El asesinato de la profesora de lengua (El asesinato del profesor 1) 4. Los CUATRO jinetes del Apocalipsis
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4. Los CUATRO jinetes del Apocalipsis

Los cuatro jinetes del Apocalipsis

Vicente Blasco Ibáñez

T asio se sentía culpable.

No era el único burro de la clase, pero eso le daba lo mismo.

La señorita Soledad había puesto el dedo en su llaga más personal: no quería ser como los demás, se sentía especial, diferente.

Siempre había sido un individualista. Ana también había hablado de eso horas antes, al decir que la auténtica rebeldía consistía en leer.

¿Y si tenían razón?

Algo le decía que así era, y entonces...

Miró la novela que no había querido leer, por pasota, por mera tozudez, arrinconada en el ángulo más lejano de su mesa de trabajo. La habitación era un caos, la mesa era un caos, pero la novela brillaba con luz propia, destacaba igual que un faro en la noche.

En internet había encontrado lo suficiente para hacer el trabajo que le pedía la maestra.

El resto le daba igual. Ni siquiera hizo caso de los comentarios de la propia red acerca de que el libro era muy bueno.

¿Qué más daba eso? Si era algo «de la escuela», era un coñazo.

Si era «un deber de clase», era una obligación impuesta. Ya leería cuando fuese mayor.

—Jobar...—suspiró.

No, sabía que eso no era cierto, que sin el hábito...

No hacía falta ser muy listo para saber eso.

Se levantó de mala gana y fue a la mesa.

Se sentó en la silla y, desde su nueva posición, volvió a mirar el libro.

El título era sugerente. Del autor, ni idea.

Alargó la mano y lo abrió. Pasó las páginas a vuelapluma, como si así pudiera leerlo de golpe, en plan robot.

Un sinfín de palabras le salpicaron los ojos.

Allí dentro, encerrada entre esas páginas, había una historia que alguien inventó en su momento.

Una historia que esperaba ser leída, agazapada igual que un sortilegio a la espera de su víctima.

Decían que las novelas te atrapaban, porque estaban vivas.

Lo decían los que leían, por supuesto.

Lamentaba mucho lo de la SOS. No por ser la maestra era su enemiga. Otros sí lo eran, pero ella no. Siempre había sido legal. Y ahora estaba de psiquiatra. Sufría por ellos.

Alguien se equivocaba.

Tal vez él.

Miró la primera página, las primeras líneas de letras y palabras. No empezaba en plan palicero, con una larga descripción, sino con un diálogo, ágil, vivo. Sin darse cuenta, empezó a leerlo.

Sin darse cuenta, acabó la primera página.

Sin darse cuenta, terminó el capítulo.

Sin darse cuenta, comenzó el segundo.

Sin darse cuenta...

Una hora después, había leído prácticamente un tercio del libro, absorto, envuelto, metido de lleno en la historia, que no era interesante, no: era superinteresante.

A esa misma hora, Gaspar se hallaba igual que su amigo.

Primero, dio varias vueltas por su habitación, en plan lobo enjaulado. Después, le dio una patada a la silla y a punto estuvo de romperla. Cuando su madre entró a ver qué había sido ese ruido, lo encontró sentado en ella y fingiendo estudiar. La mujer suspiró complacida.

—Se esfuerza, y eso ya es bastante—oyó que le decía a su hermana mayor.

—El día que se te caiga la venda de los ojos...—le respondió ella.

Gaspar le sacó la lengua a la puerta, al otro lado de la cual se suponía que se encontraba la listilla de Carmen, tres años mayor que él y más pija...

Finalmente, cogió el libro, se acordó de la SOS, lo abrió y empezó a leer.

Ni siquiera se dio cuenta de la forma en que caía envuelto en su red mágica.

En su casa, Sonia hacía lo que jamás hubiera imaginado: leer mientras permanecía sentada en la taza del inodoro. Y debía de llevar ya en ella por lo menos veinte minutos, porque estaba por la página 20 de la novela.

¿Por qué no la había leído antes?

Era buenísima.

¿Por qué era tan tozuda?

¿La adolescencia, la guerra contra el mundo entero, la frustración y la desesperación de la edad?

Excusas.

No le gustaba leer y punto.

Bueno, no le gustaba leer lo que le mandaban, y encima le mandaban siempre cosas espantosas, antiguas. Pero aquella novela...

El recuerdo de la profesora herida y angustiada también había presidido los pasos en solitario de Pedro y de Fernando. No entendían el motivo de que la maestra estuviera tan afectada. O sí. Lo estaba porque se preocupaba por ellos. Así de fácil. Sufría.

Pedro puso la mano derecha sobre el libro y dijo:

—Juro que te leeré en verano.

Un juramento era un juramento, así que aquello iba a misa. Lo leería en verano.

Fernando, en cambio, lo mismo que Tasio, Gaspar y Sonia, se esforzaba en leer la historia, aunque a cada paso se encontraba con palabras que no entendía y que le desanimaban. Incluso llegó a buscar una en el diccionario. De las más raras: «miríada».

Los escritores escribían para demostrar lo listos que eran.

Y para decirles a los demás que eran unos burros.

Llegó a la página 12 antes de cansarse, no porque la novela no le gustase, sino porque las palabras raras se sucedían una tras otra, y eso le hacía sentir mal.

—Afin de cuentas, el daño ya está hecho—se reafirmó en su decisión de no seguir leyendo—. Mañana la SOS estará en el psiquiátrico.

La única que a aquella hora no leía la novela era Ana; en primer lugar, porque ya la había leído en su momento, y en segundo lugar, porque no podía quitarse de la cabeza a la señorita Soledad.

Aquella expresión...

Aquel brillo en la mirada, y sus enigmáticas palabras...

¿Qué habría querido decir con aquello de que «puedo hacer algo más antes de pedir la baja»?

¿Y con lo de resarcirse, aliviarse y compensarse?

¿De qué manera se resarcía, aliviaba y compensaba una maestra herida en su amor propio, que mostraba su fracaso ante ellos por no haberles sabido inculcar el amor por la literatura?

Ana miró el teléfono.

¿Y si llamaba a la policía?

—Miren, que creo que mi profesora de lengua se va a suicidar.

Qué estupidez.

Intentó hacer algo, leer otro libro, hacer planes para las vacaciones, pero no pudo.

Se sentía colapsada. Y estaba segura de que al menos Tasio y Gaspar también debían de estarlo.

Eran dos buenos chicos. Legales. Los tres formaban un buen equipo.

Sonia era distinta, y tanto Pedro como Fernando, más trastos. Pero Tasio y Gaspar...

De haber sabido que los dos leían la novela como locos en aquel mismo instante, se habría sentido muy orgullosa de ellos.

Era como si el fantasma de la profesora de lengua estuviese allí, escondido, espiándolos, o presidiendo sus actos en aquella tarde-noche incierta.