El arte de llegar tarde al amor 40. Tres citas
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40. Tres citas

Tres citas

Las tres las pedí yo por escrito, porque en esta historia todo lo importante acaba por escrito.

Motivo declarado: recoger la factura del peritaje y la copia sellada del informe para el expediente de la casa.

Motivo real: la primera.

Llegué a las 17:53.

Greta estaba sentada en el mostrador con el cuaderno abierto y el boli en la mano, y no dijo hola.

—Cincuenta y tres.

—¿Perdón?

—Que has llegado a las cincuenta y tres. —Señaló el reloj de pared—. Minuto cincuenta y tres. Siete minutos antes. Margen: sí.

—¿Y eso vale?

—Eso vale. —Escribió—. Una.

Estuve once minutos. Recogí la factura, firmé la copia del informe, dije adiós y me fui, porque la cita era esa y no había pedido ninguna otra cosa.

Julián no dijo más de cuarenta palabras en once minutos y las conté todas.

Y a las 18:04, en el metro, con la factura en el bolso, me pasó una cosa ridícula.

Me eché a llorar.

En el andén de Quevedo, dirección Villaverde, un lunes a las seis de la tarde, delante de un panel que decía «PRÓXIMO TREN: 2 MIN», con la cara mojada y sin ningún drama, como quien estornuda.

Y no era por la cita, ni por él, ni por lo que le había dicho o dejado de decir.

Era porque había llegado siete minutos antes.

Es la cosa más tonta que me ha pasado en la vida y la pongo aquí porque llevo desde entonces sin encontrarle explicación.

Yo he llegado antes a sitios: a la Sala, al almacén, a una fiesta de divorcio con trece minutos de pie en una acera.

Y aquel lunes llegué siete minutos antes a la puerta de una relojería sin haberlo calculado, sin haber sufrido, sin trampa y sin colchón, porque salí de la Sala a las cinco y veinte y vine.

Y en el andén de Quevedo se me ocurrió que a lo mejor aquello no era una victoria sino una amputación.

Que a lo mejor lo que se había ido no era el defecto. Que a lo mejor lo que se había ido era la niña del portal, y que la niña del portal llevaba treinta y dos años trabajando para mí sin cobrar.

Me sequé la cara en el andén y me subí al tren.

Cita dos. Miércoles 21 de noviembre, 19:00, Relojería Sarmiento.

Motivo declarado: entregar en mano el cheque de la liquidación de peritaje, que en esta casa se hace por transferencia a cuarenta y cinco días y que yo conseguí que Pilar autorizara en efectivo y en mano después de una discusión telefónica de catorce minutos que ella ganó dos veces y yo la tercera.

Motivo real: la segunda.

Llegué a las 18:51.

—Nueve minutos. Margen: sí. —Greta escribió—. Dos.

Aquel día había una señora en la tienda con un despertador de baquelita y una teoría, y me tocó esperar de pie doce minutos mientras Julián Sarmiento le explicaba a doña Elvira, del cuarto del veintiséis, que su despertador iba perfecto.

Doce minutos de pie en una tienda esperando.

Es la segunda vez en mi vida que espero a alguien a propósito, si no cuento un colegio de la calle Zurbano, y he de decir que se me sigue dando fatal y que estuve todo el rato mirando un cartel de la pared que dice PROHIBIDO DEJAR RELOJES SIN RESGUARDO, y que me lo aprendí de memoria.

Cuando doña Elvira se fue, con su despertador perfecto y sus cuatro euros, nos quedamos los tres solos y hubo cinco minutos de conversación que fue la peor conversación que he tenido con nadie.

—¿Qué tal la subasta? —dijo él, que ya lo sabía.

—Bien.

—Treinta y un mil.

—Treinta y un mil.

—Me alegro mucho por Casilda.

—Se lo he dicho.

Y después nos quedamos callados, y una tienda con treinta y nueve relojes es el peor sitio del mundo para quedarse callado, porque allí el silencio hace ruido y encima no se pone de acuerdo consigo mismo.

Dije que me iba. Dijo que vale. Y en la puerta, con la campanilla ya sonando, me di la vuelta.

—Julián.

—Dime.

—¿Esto es que ya está?

Y aquel hombre, que llevaba dos citas contestando en frases de cuatro palabras, dejó el destornillador.

—No —dijo—. Esto es que quedan tres.

Cita tres. Viernes 23 de noviembre, 18:30, Relojería Sarmiento.

Motivo declarado: ninguno.

Ese fue el asunto. En el mensaje puse:

Viernes 23, 18:30, en tu tienda. No tengo ningún motivo profesional. Es la tercera.

Contestó en cuarenta segundos.

Vale.

Llegué a las 18:22.

