El arte de llegar tarde al amor 39. Lote 23
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39. Lote 23

Vinieron por la portada.

Esa es la ironía y hay que ponerla la primera: aquella sala se llenó por una frase que yo había escrito en pijama un domingo por la noche y que once horas antes yo misma había roto en ocho pedazos y tirado a una papelera.

Casilda Ayala estaba en la segunda fila, con una chaqueta que se había comprado el martes y una amiga al lado que le sujetaba el bolso.

Yaiza y yo, en la mesa de teléfonos. Cuatro líneas. Yo llevaba dos.

Aurelio y el sobrino, en la puerta lateral, con los guantes puestos, sacando piezas.

Y Julián Sarmiento, de pie, al fondo del todo, a la izquierda, contra la pared, con una chaqueta oscura y las manos cruzadas por delante.

Llegó a las seis y treinta y cinco. Lo sé porque me lo dijo Aurelio, no porque yo lo mirara.

Yo llegué a las cinco y cuarto y me encontré la calle Huertas con gente en la puerta, cosa que no pasa.

Yaiza había impreso el cartel nuevo del lote veintitrés a las once de la mañana y lo había puesto en el atril de metacrilato de la exposición, y a las cinco y media, cuando abrimos la sala, me di cuenta de que había tres personas leyéndolo a la vez y de que una de ellas se lo estaba fotografiando con el móvil.

En once años he visto fotografiar muchas piezas.

Nunca había visto a nadie fotografiar una ficha.

Los primeros veintidós lotes fueron bien y aburridos, que es como tienen que ir los primeros veintidós lotes. Los abanicos se colocaron mejor de lo que yo pensaba. El despacho fernandino se quedó sin vender, como estaba previsto desde septiembre, y a nadie le importó.

A las siete y cuarenta y uno Aurelio puso el lote veintitrés en el atril.

Encendido.

Ese fue el efecto y no lo habíamos planeado. Aurelio lo trajo con el péndulo desbloqueado, andando, y lo dejó en el atril giratorio bajo el foco, y en aquella sala, durante los cuatro segundos que tardó Braulio en coger el micrófono, se oyó un reloj.

No se oía desde donde yo estaba. Se oía en la primera fila. Y la primera fila se movió, y a la primera fila la miró la segunda, y así.

—Lote veintitrés —dijo Braulio Vergara—. Reloj de sobremesa francés, hacia 1870. Japy Frères. Portada de este catálogo.

Pausa.

—Antes de abrir la puja, y de acuerdo con lo establecido en nuestras condiciones de venta, esta casa debe formular una enmienda al catálogo.

Y ahí se hizo el silencio que yo llevaba once años oyendo describir y que no había oído nunca.

Doscientas personas en una sala de Huertas. Nadie tosió.

—El peritaje de este lote, emitido el uno de noviembre y disponible en secretaría, acredita que el mecanismo no se detuvo por avería, desgaste ni abandono, sino que fue detenido de forma deliberada mediante la introducción de un cuerpo extraño preparado a tal efecto.

—Braulio leía sin gafas, que es como lee cuando quiere que se le vea la cara—.

La documentación familiar aportada por la propiedad permite atribuir dicha intervención a doña Leonor Muriel, viuda de Ayala, en fecha del tres de febrero de 1967, dieciocho años después del fallecimiento de su marido.

Silencio.

—El reloj no se paró de pena, señoras y señores. Lo paró ella.

Y entonces Braulio Vergara hizo una cosa que no estaba en las cuatro líneas que me había dictado por la mañana y que no le he perdonado del todo, porque me pilló con un teléfono en cada mano.

Bajó el papel.

—La hora que marcaba este reloj, las siete y veintitrés, no es la hora en que murió don Álvaro Ayala, que consta a las cuatro y diez de la madrugada.

Es la hora a la que él llegaba a casa. —Miró a la sala—.

Él escribía siempre que llegaría a las siete y veinte.

Y entraba siempre a las siete y veintitrés.

Y ella lo esperaba de pie en el recibidor esos tres minutos.

Nadie se movió.

—Durante cuarenta y un años.

Braulio se puso las gafas.

—Por voluntad de la propiedad, el lote sale a subasta en funcionamiento. Salida: ocho mil euros.

Casilda me buscó con la vista desde la segunda fila mientras Braulio leía. La encontré. Me hizo un gesto minúsculo con la mano, de esos que no se ven a dos metros, y yo le devolví otro igual con un teléfono en la oreja.

Después miré al fondo de la sala, contra la pared de la izquierda, y ahí estaba él, quieto, con las manos cruzadas por delante.

Cuando Braulio dijo lo de los tres minutos, Julián Sarmiento bajó la cabeza y se miró los zapatos.

Fue lo único que se movió en toda la sala.

Voy a contar la puja con exactitud porque es mi oficio y porque no la voy a olvidar.

No pasó nada durante cuatro segundos.

Cuatro segundos son una eternidad. Yo tenía a Sedano en el teléfono uno, que iba al lote treinta y uno y que no pintaba nada allí, y aun así me dijo al oído «madre mía, Nora», que es lo que dijo media sala en voz baja.

