El arte de llegar tarde al amor 38. Dos fichas
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38. Dos fichas

Dos fichas

Casilda Ayala decidió a las ocho menos veinte de la tarde del martes trece de noviembre, de pie en un taller de la calle Trafalgar, con los ojos rojos y una caja de sombreros abierta encima del mostrador.

Y decidió dos cosas, y la segunda no se le ocurrió a nadie más que a ella.

—Quiero que se diga.

—Casilda, escúchame antes de...

—No. —Se limpió con la manga de la sudadera—. Que se diga. Que se sepa. Que ese reloj no se paró de pena.

—Vale.

—Y que si eso vale menos dinero, pues vale menos dinero.

Y aquí es donde yo, Nora Roldán, responsable de catalogación de la Sala Vergara, once años de casa, tenía que haber hecho mi trabajo, que consiste exactamente en explicarle a un consignatario las consecuencias económicas de sus decisiones.

Se lo expliqué. Que quede constancia. Se lo expliqué entero y con números.

—Casilda, el catálogo está impreso desde el treinta de octubre. Mil doscientos ejemplares. En la portada, a toda página, hay una esfera con las agujas en las siete y veintitrés y una frase debajo.

—Ya.

—Yo no puedo desimprimir mil doscientos catálogos.

—Ya.

—Lo que puedo hacer es cambiar la ficha de la web, poner un cartel nuevo en la sala, meter el informe en el expediente y que se lea la corrección en voz alta antes de martillear.

Y eso, en una casa de subastas, se llama enmienda de catálogo, y se hace tres o cuatro veces al año, y siempre por lo mismo: porque ha aparecido algo.

—Pues eso.

—Casilda, la enmienda de catálogo hunde los lotes.

Siempre. Sin excepción. Yo llevo once años viéndolo: en el momento en que un subastador coge el micrófono y dice «respecto al lote tal, se advierte que», la sala se cierra como una ostra.

El comprador entiende una cosa y solo una, que es que le están quitando algo de lo que había venido a comprar.

Casilda Ayala se quedó mirándome.

—¿Cuánto?

—No lo sé.

—Dime un número.

—Puede quedarse sin vender —dije—. Reserva siete mil doscientos. Si no llega, se retira.

—O sea que puedo quedarme sin nada.

—Puedes quedarte sin nada.

Y entonces aquella mujer de treinta y cuatro años, que trabaja en una empresa de logística en Alcobendas, que pidió once días de vacaciones para vaciar el piso de sus bisabuelos y que lleva desde abril poniéndole precio a su familia, dijo:

—Nora, llevo tres generaciones contando una cosa que no era.

—Ya.

—Y esa señora se pasó cuarenta y un años de pie en un recibidor y le daba vergüenza decirlo.

—Ya.

—Pues yo no voy a cobrar por eso.

Se sonó con una servilleta de la cafetera del setenta y cuatro.

—Y hay otra cosa.

—Dime.

Y se giró hacia el banco, hacia el reloj de bronce dorado que llevaba en aquella tienda desde el lunes por la tarde, con las agujas en las siete y veintitrés.

—Quiero que lo pongáis en marcha.

Julián Sarmiento dejó la taza en el mostrador.

—Casilda.

—Está bien, ¿no? Lo has dicho tú. Que está entero, que si le das cuerda anda.

—Anda.

—Pues ponlo.

—Espera. —Y se acercó, y le habló como se le habla a un cliente, que es la manera que tiene ese hombre de proteger a la gente—.

Si yo pongo eso en marcha, se acabó. Ese reloj lleva parado setenta y siete años y eso, en un catálogo, es un hecho.

Un reloj detenido desde 1949 es una pieza con historia. Un reloj que anda es un reloj.

—¿Y vale menos?

—Vale bastante menos.

—¿Y necesitas mi permiso?

—Necesito tu permiso por escrito, porque eso lo puse yo en el presupuesto en septiembre.

Casilda Ayala cogió el boli que estaba encima del mostrador, el que escribe mal, arrancó una hoja de una libreta de la tienda y escribió cuatro líneas y su DNI.

—Ya está. Ponlo.

Julián se lavó las manos. Se puso los guantes de algodón. Levantó la puertecita trasera, encajó la llave de cuerda en el cuadradillo del barrilete y me miró un segundo, no sé por qué, y luego miró a Casilda.

—¿Segura?

—Segurísima.

Le dio doce vueltas.

Después empujó el péndulo con un dedo, un empujón de nada, de medio centímetro, y lo soltó.

Y el reloj empezó a andar.

Hizo un ruido pequeñísimo, un chasquido doble muy rápido, y luego otro, y luego otro, y a los cuatro segundos aquello ya era un sonido normal, un tic-tac cualquiera, uno más entre los treinta y nueve de aquella tienda, sin nada de particular.

El minutero se movió por primera vez desde el tres de febrero de 1967.

Nadie dijo nada.

Casilda Ayala se puso la mano en la boca otra vez.

Julián se quitó los guantes muy despacio, dedo a dedo, mirando la esfera.

Y yo me quedé de pie a un metro del banco, con el abrigo en el brazo, viendo cómo una aguja negra se separaba del veintitrés y se iba, sin ninguna ceremonia, hacia el veinticuatro.

Y ahí es donde tengo que poner lo que me pasó a mí, porque llevo cuatro páginas contando lo que hicieron otros.

Yo estaba de pie a un metro del banco, con el abrigo en el brazo, y lo que vi fue esto: una aguja negra separándose de un número.

Nada más. No hubo música. No se cayó ningún cristal.

