42. El banco
El banco
Yo llegué a las doce y treinta y cinco.
Con la respuesta preparada, con un papel doblado en el bolso y con una idea muy clara de cómo iba a ir la tarde, que es lo que a mí me pasa siempre antes de que las tardes vayan de otra manera.
Había pedido el día. El primero desde agosto. Lo pedí el martes y Braulio dijo «muy bien» sin levantar la vista, que es su manera de dar permiso.
Y venía andando desde Quevedo, por Trafalgar, por la acera de los pares, que es la de enfrente. Y a la altura del veintiuno levanté la cabeza.
Persiana bajada.
Un jueves. A las doce y treinta y cinco de la mañana de un jueves laborable, con el horario pintado en el cristal —de diez a dos y de cinco a ocho—, la Relojería Sarmiento tenía la persiana echada hasta el suelo.
Crucé.
Y ahí, colgado de una alcayata por dentro del cristal de la puerta, mirando a la calle, con las letras muy cuidadas y el cartón amarillento de haber estado cuarenta años en el mismo sitio:
VUELVO ENSEGUIDA.
Me reí sola en la calle Trafalgar.
Me reí de verdad, con el ruido feo, delante de una persiana bajada, porque llevaba desde octubre diciéndole a aquel hombre que ese cartel era mentira y porque el universo tiene un sentido del humor de aficionado.
Eso es mentira. Eso es un cartel. Es que no vuelves enseguida, vuelves cuando vuelves. Todo el mundo lo entiende. Todo el mundo lo perdona, que es distinto.
Enfrente del número veinticuatro, en la acera de los pares, hay un banco.
Es un banco municipal de listones verdes, de los normales, entre un contenedor de papel y un alcorque con un árbol que no sé cómo se llama.
Está a nueve metros de la puerta de la tienda y desde ahí se ve el escaparate entero, las letras doradas y la esquina de Santa Engracia por la que se viene desde el metro.
Me senté.
Voy a contar las tres horas y veinte minutos porque son la única cosa que he hecho en mi vida que no se puede contar en una cena con remate.
12:35 a 13:00. Los primeros veinticinco minutos son fáciles, porque durante los primeros veinticinco minutos una todavía está esperando de la manera normal: mirando el móvil, contestando dos correos, pensando que va a llegar de un momento a otro.
Le escribí a las 12:41: Estoy en tu puerta. Doble tic gris. Sin azul.
13:00. Aquí es donde se decide.
A la una de la tarde yo tenía tres opciones perfectamente razonables y las tres eran mejores que la que elegí.
Una: irme a comer y volver a las cinco, que es cuando abre.
Dos: llamar a Aurelio, que tiene el teléfono de todo el mundo, y localizarlo.
Tres: irme a casa y escribirle esa noche.
Y en lugar de eso saqué el móvil, entré en ajustes y lo apagué.
No lo silencié. Lo apagué del todo, con la pantalla en negro y el ruidito ese que hacen al morirse.
Porque un móvil encendido es una salida. Un móvil encendido es la puerta de atrás del que espera: si me aburro, escribo; si me da vergüenza, llamo; si me duele, me voy y le mando un mensaje muy gracioso desde el metro explicándolo.
Yo llevaba treinta y nueve años saliendo por esa puerta.
Lo apagué a la una y dos minutos y me lo metí en el bolso y no lo volví a encender hasta las cuatro menos veinte.
Y también, a la una y cuarto, tuve la conversación conmigo misma que tienen todos los que esperan y que consiste en construirse una salida honrosa.
Vuelvo a las cinco. Total, abre a las cinco. Es lo lógico. Es lo que haría cualquiera. Nadie está esperando aquí a nadie: yo he venido a una tienda que está cerrada y la tienda abre a las cinco.
Y era verdad, y era buenísimo, y me lo tuve montado en cuatro minutos, y era exactamente el mismo mecanismo con el que me construí lo de la M-30 en 2009 y lo de los arcos de Barajas en 2024.
Yo no fabrico excusas para llegar tarde. Yo fabrico excusas para irme.
13:00 a 14:00. La hora del hambre.
No había desayunado. Y hay una frutería tres portales más abajo cuyo dueño saca las cajas a la acera y las mete a la una y media, y el olor de una caja de mandarinas al sol es una cosa muy poco literaria y muy difícil de aguantar cuando llevas hora y media sentada en un banco.
Me quité el abrigo a la una y veinte porque hacía sol. Me lo volví a poner a la una y cincuenta porque el sol se fue.
14:00 a 15:00. La hora mala.
Aquí es donde llegó todo. Aquí es donde se me pasó por la cabeza, con una nitidez perfecta, que aquel hombre a lo mejor no iba a volver.
Que a lo mejor «me toca a mí» quería decir otra cosa.