Y a los cuatro segundos, la señora Bergareche, fila tres, que compra porcelana desde 1991 y que levanta la paleta como si le doliera el hombro, levantó la paleta.

—Ocho mil, en sala.

Y a partir de ahí aquello se rompió.

Nueve mil. Diez. Once, en sala. Doce, teléfono tres, que era el anticuario de Sevilla, el que había estado veinte minutos delante de la vitrina el nueve de noviembre y del que Yaiza me había dicho que le daba cosa. Trece. Catorce. Quince, en sala, otro señor que yo no conocía.

A los quince mil entró la web y aquello se puso feo, que es como se pone bueno.

Dieciséis. Diecisiete. Dieciocho. Diecinueve, veinte.

Veinte mil euros por un Japy Frères que como máquina vale trescientos.

En veintidós se cayó la Bergareche. En veinticinco se cayó la web. En veintiocho quedaban dos: el anticuario de Sevilla en el teléfono tres y una mujer en la última fila con abrigo verde a la que yo no había visto en mi vida.

Veintinueve mil. Treinta.

Y a los treinta mil euros, el teléfono tres se tomó su tiempo.

Yo conozco ese tiempo. Yo lo he administrado. Es el momento en que un comprador que ya ha pasado su tope está haciendo la cuenta de si puede explicárselo a alguien.

Yaiza no dijo nada. Que quede escrito aquí, porque es lo más orgullosa que he estado de nadie en once años: aquella niña de veinticuatro años, con un tope de treinta mil escrito en su hoja, no dijo ni una sola palabra durante dos segundos y ocho décimas.

—Treinta y un mil —dijo Sevilla.

—Treinta y un mil, teléfono tres. ¿Hay más? —Braulio miró a la última fila—. ¿Señora?

La mujer del abrigo verde bajó la paleta y negó con la cabeza.

—Treinta y un mil euros. A la una. A las dos.

Martillo.

—Adjudicado.

Y la Sala Vergara, que es una casa de subastas donde la gente no aplaude porque aplaudir en una subasta es de aficionados, aplaudió.

Casilda Ayala se tapó la cara con las dos manos en la segunda fila y su amiga le pasó el brazo por los hombros, y yo, desde la mesa de teléfonos, con dos auriculares puestos, la vi llorar de espaldas a doscientas personas.

Treinta y un mil euros.

Salida ocho. Reserva siete mil doscientos. Estimación alta doce.

Yo tenía en la cabeza que si aquello se vendía en nueve mil ya era un milagro, y llevaba desde las nueve y veinte de la mañana preparando la frase con la que iba a consolar a una mujer de Alcobendas.

Y hay una cosa que hay que explicar aquí, aunque no se pueda explicar, y es por qué subió.

Yo tengo tres teorías y ninguna me convence.

La primera es la de Yaiza, y es que la gente pagó por la historia igual, solo que por otra. Un reloj que se paró de pena vale ocho mil. Un reloj que paró una mujer con una horquilla del pelo después de cuarenta y un años de recibidor vale treinta y uno.

La segunda es la de Aurelio, que me la dijo recogiendo, con los guantes puestos: «Es que ahora hay alguien dentro».

Y la tercera es la de Braulio, que no la dijo aquella noche sino un mes después y que consiste en encogerse de hombros y decir que en una sala llena, cuando la gente se calla del todo, ya no compra con la cabeza.

Terminamos a las nueve y diez. Ciento sesenta lotes, ciento treinta y ocho vendidos, la mejor tarde de la casa desde 2018.

Braulio Vergara pasó por detrás de la mesa de teléfonos con el mazo en la mano, no me miró y dijo, hacia adelante, sin detenerse:

—Treinta y tres.

—¿Perdón?

—Enmiendas. Treinta y tres. —Y siguió andando—. Y tres que suben.

Casilda me abrazó en el pasillo y me dijo cuatro cosas seguidas de las que solo entendí dos, y una de ellas era «la caldera».

Y luego dijo:

—Oye, una cosa. El de Sevilla ha preguntado por las cartas.

—¿Qué cartas?

—Las de mi bisabuela. Dice que si van con el lote.

—No van con el lote. Las cartas son tuyas.

—Ya. —Se metió las manos en los bolsillos—. Es que dice que las compra. Que le ponga precio.

La miré.

—¿Y tú qué quieres hacer?

Y Casilda Ayala, que aquella tarde acababa de ganar treinta y un mil euros por decir la verdad, dijo:

—Que se joda.

Julián seguía al fondo, contra la pared, cuando yo salí de la sala a las nueve y veinte.

Nos miramos por encima de doscientas personas recogiendo abrigos, de un tablero con la maqueta de una portada que ya no valía, de dos filas de sillas plegables y de una mesa con cuatro teléfonos.

Duró lo que duró.

Y ninguno de los dos se movió, porque él sabía que había tres condiciones escritas con regla en un cuaderno cuadriculado y yo no había cumplido ninguna todavía, y porque aquella tarde no era la nuestra.

Cuando volví a mirar, ya no estaba.