Estaban los dos. Greta en el mostrador con el cuaderno. Julián en el banco con la lámpara encendida y un despertador abierto que no necesitaba estar abierto y que llevaba abierto, apostaría, desde las seis menos cuarto.

—Ocho minutos. Margen: sí. —Greta cerró el boli—. Tres.

Y se bajó del mostrador de un salto.

—Ya está. Están las tres.

—Están las tres.

—Vale. —Y sacó de la mochila la hoja de las condiciones, la de las cuatro líneas escritas con boli azul y subrayadas con regla, y la puso encima del mostrador girada hacia mí—. Pues ahora la dos.

Se hizo un silencio en la Relojería Sarmiento.

Julián levantó la vista del banco por primera vez.

—Greta.

—¿Qué?

—Sube a casa.

—No.

—Greta.

—Es que la dos la tengo que comprobar yo —dijo su hija—, que si no, no vale.

Y ahí, en una tienda de ochenta y cuatro metros de la calle Trafalgar, un viernes de noviembre a las seis y media de la tarde, delante de una niña de diez años y once meses con un boli en la mano y de treinta y nueve relojes que no se ponen de acuerdo en nada, yo le pedí perdón a Julián Sarmiento.

Y lo voy a poner entero, que son cuatro frases.

—El sábado diez de noviembre me fui de la boda de mi madre durante cincuenta y tres minutos.

Tú llevabas en la escalinata desde las once y treinta y cinco.

Me escribiste a las doce y treinta y uno y no te contesté, y volví a las doce y cuarenta y cinco y te dije que habían sido los zapatos, y por la tarde, en un jardín, te dije una cosa verdadera a propósito para hacerte daño.

Silencio.

—Lo siento.

Y me callé.

Eso es lo difícil. Eso es lo único difícil de todo esto y lo he tardado en aprender treinta y nueve años: me callé.

No dije que había sido un mes horrible. No dije que llevaba tres semanas durmiendo cinco horas.

No dije que mi madre se casaba por cuarta vez, ni que yo tenía la subasta encima, ni que hay una niña de siete años en un portal de la calle Aviador Zorita con la mochila puesta desde las cinco menos diez que explica absolutamente todo lo que hago.

Todo eso es verdad. Todo eso lo puedo demostrar. Hay un expediente entero.

Y no dije nada.

Greta miró su hoja. Miró a su padre. Volvió a mirar la hoja.

—No ha dicho por qué —dijo, con una sorpresa profesional que era lo más bonito de toda la escena.

—No.

—Vale. —Escribió algo—. La dos, hecha.

Julián Sarmiento dejó el destornillador en el banco.

Se limpió las manos en el paño, que es lo que hace siempre antes de decir algo, y se quedó un momento mirando el despertador abierto.

—Vale —dijo.

—¿Vale?

—Vale.

Y yo, que soy quien soy, abrí la boca para decir alguna cosa y él levantó la mano cuatro centímetros.

—No he terminado. —Se giró—. Vale. Ahora me toca a mí.

—¿A ti?

—A mí.

—¿Qué te toca a ti?

Y aquel hombre, con el paño en la mano, en su tienda, cogió el destornillador otra vez y se puso a montar un despertador que no estaba roto.

—Ya te lo diré.

—Julián.

—Nora, llevo desde el sábado diez de noviembre a las siete menos cuarto de la tarde dándole vueltas a una cosa —dijo, sin levantar la vista—. Y me falta un poco.

—¿Cuánto es un poco?

—Yo qué sé. Una semana.

—¿Una semana? —dije.

—Más o menos.

—Julián, yo he cumplido tres condiciones en cinco días y te he pedido perdón delante de tu hija.

—Ya lo sé.

—Y tú me pides una semana.

—Sí.

—¿Y qué hago yo esa semana?

Y aquel hombre, con el destornillador en la mano y un despertador abierto que no estaba roto, me contestó lo peor que podía contestarme y lo único que había que contestar:

—Esperar.

Y ahí, mientras yo me ponía el abrigo sin saber muy bien si aquello había ido bien o había ido fatal, se acordó de decirme lo otro. Se acordó al final, en la puerta, con la campanilla ya sonando, con la naturalidad de un hombre que da un dato administrativo.

—Ah, y cancelé el hotel.

Me paré.

—¿Cuándo?

—El jueves quince. A las cuatro y media de la tarde. —Se encogió de hombros—. Cuarenta y ocho horas antes, que era el plazo. No costó nada.

—Julián.

—No pasa nada. De verdad. Se lo dije a Greta el jueves por la noche y lo llevó bien.

—¿Lo llevó bien?

—Bueno.

Y desde el mostrador, sin levantar la cabeza del cuaderno cuadriculado, mi auditora dijo:

—No lo llevé bien.