Que a lo mejor una persona que ha estado veintiún años siendo el que espera y que un sábado de noviembre se sube a un taxi y se va primero ha descubierto que irse se le da bien.
Y aquí es donde se me pasó por la cabeza, también, la frase entera y con todas sus letras, y voy a escribirla porque es la que llevo evitando desde los siete años:
Y si no viene, ¿qué me queda?
Nada. Esa es la respuesta. Eso es lo que descubre uno a las dos y media de la tarde de un jueves en un banco de la calle Trafalgar.
Que si no viene no queda nada, que el que espera está expuesto, que no hay ninguna protección, que no hay excusa preparada ni anécdota ni remate. Que la razón por la que yo no me he sentado a esperar a nadie en treinta y dos años es exactamente esta, y que no era una tontería.
Que era verdad.
Que esto es horrible.
Y que aun así no me levanté.
15:00. A las tres y cinco salió el frutero.
Es un señor de unos sesenta años con una bata azul y un lápiz en la oreja, y llevaba desde la una y media mirándome por el cristal, y a las tres y cinco salió a la acera con una silla de plástico blanca de terraza y la puso al lado del banco.
—Tenga.
—No, si estoy bien.
—Ese banco está frío, hija. Lleva tres horas ahí.
—Gracias.
Se quedó un momento con las manos en los bolsillos de la bata.
—El de los relojes ha salido a las doce en punto —dijo—. Con la chaqueta buena.
—Ya.
—Y no ha dejado la tienda abierta, que él no la deja nunca.
—Ya.
—Pues eso. —Y se metió para dentro.
No me senté en la silla. La dejé al lado. Pero he pensado mucho en aquella silla desde entonces, y creo que es la primera vez en mi vida adulta que alguien me ha visto necesitar algo antes de que yo lo dijera, y que lo ha traído, y que se ha ido sin quedarse a mirar.
15:10. Levanté la cabeza y miré el primero, la ventana que da encima del escaparate, porque llevaba tres horas sin mirarla.
Estaba la persiana subida y la cortina echada.
Yo no sabía que aquel jueves era día no lectivo. Yo no sabía que había una niña de diez años y once meses en aquel piso desde las nueve de la mañana con un yogur, un libro y una llave.
Y ella tampoco lo dijo nunca en toda la tarde. Ni entonces ni después.
15:20. Una señora con un carro se paró delante de la persiana, la miró, me miró a mí y cruzó.
—Perdone, ¿usted vende?
—¿Perdón?
—Si vende usted los relojes. Como está aquí sentada.
—No, señora. Yo estoy esperando.
—Ah. —Miró la persiana—. ¿Y va a tardar?
—No lo sé.
—Es que le quería preguntar una cosa de una pila.
—Vuelva a las cinco.
—A las cinco tengo al niño.
—Pues mañana.
—Mañana es viernes —dijo la señora, con una lógica que no supe seguir, y se fue con el carro.
15:40. El sol se puso detrás del edificio de enfrente, que es el mismo edificio de ladrillo claro de los años cincuenta que a las cinco y cuarto de octubre le devolvía la luz de lado al banco de un taller para que se viera un dorado al mercurio como se veía en 1870.
Ese edificio. El de la luz.
Me quedé mirándolo un rato largo desde un banco municipal, con las manos en los bolsillos y una silla de plástico blanca al lado, y me acordé de un hombre diciéndome «quiero que lo veas con luz de verdad, no con la lámpara», y de que aquello era cierto, palabra por palabra, y de que yo llegué veintitrés minutos tarde y la luz ya no estaba.
15:50. Tres horas y quince minutos.
Y en el minuto tres horas y quince, sentada en un banco, en la calle Trafalgar, a la altura del número veintiuno, con el móvil apagado dentro del bolso, me di cuenta de una cosa que no se me había ocurrido en toda la tarde.
Que estaba tranquila.
No la tranquilidad de El Cruce. No la de la cafetería de la calle Mayor, que era la de haberme escapado. Otra.
Esta era la de no tener absolutamente ninguna salida y no querer ninguna.
Y ahí, con esa cara de tonta que se me pone cuando entiendo algo tarde, me acordé de una niña de siete años sentada en el segundo escalón de un portal de la calle Aviador Zorita el diecisiete de junio de 1994, con la mochila puesta y las dos correas abrochadas, contando coches blancos.
Y por primera vez en treinta y dos años no me dio pena.
Me dio otra cosa. Me dio la impresión de que aquella niña sabía perfectamente lo que estaba haciendo, y de que lo que estaba haciendo era lo más valiente que se puede hacer con siete años, y de que el error no fue quedarse.
El error fue lo que yo hice después con eso.
15:55. Y entonces oí a alguien corriendo por Santa Engracia.