, flanqueado por la directora y el jefe de estudios, ahora muy callados—.
Este no es el primer caso que se da, incluso aquí, en España.
Para ser concreto, ni siquiera es el segundo o el tercero.
—Esperó a que sus palabras calaran en ellos antes de seguir—.
Naturalmente, esas cosas no salen nunca en los periódicos, para no causar alarma social.
Hay un código ético. El último caso tuvo lugar hace dos años.
No todos los maestros piden la baja por enfermedad ante vuestros desmanes.
—Volvieron a ser bolos dispuestos a que los derribara—.
Yo no sé ni cómo algunas y algunos aguantan tanto.
Vamos, que si yo fuera profesor...—Sacó sus dientes a tomar el sol.
Los tenía negros.
—¿He preguntado si alguien tiene algo que decir?
Ninguno abrió la boca.
—Pensadlo. Cualquier información que tengáis puede salvarle la vida a un compañero, o incluso a uno mismo.
—¿Qué quiere que sepamos?—intervino Tasio.
—¿Conocéis algún secreto de vuestra profesora, lugares a los que vaya, si le gusta el cine o el teatro, un bar predilecto?
No hubo respuesta.
—En tal caso...—El inspector hizo entrechocar las manos, dando por terminada la breve charla—.
Recordad lo esencial: mantened la boca cerrada por ahora, incluso en vuestra casa.
Y si descubrís alguna cosa, avisadles a ellos—señaló a la señora Bienvenida y al señor Valerio—.
Hemos de actuar en equipo. Eso es lo básico. Lo que está en juego es vuestra vida.
Sonrió, como dando a entender que eso era lo menos importante del caso.
—Oiga—habló Esperanza—. ¿Nos protegerán, verdad?
—¿A todos?—abrió los brazos con pesar—. No dispongo de tanta gente, niña. Eso es imposible. De todas formas, hasta las ocho hay tiempo. A esta hora, si no hemos dado con ella, encerraos en casa. Es cuanto puedo deciros.
—Perdone, señor.—Gaspar tomó la palabra—. ¿Y las pruebas?
—¿Pruebas? ¿Qué pruebas?—masculló el inspector Atienza.
—La carta dice que nos dejará unas pruebas, y que si las resolvemos y combinamos, ellas nos llevarán hasta su escondite. Nos gustaría saber qué pruebas son esas—dijo Tasio secundando a su amigo.
—La carta venía sola—justificó el policía—. En el sobre no había nada más. Si hay unas pruebas, no nos las ha dado todavía.
—Pero eso es absurdo—calculó Ana.
—Es lo que hay. ¿Y quién dice que la mente de una asesina loca tenga lógica?
—Si la señorita Soledad dice que hay unas pruebas, es que hay unas pruebas—insistió Ana.
—¿Crees que si las tuviera no os las daría?
Era un misterio. La cara de la directora y del jefe de estudios reflejaban la misma incredulidad. Un misterio y una seria amenaza. Faltaba un último engranaje en el esperpéntico puzle, pero ninguno sabía cómo llegar a él.
Y no quedaba nada más salvo esperar.
Dejar que la policía cumpliera su trabajo.
O sea, que el inspector Manuel Atienza León, MAL, detuviera a la señorita Soledad.
Algo que, de pronto, se les antojó bastante utópico.
—Largaos de aquí—les dijo el agente de la ley con evidente superioridad.
Ni se inmutó cuando todos le lanzaron sus peores y más aviesas miradas.