41. Cerrado por asuntos propios
Cerrado por asuntos propios
Tardé seis días en entender lo que tenía que hacer y lo entendí de la peor manera, que es solo y en un banco de trabajo.
Voy a explicarlo, porque si no, el resto no vale nada.
El sábado diez de noviembre, en una acera, delante de la puerta de un restaurante, yo le dije a una mujer que no estaba enfadado y que sabía cómo seguía. Y me subí a un taxi y me fui primero, y me pareció, durante unos días, que aquello había sido lo más digno que había hecho en mi vida.
Y no lo era.
Lo entendí el jueves veintidós por la noche, con la persiana bajada, montando un despertador que no estaba roto, que es lo que hago cuando estoy pensando.
Porque irse primero está muy bien y está muy mal, según de dónde vengas. Un hombre que se va primero después de veintiún años esperando ha hecho algo. Pero un hombre que se va primero y ya está no ha hecho nada: solo ha cambiado de silla.
Yo no me fui de aquella acera para ir a ningún sitio. Me fui para no seguir esperando.
Y eso, examinado con calma y con una lupa de diez aumentos, es exactamente lo mismo de siempre con otra postura.
Es Sonia diciéndome, apoyada en un coche, que llegar antes es facilísimo y que lo difícil es pedir algo.
Es mi padre poniendo cuatro mil quinientas pesetas en un libro y una línea que no dice nada. Es un sobre trece días en un cajón.
Es un hombre que se coloca donde no le puedan decir que no.
Nora Roldán cumplió las tres condiciones de mi hija entre el diecinueve y el veintitrés de noviembre, con margen, y el viernes veintitrés me pidió perdón en mi propia tienda en cuatro frases y sin decir por qué, que es la cosa más difícil que le he visto hacer a nadie.
Y yo contesté «vale».
Y luego dije que me tocaba a mí y que me faltaba una semana.
Le pedí una semana a una mujer que llevaba nueve semanas llegando tarde y que acababa de llegar tres veces seguidas con margen. Eso es lo que hice. Con toda la tranquilidad del mundo.
Aquella semana hice tres cosas y ninguna de las tres se la conté a nadie.
La primera, el lunes veintiséis: llamé al hotel de Comillas y pregunté si les quedaba algo para diciembre. Me dijeron que sí, que en diciembre allí no hay nadie. No reservé.
La segunda, el martes veintisiete: fui a La Almudena. Estuve doce minutos y no dije nada, porque no soy de hablarle a una lápida, y me limité a quitar dos hojas secas y a mirar una fecha grabada en la piedra: 2005.
Mi padre tenía sesenta años cuando se murió. Detrás de un mostrador, con un traje bueno en el armario y el ticket de la tintorería de 1987 puesto.
Y la tercera fue el miércoles veintiocho por la noche, en el taller, con la persiana bajada y sin nadie: saqué el cuaderno de 1987 de la estantería del fondo y lo abrí por el papel de fumar.
11-V-1987. Sobremesa Fr., bronce dor. Sra. de Ayala (hija). Limpieza exterior y revisión de máquina. No se pone en marcha por deseo expreso de la propiedad. 4.500 ptas.
Llevo desde octubre eligiendo entre dos posibilidades: o mi padre no vio la horquilla, o la vio y calló.
Y aquella noche, por fin, elegí.
Elegí que la vio.
No porque tenga ninguna prueba, que no la tengo y no la voy a tener nunca.
La elegí porque es la que me sirve. Porque un hombre que en 1987 abrió esa máquina, entendió lo que había pasado en aquella casa y decidió que aquello no era asunto suyo y lo dejó dentro, es un hombre que se pasó cuarenta y un años detrás de un mostrador siendo educadísimo y no metiéndose en nada.
Y yo llevo veintiuno haciendo lo mismo con mejor letra.
Cerré el cuaderno. Lo puse de canto en su sitio, entre el del 86 y el del 88.
Y ahí es donde decidí lo del jueves.
El jueves veintinueve de noviembre Greta no tenía colegio.
Es un día de esos que ponen a mitad de trimestre por una reunión de profesores y que descoloca a todas las familias de España, y a mí me venía bien porque los jueves ya no eran los jueves, porque los jueves de croquetas se habían acabado el diez de noviembre a las siete menos cuarto de la tarde en una acera y nadie había dicho nada al respecto.