Una aguja de acero pavonado de siete centímetros salió del veintitrés y se fue hacia el veinticuatro con la lentitud administrativa con la que se mueven los minuteros, que es una lentitud que no se ve mirando y que solo se comprueba volviendo a mirar un minuto después.

Volví a mirar un minuto después.

Se había movido.

La horquilla no volvió al escape.

La metimos en su bolsa de plástico con cierre, con la etiqueta y la fecha, y Julián la grapó al informe pericial, que es donde va: dentro de un expediente, documentada, medida y fotografiada, y no dentro de una máquina parándola.

Y el reloj se quedó en el banco de la calle Trafalgar andando toda la noche, marcando las nueve, las diez, las once, las tres de la madrugada, las horas que le fueran saliendo.

A Braulio Vergara se lo conté el miércoles a las nueve menos diez de la mañana, en su despacho, de pie, con el informe pericial encima de su mesa y la subasta a diez horas.

Estuve nueve minutos hablando sin que me interrumpiera.

Le conté la horquilla, las siete décimas, las dos rayas del escape.

Le conté el certificado literal del Registro Civil y las cuatro horas y diez minutos de la madrugada.

Le conté las cartas: las veintitantas de él, todas terminadas en «espérame a las siete y veinte», y las once de ella, escritas después de muerto y sin mandar, y la última, del tres de febrero de 1967.

Le conté los tres minutos.

Y le conté que a las ocho menos veinte de la tarde del martes, con la autorización escrita de la propiedad, el perito había puesto el lote veintitrés en marcha.

Braulio Vergara escuchó todo aquello con las gafas en la mano.

Cuando terminé, se levantó, fue hasta la ventana y estuvo un rato mirando la calle Huertas, que a las nueve de la mañana está en obras y no tiene ningún interés.

—Roldán.

—Dígame.

—Usted es consciente de que tenemos mil doscientos catálogos con esa portada.

—Sí.

—Y de que la prensa del ocho de noviembre publicó la frase.

—Sí.

—Y de que a las siete de la tarde yo voy a tener que coger el micrófono delante de doscientas personas y decir que la portada de mi catálogo de otoño está mal.

—No está mal —dije—. Está incompleta.

—Roldán, no me haga usted el catálogo a mí.

Se giró.

—¿Sabe cuántas enmiendas he leído yo en cincuenta años?

—No.

—Treinta y una. Y de esas treinta y una, veintiséis lotes se quedaron sin vender y tres se vendieron por debajo de reserva con el consentimiento del consignatario. —Volvió a la mesa—. ¿Sabe qué pasó con los otros dos?

—No.

—Que subieron. Y no sé por qué. Y llevo cincuenta años sin saberlo, y es la única cosa de este oficio que sigo sin entender.

Se sentó.

—¿Y la propiedad qué dice?

—La propiedad lo ha decidido. Está por escrito y firmado.

—¿Y usted qué dice?

Y aquí es donde tenía que decir la verdad y la dije, que a estas alturas ya era hora.

—Digo que en septiembre le dije a usted, en una sala de juntas, que el perito no había entregado el informe. Y que era literalmente cierto y que lo dije para que usted entendiera otra cosa. Y que en octubre lo volví a decir delante de más gente. Y que hoy vengo a decírselo.

Braulio Vergara se puso las gafas.

—Ya lo sabía.

—¿Perdón?

—Roldán, yo llevo mirándole a usted la cara desde 2015. —Cogió el informe pericial y lo abrió por el punto ocho—. Lo que no sabía es cuánto iba a tardar.

—Una cosa más, Roldán.

—Dígame.

—La ficha nueva la escribe usted, no la escribo yo. —Se recostó—. Y la escribe sin adjetivos, como escribe usted. Y sin la palabra «rabia», que ya me veo venir a alguien.

—No pensaba ponerla.

—Y sin «amor», tampoco.

—Don Braulio, ¿usted qué se cree que voy a escribir?

—Roldán, yo llevo cincuenta años leyendo fichas de gente que se cree que está describiendo un mueble.

Salí de aquel despacho a las nueve y veinte de la mañana con la enmienda aprobada y con Braulio Vergara dictándome, palabra por palabra, las cuatro líneas exactas que iba a leer aquella tarde por el micrófono, porque en aquella casa la enmienda de catálogo la escribe el subastador y no la escribe nadie más desde 1953.

Subí a catalogación. Yaiza estaba con el portátil abierto.

—Cambia la ficha de la web del lote veintitrés. Te dicto.

—¿Ahora? Nora, la subasta es a las siete.

—Ahora.

Y ahí, encima de mi mesa, estaba la ficha impresa. La DEF . La que llevaba dos semanas colgada con un imán en el corcho de mi despacho porque era la mejor cosa que había escrito en once años.

Según tradición familiar documentada, el reloj se detuvo el 14 de marzo de 1949, día del fallecimiento de don Álvaro Ayala, y no ha vuelto a ponerse en marcha por voluntad expresa de sus descendientes.

La descolgué del corcho.

La partí por la mitad, y luego otra vez, y luego otra, hasta que fueron ocho trozos, y los tiré a la papelera de debajo de mi mesa, delante de una becaria de veinticuatro años que no dijo absolutamente nada.

—Léemela cuando la tengas —dijo Yaiza—. En voz alta.

—¿Por qué en voz alta?

—Porque tú siempre las lees en voz alta antes de mandarlas. Lo haces desde que entré. —Se encogió de hombros—. Y cuando una frase te importa, se te nota y la quitas.

Y después me senté y dicté la nueva.