3. Los TRES mosqueteros
Los tres mosqueteros
Alexandre Dumas
L a señorita Soledad no se encontraba en la sala de profesores.
Eso sí era raro. La buscaron por el instituto hasta dar con ella.
Seguía leyendo su novela, concentrada, ajena al mundo en general, sentada en una mesa del bar del centro escolar, frente a una taza de café.
Una vez localizada, no supieron muy bien si seguir o no.
—¿Y si se enfada más?—susurró Tasio.
—Hemos dicho que hablaríamos con ella, ¿no?—le empujó por detrás Gaspar.
—Ypor qué no te pones tú delante, ¿eh?
—Ala hora de sacar las castañas del fuego...—se enfadó Ana tomando la delantera.
Los otros cinco, Gaspar, Tasio, Sonia, Fernando y Pedro, se apretaron tras su compañera.
—Señorita Soledad...
La profesora de lengua alzó la vista. Vio a Ana, y a su espalda el complejo núcleo formado por los otros cinco.
Sus cinco joyas más relevantes.
—¿Qué quieres?—preguntó en un tono de lo más aséptico.
—La hemos visto tan disgustada que no sé...—vaciló Ana.
—¿Y cómo quieres que esté?—Mantuvo el libro en alto, sin ánimo de dejar de leer.
—No venimos a pedirle que nos apruebe ni nada de eso.—Ana habló en plural, aunque sabía que no era su caso—. Queremos que esté bien y...
—Eso es imposible—la cortó la maestra.
—¿Ah, sí?
—Me va a dar algo. Es cuestión de horas, puede que de minutos.
No era una mujer afectada, ni dada a los dramatismos.
Así que se sintieron impresionados por sus palabras, y más aún por el tono, crepuscular, sombrío.
Los ojos eran igual que dos fuegos fríos, la boca formaba un sesgo horizontal muy duro.
Su diminuta figura temblaba bajo el peso de una carga al parecer insoportable.
La viva imagen del fracaso.
Sintieron lástima. Todos.
—Tú, Sonia—la profesora señaló a la chica—, ¿quieres ser un día una mujer maltratada?
—No.
—¿Y tú, Tasio, quieres ser un maltratador?
—No.
—¿Y tú, Gaspar, quieres echar una colilla por la ventana del coche y quemar un bosque por inconsciencia? ¿O vosotros, Fernando y Pedro, arrojar una bolsa de plástico a la calle en lugar de a la basura, y provocar que vaya al mar, mate peces, y que en unos meses haya hambre en Etiopía o Somalia?
Los chicos negaron con la cabeza, impresionados.
—Pues todo es lo mismo: cultura.—Ahora sí dejó el libro en la mesa—. Solo leer os hará libres, fuertes, os dará carácter, ideas propias.
—¿Y si leemos no nos pasarán esas cosas, así de fácil?
—Será mucho más difícil que te pasen, Gaspar, por mucho que te cueste creerlo.
—Vale, pues le prometemos leer este verano—propuso Tasio.
—Ah, no—fue categórica—. Se os pasó el arroz. Ya no hay tiempo. Nada de promesas después de todo un curso de vagancia. Y que conste una cosa: me duele más a mí que a vosotros. Es mi fracaso no haberos hecho entender lo que significa leer o no haber sabido inculcaros el amor por las palabras.
—No se lo tome así—sintió lástima Ana.
—¡Leer es divertido! ¡Jugar con las palabras y las letras es genial! ¡Pues claro que he fracasado! ¡Me habría gustado tanto enseñaros esos juegos!
—Hágalo—dijo Tasio.
—Eso habría sido posible de haber completado el programa escolar, si nos hubiera sobrado tiempo, si hubierais tenido un mínimo de interés o una base sobre la cual asentar todo lo demás.
¡Pero no ha sido así, una pena! Os habría enseñado los palíndromos, los bifrontes, los anagramas, los pangramas, los tautogramas, los calambures. ..
—¿Qué son todas esas cosas?—alucinó Gaspar, que nunca había oído hablar de ellas.
—Sí, ¿qué es eso último, lo del calambur?—abrió los ojos Tasio.
—Una frase formada por las mismas letras y en el mismo orden, pero agrupada por sílabas distintas, puede significar o decir dos cosas diferentes.