Aquella mañana me levanté a las seis y media sin despertador, que es lo que me pasa desde el diez de noviembre.
Puse la cafetera del setenta y cuatro, me tomé el café de pie en la cocina mirando la calle Trafalgar por la ventana del primero, y a las nueve y cinco bajé a la copistería de la esquina y le pedí a la chica que me imprimiera una cosa de un correo.
—¿Solo esto?
—Solo eso.
—Son veinte céntimos.
Veinte céntimos.
Doblé el papel en cuatro y me lo metí en el bolsillo interior de la chaqueta de mi padre, que había subido de la tintorería el martes.
Abrí a las diez.
Entró doña Elvira con el despertador de baquelita. Le puse una gota de aceite que no necesitaba y le cobré cuatro euros. Entró un chaval a preguntar por pilas de botón. Cambié una correa.
Y a las once y cincuenta me quedé de pie en mitad de mi tienda con un trapo en la mano y ya no pude más.
—Greta.
—Dime.
—Baja.
Bajó del piso en calcetines, con el pelo sin peinar y un yogur en la mano, y me encontró en el mostrador con un rotulador y un trozo de cartón que había recortado de una caja de embalaje.
—¿Qué haces?
—Un cartel.
Lo escribí con la letra de las etiquetas, que es la única letra que me sale bien.
CERRADO POR ASUNTOS PROPIOS.
Greta lo leyó del revés, que es como lee ella todo lo que hay encima de un mostrador.
—Papá.
—Qué.
—Ese cartel no.
—¿Por qué no?
—Porque si pones ese, la gente se cree que estás malo. —Se metió una cucharada de yogur—. O que te has muerto. Doña Elvira va a llamar a su hija.
—Greta, son las doce menos diez de la mañana de un jueves.
—Por eso.
Tenía razón. Aquella niña tiene razón desde septiembre con una regularidad que empieza a ser molesta.
Colgué el de siempre. El de cartón amarillento con las letras cuidadas que lleva en esa alcayata desde que lo escribió mi padre, y que miente en todas las tiendas de España, y que aquel jueves veintinueve de noviembre no mentía.
VUELVO ENSEGUIDA.
—¿Y a dónde vas?
—A Huertas.
—¿A la casa de subastas?
—A la casa de subastas.
Greta dejó el yogur en el mostrador, encima del papel, que ya no hace falta que se lo diga.
—¿Y qué vas a hacer?
Y yo le contesté a mi hija de diez años y once meses la verdad, que es lo que había decidido el jueves anterior a las once y media de la noche con un despertador desmontado delante.
—Voy a pedirle una cosa delante de todo el mundo.
Se quedó quieta.
—¿Delante de todo el mundo?
—Delante de su jefe, de la becaria, del señor del almacén y del que pase por allí.
—¿Por qué delante de todo el mundo?
—Porque las cosas que se piden en privado se pueden retirar —dije—, y yo llevo veintiún años retirándolas.
Subí a por la chaqueta. Me puse la de la boda, que es la de mi padre, porque no tengo otra, y en el bolsillo interior me metí un papel doblado en cuatro que había impreso aquella mañana a las nueve y veinte en la copistería de la esquina, porque yo no tengo impresora y porque las cosas hay que llevarlas en papel.
Bajé. Cerré la puerta con llave. Eché la persiana hasta abajo, que pesa treinta y dos kilos y baja en once segundos.
Greta se quedó dentro, en el piso de arriba, con el yogur, un libro y la llave, que es lo que hacemos los jueves no lectivos desde que cumplió diez años y que a su madre le parece bien.
—Papá.
Se había asomado a la ventana del primero, la que da justo encima del escaparate.
—Dime.
—¿Cuánto tardas?
Miré la calle Trafalgar. Miré la boca de metro de Quevedo, que está a cuatro minutos. Miré el reloj: las doce en punto.
Huertas está a veintidós minutos en metro con un transbordo. Diez minutos de conversación. Vuelta.
—Una hora —dije.
Y mi hija, desde la ventana de un primero de la calle Trafalgar, con el pelo sin peinar, levantó el cronómetro amarillo de plástico y lo puso a cero.
—Empieza ya —dijo.