El arte de llegar tarde al amor 43. El hombre que llegaba antes
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43. El hombre que llegaba antes

El hombre que llegaba antes

Llegué a la calle Huertas a las doce y veintiséis.

Veintiséis minutos. Metro hasta Bilbao, transbordo, Antón Martín, cuatro minutos andando. Perfecto.

Y en el segundo escalón de la Sala Vergara me paré, me arreglé la chaqueta de mi padre y me toqué el bolsillo interior para comprobar por sexta vez que el papel seguía allí, y después subí y empujé la puerta y la campanilla de aquella casa —que también tienen, y es peor que la mía— sonó.

—¿Julián? —dijo Yaiza.

—Buenos días.

—Ay, Julián, qué pena.

Cuatro palabras. Cuatro palabras y ya lo supe.

—Hoy no está.

—¿Cómo que no está?

—Ha pedido el día. Lo pidió el martes. —Yaiza se apartó un mechón—. Es el primero desde agosto, se lo hemos dicho todos.

Me quedé en mitad del vestíbulo de la Sala Vergara, con la chaqueta de mi padre, un papel doblado en cuatro en el bolsillo interior y un discurso de siete líneas que llevaba seis días montando y que había ensayado dos veces en voz alta con la persiana bajada.

—¿Y sabes dónde está?

—Ni idea. —Se le encendió algo en la cara—. Espera. ¿Tú has venido a...?

—Yaiza, ¿tú tienes su dirección?

—Yo no te puedo dar la dirección de una compañera.

—Ya lo sé.

—Cardenal Cisneros treinta y uno —dijo Yaiza—. Segundo. Y yo no te he dicho nada, y si me preguntan yo estaba en el archivo.

Salí. Y en la puerta, bajando los dos escalones, me encontré de frente con Braulio Vergara.

Setenta años, chaqueta cruzada, las gafas en la mano.

—Señor Sarmiento.

—Don Braulio, buenos días, es que llevo...

—Suba usted un momento.

—Don Braulio, de verdad que llevo mucha prisa.

—Suba usted un momento —repitió aquel hombre, con el mismo tono con el que dice «adjudicado», y yo subí, porque hay gente a la que se le sube.

Estuve en su despacho veintiocho minutos.

Voy a resumirlas porque cada minuto de aquellos veintiocho me costó después algo que no se puede pagar.

Braulio Vergara quería agradecerme el informe. Eso primero, y tardó ocho minutos, y me lo agradeció de una manera rarísima, hablándome de una cómoda que vendió en 1997 y que no había estado nunca en El Escorial.

Después quiso hablar de la enmienda. Treinta y tres en cincuenta años. Tres que suben.

Después quiso enseñarme una cosa. Una carpeta con nueve piezas de una testamentaría de Guadalajara: dos relojes de pared, un Morez y seis de bolsillo, y quería saber si yo peritaría el conjunto para la subasta de primavera.

—Le pago la tarifa que me pida.

—Don Braulio.

—Y le pago los desplazamientos, que sé que la última vez se pagó usted un taxi de diecinueve euros y no lo puso en la factura.

—¿Cómo sabe usted eso?

—Porque llevo cincuenta años en esto —dijo Braulio Vergara— y porque a mí en esta casa me lo cuentan todo, tarde y mal, pero me lo cuentan.

A los veintitrés minutos me levanté.

—Don Braulio, se lo agradezco muchísimo y le digo que sí a lo de Guadalajara, y ahora me tengo que ir.

—Siéntese, que le falta lo importante.

—Es que no me falta nada.

—Le falta esto. —Se puso las gafas y me miró por encima de ellas, que es lo contrario de lo que hay que hacer con unas gafas—. Roldán rompió una ficha de catálogo delante de una becaria el miércoles catorce a las nueve y media de la mañana.

—Lo sé.

—Era la mejor ficha que ha escrito en once años.

—Lo sé.

—No, usted no lo sabe. —Se quitó las gafas—.

Usted sabe lo del reloj. Yo llevo once años viendo trabajar a esa mujer y sé lo que le costó eso, y le voy a decir una cosa que no le diría si no estuviera a punto de jubilarme, que es que en cincuenta años yo he visto a mucha gente escribir la verdad cuando no le costaba nada.

Silencio.

—Váyase —dijo—. Y no se ponga esa chaqueta, que le queda ancha.

Salí a Huertas a las doce y cincuenta y cuatro.

De Huertas a Cardenal Cisneros hay veintinueve minutos en metro con transbordo en Bilbao. Llegué al treinta y uno a la una y veintitrés.

Llamé al segundo. Nada.

Llamé cuatro veces, con la separación educada que dejan los hombres que no quieren molestar, y a la quinta vez bajó una señora del cuarto que me miró como se mira a un hombre de cuarenta y cinco años que lleva seis minutos llamando a un telefonillo con una chaqueta que le queda ancha.

—No está —dijo—. Ha salido esta mañana.

—¿Sabe a qué hora?

—Yo qué sé, hija. Por la mañana.