Eso es un calambur. ¿Ejemplos? «Diamante falso» y «Di, amante falso»; «Ato dos palos» y «A todos, palos»; «Yo lo coloco y ella lo quita» y «Yo, loco, loco, y ella, loquita».
—¿Y eso para qué sirve?
—¿Para qué sirve un videojuego, Tasio?—respondió llena de cansada inocencia.
—Yel resto, los pangramas, los anagra...
—Lo siento, ya no hay tiempo, ¡no hay tiempo!—se agitó de nuevo.
—Háganos algunos juegos de esos, solo para demostrarnos que tiene razón—le propuso Ana, que era la menos sospechosa de todos ellos.
La profesora de lengua se animó un poco, llevada por su inercia.
—¿Cuál es la palabra más larga que existe?
Vacilaron unos segundos, buscando palabras larguísimas.
—Arroz—los sorprendió la maestra—. Empieza por la letra A y termina por la letra Z.
—Eso es trampa...
—¿Cuál es la palabra más corta y con más sílabas?—no hizo caso de la protesta de Tasio.
Volvieron a quedarse en blanco.
—Aéreo, cinco letras, cuatro sílabas—dijo la mujer—. ¿Sabéis que hay palabras que tienen los dos sexos, es decir, que son masculinas o femeninas según cómo las expresemos?
No se dieron cuenta, pero ya tenían la boca abierta.
—Díganos una.
—Arte—anunció triunfal—. En singular es masculino.
Por ejemplo, decimos «arte moderno». Pero en plural es femenino.
Por ejemplo, «artes plásticas».—No les dio descanso—: ¿Y una palabra que tiene todas las letras duplicadas?
¡Aristocráticos! ¿Y cuál es la más larga con todas las letras distintas?
¡Centrifugadlos, catorce letras, la mitad del alfabeto!
¿Y una con los cuatro firuletes de nuestra lengua? ¡Pedigüeñería!
—¿Qué es un firulete?
—¡Pedigüeñería tiene el punto de la primera «i», los dos puntos de la «ü», el sombrero de la «ñ» y la tilde de la «í» final!
¡Eso son firuletes! ¿Y tú, Ana, sabías que tu nombre es palindrómico?
¡Dice lo mismo tanto si se lee de izquierda a derecha como si se lee de derecha a izquierda!
¿No es maravilloso? ¡Y hay tanto, tantísimo!
Le brillaban los ojos.
Casi daba miedo.
—Oiga, todo eso que nos está diciendo me gusta mucho—se animó Sonia.
—Claro, no tiene nada que ver con estudiar a Cervantes o hacer redacciones—dijo Pedro.
—¡Todo tiene que ver!
—Vale, pues háganos más juegos—le pidió Fernando.
—No, se acabó.—Movió la cabeza de lado a lado, y también las manos—. No hay tiempo.—Y lo repitió igual que si su cabeza se automatizara—: No hay tiempo, no hay tiempo, no hay tiempo...
Se hizo el silencio.
La profesora de lengua parecía ida.
De pronto, sus ojos se empequeñecieron.
De una forma tan maquiavélica...
Y ellos se quedaron paralizados, como si un gélido viento los acabase de atenazar.
—No hay tiempo, pero sí una forma de...—oyeron musitar a la maestra.
—¿De que aprobemos?—se arriesgó Tasio.
—No.—La palabra sonó como un latigazo, pero lo peor fue la mirada acerada de ella—. Hablo de una forma de hacer que yo... me sienta mejor. Al menos antes de ir al manicomio.
—No será para tant...
Gaspar se calló de golpe.
La señorita Soledad se puso en pie. Recogió sus cosas despacio.
Su rostro, ahora, era demoníaco.
—O-o-oiga, ¿q-q-qué le p-p-pasa?—tartamudeó Gaspar.
—Sí, puedo hacer algo antes de pedir la baja.—Los miró uno a uno, despacio, más y más diabólica en su expresión—. Algo que me resarza de estos años, que me alivie, que me... compense.
Ya no dijo nada más.
Sonrió.
Más aún: soltó una risita todavía más histriónica y pérfida.
Total.
Luego pasó por su lado y salió del bar del instituto, dejando tras de sí un frío terrible y seis rostros paralizados.