Y aquí hay que decir una cosa sobre la calle Cardenal Cisneros a la una y media de un jueves de noviembre, y es que no pasa absolutamente nada.

Pasa un repartidor. Pasan dos señoras. Sale alguien del portal de al lado y te mira. Un hombre de cuarenta y cinco años sentado en un escalón con una chaqueta que le queda ancha no le interesa a nadie, y eso, que debería consolar, no consuela.

Le escribí un mensaje a la una y treinta y uno.

Estoy en tu portal.

Doble tic gris.

Esperé.

Ahí está el asunto. Ahí está todo el asunto y por eso este capítulo se llama como se llama.

Esperé.

Me senté en el escalón del portal del treinta y uno de la calle Cardenal Cisneros, con la chaqueta de mi padre, y esperé una hora y once minutos, que es lo que sé hacer, que es lo único que sé hacer, que es lo que llevo haciendo desde 1997.

De la una y treinta y uno a las dos y cuarenta y dos.

Comprobé el móvil catorce veces. Le escribí otra vez a las dos y once: ¿Estás bien? Doble tic gris.

Y a las dos y cuarenta y dos me levanté con las rodillas destrozadas y me dije, en voz alta, en la acera, lo siguiente:

—Eres idiota.

Porque un hombre que cierra su tienda por primera vez en catorce años para ir a pedirle una cosa a una mujer delante de todo el mundo, y que a la primera dificultad se sienta en un escalón a esperar a que la mujer aparezca, no ha cerrado nada.

Volví al metro.

Fui a la Sala otra vez, porque no se me ocurrió nada mejor, y Yaiza me dijo que no, que seguía sin aparecer, y me preguntó si estaba bien y le dije que sí.

Y por el camino, en el metro, entre Antón Martín y Sol, hice una lista mental de los sitios en los que podía estar una mujer de treinta y nueve años que se ha pedido el día libre.

La lista tenía cuatro entradas y las cuatro eran sitios de trabajo.

Yo llevo dos meses y medio conociendo a esa mujer y no sé dónde va cuando no va a trabajar. No sé si tiene un bar. No sé dónde compra. No sé a qué hora come.

Y eso, en aquel vagón, me pareció el resumen exacto de lo que yo he hecho en veintiún años, que es enterarme muy bien de los horarios de la gente y no preguntarle a nadie a dónde va.

Fui al almacén de Moratín. Aurelio estaba fregando un carro.

—¿Nora?

—No la he visto, hombre.

—Aurelio, es importante.

Y aquel señor, que lleva treinta y un años bajando muebles y que no ha escrito una ficha de catálogo en su vida, dejó la fregona apoyada en la pared y dijo:

—¿Ha mirado usted en su tienda?

Y yo dije que no, claro, porque mi tienda estaba cerrada. Porque mi tienda tenía la persiana bajada. Porque yo mismo había echado la persiana a las doce en punto y colgado un cartel.

Vuelvo enseguida.

Salí del almacén a las tres y treinta y siete con la sensación exacta de un hombre que ha perdido tres horas y media haciendo lo único que sabe hacer, que es ir a los sitios donde la gente debería estar.

Y a las tres y cuarenta y cuatro, mientras subía las escaleras del metro de Antón Martín para coger la línea uno, vibró el móvil.

Era Greta.

Papá.

Está aquí.

Enfrente, en el banco.

Lleva 2 h 45.

Me quedé parado en mitad de la escalera del metro con la gente pasando por los dos lados.

Y contesté con la única cosa que fui capaz de escribir, que fue:

¿Desde cuándo lo sabes?

Desde las 3. He mirado por la ventana.

¿Y por qué no me lo has dicho antes?

Y mi hija, que tiene diez años y once meses y que lleva desde septiembre apuntando en una tabla los minutos de la gente, contestó lo siguiente:

Porque le he dado tiempo a que se fuera y no se ha ido.

Y estuve doce segundos parado en aquella escalera leyendo cuatro mensajes de mi hija, con la gente subiendo y bajando por los dos lados, calculando una cosa que no quería calcular y que calculé igual, porque yo calculo desde que tengo memoria.

Doce treinta y cinco. Tres horas y nueve minutos.

Tres horas y nueve minutos sentada en un banco de mi calle, enfrente de mi puerta, debajo de un cartel que puse yo, mientras yo esperaba en su escalón.

Corrí desde Bilbao.

Son once minutos andando deprisa y los hice en seis y medio, por Carranza, por Santa Engracia, con la chaqueta de mi padre desabrochada, con cuarenta y cinco años y un fondo físico de hombre que se pasa la vida sentado en un taburete con una lupa puesta.

No corría desde 2011.

Y en los últimos ochenta metros, subiendo por Santa Engracia hacia Trafalgar, con la garganta ardiendo y sin ningún aire, me acordé de una mujer entrando en mi tienda un viernes de septiembre a las siete y treinta y uno, jadeando, con el pelo revuelto, corriendo los últimos ochenta metros para que se le notara el esfuerzo.

Y me di cuenta de que en aquel momento yo, por primera vez en veintiún años, tenía algo que explicar.